Gastronomía
El Bar Cortijo de Tarragona conquista Nueva York
Los hermanos Masegosa preparan una recepción catalana para 150 profesionales del mundo del vino en Manhattan

Santos Masegosa, cocinando en Manhattan.
El Bar El Cortijo de Tarragona se ha trasladado por unos días al número 132 de la calle Mulberry de Nueva York, en Manhattan (o 132 Mulberry Street para los más puritanos). Su ubicación provisional es el barrio de Little Italy, donde antaño operaba la mafia. Y el edificio donde tendrá lugar el evento está situado puerta con puerta con el restaurante Umbertos Clam House, donde en 1972 moría asesinado el gánster Joe Gallo pocos días después de abrir puertas. ¿Ahora ya no hay mafia en el barrio? "No, aunque nunca se sabe con ellos", nos dice un taxista originario de República Dominicana, quien profesa un gran amor por esta ciudad.
Desde el local que albergará la recepción, una oficina de ladrillo visto como acostumbran a ser aquí, donde predomina el vino, se puede localizar -entre un cielo tapado y lluvioso- el Empire State y el Gran Zero de las Torres Gemelas. Sin embargo, lejos de hacer turismo, apremia comprar los alimentos. ¿Qué mercados encontraremos? Afortunadamente, el chef tiene una asesora, Bianca Sanon, que nos acompaña a abastecernos.

Imagen de calabazas en un mercado, en NY.
Bianca es miembro de José Pastor Selections, compañía del valenciano José Pastor, importador de vino, especialmente catalán, a Estados Unidos. La recepción de esta semana consiste en hacer llegar el producto a sus clientes restauradores, distribuidores o sommeliers. Y entre los productores que han viajado hasta aquí, las bodegas tarraconenses: LaRural, de Santes Creus; Emilie Mutombo y Partida Creus, de Bonastre y Albert Tuets, del Pont d'Armentera. También Nuria Renom, del Penedès y Oriol Artigas, del Maresme.
¿Preocupados por los aranceles? Los vinateros no demasiado, aunque se han visto obligados a renegociar precios a causa del 15% impuesto por el gobierno de Donald Trump. "El objetivo es ser competitivos y más fuertes. Venimos todos juntos para transmitir la energía catalana, las vivencias del vino natural ". Un vino en el que es tan importante el resultado final como la personalidad y el contexto del productor.
El importador José Pastor lleva más de dos décadas en EEUU. "Los aranceles nos afectan porque suben los precios de los vinos, en general. En segundo lugar, antes de que el vino entre al país tenemos que pagar por adelantado el 15%. Y un contenedor puede ascender a 120.000 euros". A pesar de todo "hemos montado esta fiesta para pasarlo bien".

El tarraconense Santos Masegosa y Bianca, pagando en una máquina del mercado.
De acorde a la ocasión, el menú pensado por Santos consiste en brandada de bacallà, croquetas de pollo, truita d'espinacs i fesols, una fideuà y patatas con romesco, por aquello de exportarlo al exterior después de un congreso de dos días en Tarragona. En total, 150 comensales. Ahora hay que ver si se puede mantener la carta pensada.
Lugares mediterráneos de compartir
La compra en sí ya es una aventura, desde utensilios de cocina -sartenes para tortillas y cuchillos afilados - hasta la verdura y el pescado. Los mercados como lugares mediterráneos de compartir son por estos lares grandes locales sin apenas personal. El lema Do it yourself llevado al límite con solo algún reponedor que rompe la estampa de la mayoría de personal de seguridad. Para pagar, una serie de máquinas también lo hacen por los virtuales empleados.

Imagen de la pescadería.
En la pescadería está la exhibición. Pescados vivos conviven con otros ya preparados para cocinarse. Allí el chef intenta descifrar sus conocidos del Mediterráneo. En grandes cubos, cangrejos azules, los de la misma familia de los invasores del Ebre, muy codiciados aquí. "Una pieza cuesta a partir de tres euros y puede llegar hasta los siete. A los chinitos les gustan mucho" comenta un empleado. Puesto en situación de los cangrejos del Ebre bromea divertido "que los pesquen y los exporten aquí. Es muy buen negocio". "Chinitos" nada despectivo puesto que el propietario es original de este país asiático. Nos llevamos camarones, mejillones y, lo más importante, las cabezas y la espina de los pescados que estaban limpiando con una acurada y casi quirúrgica técnica para el caldo de la fideuà. "¿Es posible?", pregunta Santos. "Si el cliente que los ha comprado no los quiere, sí". El cliente no los quería y por dos dólares quedará un caldo espectacular.
Ya al anochecer aterrizan los primeros vinateros. Nuria Renom, Oriol Artigas y Xavier y Andreu, estos últimos de LaRural, que fueron recibidos por algunos amigos norteamericanos que desde hace tres años viajan hasta Santes Creus para vendimiar con LaRural y que ahora ya hacen su propio vino con las viñas de la bodega. "Se han comprado una bota y lo elaboran", manifiesta Andreu.
Sueño y hambre, tenían intención de ir a cenar fuera. Pero una tortilla de patatas y cebolla del chef cambió los planes...