Internacional
De Tarragona a la Groenlandia que quiere Trump: "El pueblo siente que es solo una moneda de cambio"
El deportista Gerard Anton visita con asiduidad la isla que Estados Unidos busca controlar. "Lamentablemente, los que saldrán perdiendo serán los ciudadanos", reconoce

Gerard Anton, en una de sus expediciones a Groenlandia.
El deportista tarraconense Gerard Anton guarda vídeos de personas completamente borrachas, deambulando por las calles. Son escenas grotescas pero reveladoras de la vida en Groenlandia, un lugar que conoce bien. Allí ha hecho varias incursiones y expediciones como aventurero en busca de experiencias en enclaves extremos. Junto con su mujer, trabaja organizando bodas de norteamericanos en Islandia, donde ha residido, y en Groenlandia, la tierra que en los últimos días está en el ojo del huracán, en el punto de mira de las políticas del presidente norteamericano Donald Trump, tras su operación en Venezuela.
"Conozco bien la isla, he estado en las dos costas. En el este los inuits –así se denominan los pueblos indígenas del ártico de América del Norte– viven realmente en el cuarto mundo, con la tasa de suicidios más alta del mundo, un alcoholismo brutal y un aislamiento máximo", cuenta. Anton habla de "un pueblo deprimido que siempre se siente moneda de cambio", que rechaza cualquier intento de control de Estados Unidos pero que "también está a años luz de querer ser de Dinamarca ni de experimentar ninguna pertenencia a la UE".
Una vida extrema
Hay, pues, un sentimiento de algo similar a ser groenlandés y una conciencia de que tanto los daneses como los norteamericanos solo miran a la región por puro interés. "Dinamarca les da dinero pero saben que solo están allí para explotar los recursos que hay", indica Anton.
Este deportista reconoce que "la parte oeste, más cercana a América, está algo más desarrollada, con un poco más de turismo, donde se ven bases abandonados de Estados Unidos y hay aeropuerto. Nuuk, la capital, es un lugar bastante desarrollado". Describe, igualmente, una vida extrema, en condiciones muy duras, sin conexiones entre los núcleos de población, donde la economía depende de la pesca y los subsidios y con abundancia de escopetas para defenderse de los osos.
«Es un pueblo con un brutal alcoholismo y muchos suicidios», admite Gerard Anton
"Me encontré con un oso cara a cara y no me atacó porque estaba comiéndose a una oveja", dice. La anécdota resume bien el tipo de territorio del que hablamos: un lugar vasto, salvaje y agreste, con un inigualable potencial para la aventura y un espectáculo visual sin parangón. En esta inmensa isla helada Gerard ha realizado rutas a pie y también en packraft, una pequeña embarcación similar a la canoa. Ahora, junto a su mujer, organiza enlaces en esa región, y también en Islandia. Su próxima visita a esa tierra que ahora quiere Trump está prevista para este verano, si nada la trunca. Además de explorar su naturaleza, también ha tenido tiempo de conocer a sus habitantes: "Lamentablemente, pase lo que pase, saldrán perdiendo".