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Cambiar libros por tabletas, la estrategia del Institut Campclar para la equidad

Tras el confinamiento decidieron que había que garantizar que nadie volviera a quedarse descolgado. Ahora cada alumno tiene un dispositivo y los profesores producen los textos

NORIÁN MUÑOZ

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En esta clase comparten espacio tabletas y apuntes de papel. FOTO: PERE FERRÉ

En esta clase comparten espacio tabletas y apuntes de papel. FOTO: PERE FERRÉ

A estas alturas del año pasado estaba todo el país confinado y los profesores del Institut de Campclar, como tantos docentes, preocupados por conseguir la manera de, al menos, comunicarse con sus alumnos. Con algunos ni siquiera pudieron contactar pese a que los tutores se dieron a la tarea de llamar casa por casa.

La directora del centro, Núria Barberà, cuenta que había alumnos que solo tenían sus móviles o los de los padres para conectarse, otros que debían compartir un ordenador entre varios hermanos, casas donde no había wifi... Comenzaron entonces a ingeniárselas, como hicieron otras escuelas, para publicar vídeos y materiales en las redes sociales. Instagram se convirtió, a todas horas, en la vía de comunicación. Y aunque cada semana se mandaba un dossier para trabajar en casa, «sabíamos que había cosas que eran impensables, como leer un texto largo de comprensión lectora en la pantalla de un móvil».

Así, en mayo, ante la incertidumbre de lo que pasaría el curso siguiente, tomaron una decisión que contó con no poco debate en el claustro: cambiar los libros de texto por tabletas.

En ese momento no se tenían detalles de cómo sería el despliegue de ordenadores del Departament d’Educación y que, de todas formas, daba prioridad a los alumnos de algunos cursos. «Y aquí la necesidad la teníamos desde primero de la ESO», dice.

«No sabíamos lo que iba a pasar, si habría nuevos confinamientos, y no queríamos que nadie se volviera a quedar descolgado», cuenta Barberà. Había que conseguir que, en caso de necesidad, todo el mundo tuviera un dispositivo propio.

El siguiente reto era, en un barrio donde muchos pasan dificultades económicas, convencer a las familias de la conveniencia de comprar a sus hijos una tableta para estudiar.

A sabiendas de que suponía un esfuerzo, veían que sería inviable que, además de tabletas, los padres compraran libros o licencias digitales, así que los profesores se comprometieron a producir, ellos mismos, el equivalente a los libros y todos los materiales que los alumnos pudieran necesitar.

El compromiso de las familias

Cada alumno podía llevar el modelo de tableta que pudiera, aunque se recomendó que tuviera ciertas características. Una como la que recomendaban podía costar unos 150 euros. Al final todas hicieron el esfuerzo teniendo en cuenta que el coste del dispositivo se aproximaba bastante al de los libros. Además, era una inversión porque en los años venideros no tendrían que hacer más gastos por este concepto.

En el caso de los alumnos que no tenían internet en casa, el Departament d’Educació les suministró una conexión WiFi educativa, lo que garantiza que ahora ya todos pueden estar conectados.

«El libro que siempre quise»

La otra cara de la moneda es que los profesores tuvieron que comenzar a formarse a toda velocidad para generar contenidos en un medio que no todos manejaban. La actividad era frenética; los docentes con más conocimientos hicieron formaciones para sus compañeros y se creó una red donde ir compartiendo experiencias y solucionando problemas. Había que preparar el material de todo un curso y el reto era irse de vacaciones con al menos los primeros quince días resueltos.

Marta Lascorz, profesora de segundo de la ESO, cuenta que tuvieron no pocas reticencias. Ella, que es docente de Castellano, temió que se dejara de lado algo tan necesario como ejercitar la escritura y el tomar apuntes. Sin embargo, está muy satisfecha. «Ahora estoy haciendo el libro que como profesora siempre habría querido tener», explica.

Las tabletas solo están encendidas cuando el profesor lo pide y ella las usa para generar todo tipo de ejercicios. Pone el ejemplo de la ortografía, uno de esos aspectos que peor prensa tienen entre los estudiantes. En este caso ha puesto ejercicios interactivos de autocorrección. «Hay quien puede necesitar hacerlo dos veces y otro diez, van cada uno a su ritmo y así no tienes que emplear tanto tiempo en corregir en clase».

Pero tal vez lo que más le entusiasma es que continuamente están descubriendo nuevas Apps (siempre gratuitas) para trabajar, algo que motiva mucho a los chicos. Nos enseña, por ejemplo, una que se llama Toontastic. En ella sus alumnos, para trabajar las leyendas, han creado sus propios personajes que han animado y a los que han puesto voz.

Otra ventaja es que el material que han elaborado los docentes está disponible en el Moodle, con lo cual, por ejemplo, si el profesor no está o hay algún alumno confinado, pueden seguir trabajando el tema por su cuenta. «Además los profesores cada vez sabemos más, así que la base del curso ya está hecha y cada año el material se irá enriqueciendo. Podremos ir viendo lo que funciona mejor», explica.

Los que saben son los chicos

Acudimos a una clase de segundo de la ESO a ver qué piensan los alumnos del cambio de sistema y lo primero que dice el chico que levanta la mano es que este año «la mochila pesa mucho menos».

Los alumnos, explica Lascorz, se han adaptado perfectamente. «Para ellos es todo muy intuitivo y muchas veces son ellos los que nos ayudan con la tecnología. Hay que perder el miedo a que sepan más que nosotros».

Los chicos reconocen que algunas cosas les costaron al principio, pero que otras directamente hacen la clase más divertida: «No hay color, explican, entre hacer un resumen de un libro como toda la vida o preparar un ‘Bookstagram’ (de libro e instagram) en el que la fotografía y la lectura van de la mano».

Otra gran preocupación es conseguir que el uso de la tecnología sea correcto y en eso, aunque todavía están aprendiendo, también han avanzado. El Moodle en el que trabajan permite ver cuánto tiempo se han conectado y a hacer qué. «Ahora los alumnos son más dueños de su aprendizaje», termina Barberà.

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