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Caminar por el Passeig de la Independència de Tarragona es un peligro

La dejadez ha convertido esta entrada a la ciudad en una avenida imposible de transitar para los peatones. Aceras cortadas, coches mal aparcados, poca luz y la abandonada Tabacalera

CARLA POMEROL

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Imagen de una persona haciendo equilibrios para no pasar por la carretera ante la ausencia de una acera marcada. FOTO: PERE FERRÉ

Imagen de una persona haciendo equilibrios para no pasar por la carretera ante la ausencia de una acera marcada. FOTO: PERE FERRÉ

No hay casi aceras y, las pocas que hay, están ocupadas por coches mal aparcados. Otras, llenas de boquetes que más de un esguince han causado a los vecinos. Solo hay un paso de cebra en toda la avenida. Dos perros aparentemente peligrosos vigilan de cerca a los peatones. En un lado de la calle, los vecinos denuncian un punto importante de venta de droga. Y al otro, el edificio abandonado de la Tabacalera presidiendo el lugar. Así es el Passeig de la Independència, una de las principales entradas a la ciudad. Los que viven allí denuncian la dejadez de la calle, que ha convertido el paseo en un peligro para lo peatones.

Se trata de una vía muy concurrida, tanto por vehículos como para viandantes. Anna es una joven vecina del barrio de Residencial Palau-Torres Jordi. Desde hace cuatro años, trabaja en una tienda de ropa del Parc Central. Por lo tanto, el Passeig de la Independència es su recorrido habitual. «Lo cruzo en seis minutos, pero para mí, es una eternidad», asegura Anna, quien añade que «los días que voy de noche, no me atrevo a ir sola a casa. Llamo a mis padres para que me vengan a buscar». Los peligros, según ella, son muchos. «Sobre todo, vigilar que ningún coche me atropelle», explica.

Y es que, uno de los principales problemas de la vía es la falta de aceras. «De repente se cortan y me tengo que jugar la vida», asegura Anna. Los peatones tienen que hacer equilibrismos para no ser atropellados. En algunos tramos no hay acera y en otros los coches aparcan en ellas. Cuando cae la noche, el alumbrado no es suficiente y el riesgo de ser atropellado aumenta. Además, las pocas aceras que hay se encuentran en mal estado, llenas de boquetes y con baldosas rotas. Las personas con sillas de ruedas lo tienen prácticamente imposible.

Al principio de la calle se encuentra la Necròpolis, titularidad de la Generalitat. El equipamiento está un tanto deteriorado y, según los vecinos, no abre cada día al público. Justo delante hay una de las rampas de acceso al río Francolí. Ese punto está lleno de hierbajos y de suciedad, sobre todo botellas de cristal y de plástico. «Desde la última subida del Francolí, hace un mes, nadie ha venido a limpiarlo», asegura un peatón que pasa por allí.

A continuación, a tocar del río, hay una casa unifamiliar y dos bloques de pisos de diez viviendas cada uno. Son propiedad del antiguo Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo (MOPU). Rosa Rodríguez vive allí. «Resulta peligroso andar por aquí. Las aceras están mal, el alumbrado es insuficiente y los coches aparcan donde quieren», explica Rodríguez, quien se muestra preocupada por la falta de pasos de cebra en el paseo.

En enero de 2018 se habilitó un parking disuasorio –con una tarifa de un euro al día–, en un solar vacío del Passeig de la Independència. En él aparcan poco más de 60 coches. El problema es que las condiciones a la hora de salir andando son inseguras. «No hay paso de cebra y tampoco acera. Así que toca jugarse la vida», asegura Rodríguez, quien también denuncia la falta de limpieza. «Aquí, hay muchos árboles y, en la época de los estorninos, el paseo se llena de suciedad», asegura.

Al lado del aparcamiento hay una nave medio abandonada. Dos perros con un comportamiento agresivo vigilan el cobijo, repleto de escombros. Según los vecinos, en el interior de esta nave –que hace años fue un taller de autobuses y camiones– y de otra que hay un poco más adelante hay okupas. La presidenta de la Associació de Veïns de Residencial Palau-Torres Jordi, Belén Uruen, asegura que «no es que nos molesten, el problema es que cuando llega el invierno, empiezan a hacer hogueras para combatir el frío y, en más de una ocasión, se han originado incendios».

A pocos metros se encuentran los tres únicos comercios de la calle. El histórico bar Los Maños, una empresa de rehabilitación de viviendas y otra de andamios, que ha aterrizado en el lugar hace justo un mes. El propietario del bar tiene la esperanza de que cuando se construya el rascacielos de lujo, The Kube, –ubicado justo delante de su negocio–, la zona mejorará urbanísticamente.

Una entrada a la ciudad

Pero si hay un equipamiento que contribuye a la degradación del paseo es la Tabacalera. Si ya se preveía que el proceso de transformación fuera lento, ahora lo será más, teniendo en cuenta el cambio en el gobierno municipal. Al nuevo alcalde no le convence el proyecto y asegura que cambiará lo que convenga. Todo parece indicar que la reforma no será inminente. Mientras tanto, los vecinos y peatones siguen sufriendo sus vilezas. «Estamos acostumbrados a ver ratas del tamaño de un gato», asegura Fernando, que vive en Torres Jordi. La presidenta de la entidad vecinal denuncia la presencia de cristales rotos, de plagas y de basura. «No entiendo como Tarragona se permite el lujo de tener uno de los accesos principales a la ciudad en estas condiciones», asegura Uruen, quien añade que «que sepan que nosotros, los vecinos, evitamos pasar por allí».

En esta misma línea, el arquitecto tarraconense Enric Casanovas, asegura que no es un hecho aislado. «No hay ni una entrada a la ciudad con diseño urbanístico y con personalidad paisajística», explica Casanovas, quien pone como ejemplo la Via Augusta, la T-11 o la carretera de Valls. También las entradas del tren. «El Passeig de la Independència está limitado por el edificio cerrado de la Tabacalera y por una pared que separa la ciudad del río. No hay parterres y el pavimento está en mal estado», asegura Casanovas, quien concluye que «un visitante recuerda una ciudad por su primera impresión».

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