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Tarragona Análisis

Cuando la indiferencia mata más que el frío

Un ‘sintecho’ murió en la Rambla y nadie habla de eso. Es verdad que la ciudad nunca se ocupó tanto del problema, pero la solución pinta dolorosamente lejana

Norian Muñoz

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/img/2018/02/13/imagen_sin_1_crop1518512062874.jpg Pere Ferré

¿Cuánto frío es demasiado frío para dormir en la calle? Según la Operación Iglú que despliega el Ayuntamiento de Tarragona, es cuando se llega a los 0 grados o cuando el Centre d’Emergencies de Catalunya activa los planes Procicat o Neucat  por previsión de bajas temperaturas o nevada. Muchos ayuntamientos catalanes siguen el mismo criterio, pero para el común de los mortales es fácil preguntarse: y con un grado, y con un dos, como los que marcaban los termómetros el sábado pasado, ¿no habría que ponerse en marcha?

La pregunta viene a cuento porque el viernes pasado, con la ciudad inmersa de lleno en el Carnaval, un hombre murió en un cajero de la Rambla. David se llamaba, era de Tarragona y tenía 45 años. No sabemos si murió de frío, pero desde luego el que ha castigado a la ciudad estos días no debió ayudar. Se da la circunstancia de que justamente le atendieron en la Operación Iglú, le dieron mantas y comida, pero no quiso ir a una pensión, como tantos de los ‘sintecho’ que conozco.

Pero casi lo más sorprendente es que hoy David no esté abriendo los periódicos ni sea objeto de las tertulias del bar. Como todo ‘sintecho’, parece que la maldición de la indiferencia le persigue hasta después de muerto; la de la indiferencia y también la de los prejuicios, porque parece que estar en la calle da derecho a los demás a juzgarlos sin conocerlos.

Tuve la ‘suerte’ de experimentarlo en carne propia el año pasado, cuando la ONG Homeless Entrepreneur me invitó a dormir con ellos al raso una noche. La cosa era poner el saco de dormir en el suelo y hacerse invisible o, en el mejor de los casos, sentir las miradas de reprobación que te echaban de reojo.

Aquella noche conocí a Joan, también de 45 años (nombre ficticio), a quien le encantaba ir a la biblioteca y vibraba con la música clásica. Iba con Albert, de 48, que sólo hablaba con su hija por WhatsApp lo justo para que no descubriera su situación. Ambos confesaban su adicción al alcohol (aunque ojo, no todos los ‘sintecho’ son alcohólicos), eran conversadores fantásticos y me transmitieron una sensación que hoy todavía me da escalofríos: la de que su vida no valía nada, la de que mañana podían no estar y nadie se enteraría.

Las cosas desde el otro lado

Me enseñaron mucho de cómo se ven las cosas desde el otro lado. La conclusión era que, con más o menos suerte, entre las ONGs, el ayuntamiento y algún buen samaritano, en Tarragona podían tener para comer cada día, pero ya ni se planteaban ir a las pensiones que les ofrecían porque, tras la estancia máxima de 15 días en invierno, volvían a las mismas.

Para otros, como el vecino del cajero de mi casa, irse a una pensión es impensable porque implicaría separarse de su perro, su única compañía y a quien quiere más que a su vida.

Pero atención, no es que no se estén haciendo esfuerzos. De hecho, no recuerdo que la ciudad se pusiera tan en serio a trabajar en el problema como hasta hace unos meses. Por primera vez han comenzado a coordinarse las 22 entidades que trabajan con las personas sin hogar y el Ayuntamiento de Tarragona. 

A David, como todo ‘sintecho’ parece que la maldición de la indiferencia le persigue hasta después de muerto

Ya hicieron un conteo en mayo y encontraron a 92 personas sin hogar durmiendo en la calle y se plantean varias acciones concretas antes de que acabe el año, incluido un censo. Las ONGs, que tantas veces llegan donde no llega la administración, son garantía de que los esfuerzos no caerán en saco roto.

Y tampoco se ha dicho que fuera fácil; si un adulto no quiere ayuda no se le puede prestar a la fuerza. Pero no se trata de eso, se trata de si es realista pensar que se pude salir de la calle y de si tu vida le importa a alguien.

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