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El cura que acogió las urnas

Francesc Manresa, párroco de Vila-rodona, se ha convertido en un héroe para sus vecinos y en un demonio para el españolismo más rancio
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Francesc Manresa, en la parroquia de Vila-rodona, donde se efectuó el recuento de los votos del referéndum.  FOTO: LLUÍS MILIÁN

Francesc Manresa, en la parroquia de Vila-rodona, donde se efectuó el recuento de los votos del referéndum. FOTO: LLUÍS MILIÁN

Faltan cinco minutos para las 8 de la tarde del 1 de octubre de 2017. Decenas de personas se agolpan frente a la Casa de Cultura de Vila-rodona, un pequeño pueblo del Alt Camp de 1.200 habitantes. Esperan con ilusión que se inicie el recuento del referéndum sobre la independencia de Catalunya. 

Hay ilusión. Y miedo. Las duras imágenes de las intervenciones policiales de horas antes en colegios electorales de toda Catalunya -entre ellos en las cercanas Cabra,  Sarral y Vilabella- hacen temer que policías o guardias civiles irrumpan en Vila-rodona y se lleven la urna con 622 papeletas (592 del ‘sí’, 19 del ‘no’, 9 en blanco y 2 nulas, según el recuento oficial del 6 de octubre).

Ese miedo -la calle está repleta de niños, jóvenes, adultos y ancianos- lleva a los responsables locales de la consulta a pedir al párroco, Francesc Manresa, si pueden recontar los votos en el interior de la iglesia. 

Mossèn Manresa no duda ni un segundo. Horas antes, cuando se enteró de las cargas policiales, ya les había ofrecido la parroquia «para lo que necesitéis».

«Acoger a personas que están amenazadas es propio de la Iglesia desde tiempos antiguos», sostiene. «La iglesia se llenó a rebosar, como nunca en este pueblo. Había jóvenes a los que nunca había visto en misa. Muchos jóvenes pasotas estaban electrizados por la violencia de la mañana», dice.

La urna entra por una puerta lateral que da un patio de la rectoría y de allí a la iglesia. La colocan sobre una mesa situada a los pies de los escalones que suben al presbiterio, no junto al altar. 

‘Era un momento histórico’

El mossèn viste la estola porque «como rector recibía a una comunidad que estaba viviendo un momento histórico y difícil». Además «si llega a venir la policía, les hubiese ido a recibir a las puertas del templo revestido de mi autoridad. Hubiesen tenido que pasar por encima de mi», advierte.

Las imágenes del recuento mientras el mossèn y los presentes cantan el Virolai dan la vuelta a España. En ningún caso se celebra misa, como se ha dicho desde el españolismo más rancio y el catolicismo más intransigente. Esos ultras han convertido a mossèn Manresa en una especie de demonio independentista.

Ha recibido un centenar de llamadas con insultos. «Farsante», «hereje», «pervertido», «soy católico practicante y usted es un hijo de puta», «es usted un golpista y ha acogido a golpistas», «está en pecado mortal gravísimo», «es un escándalo», «usted es el culpable de que las iglesias estén vacías»... son algunas de las frases llenas de ‘caridad cristiana’ que mossèn Manresa ha tenido que escuchar.

La tristeza porque sea ‘gente de iglesia’ la que muestra tal furia se desvanece ante el cariño de la mayoría de sus vecinos: «Me tienen en el candelero y no hay para tanto. Que si soy un héroe, que si pasaré a la historia... No hago caso». El cura muestra emocionado un mensaje del alcalde, Ramon Mª Bricollé: «Abrir la Casa para proteger a las personas delante de las noticias que iban llegando es un gran gesto de humanidad. Le queremos, mossèn. Gracias».

A mossèn Manresa le brillan los ojos cuando rememora la entrada de la urna en la Iglesia. «Sentí una emoción muy grande porque me recordó a una situación de octubre de 1970 en la parroquia de Sant Ignasi de Barcelona». 

En la agonía del franquismo, media docena de guerrilleros de Cristo Rey entraron armados en la parroquia de la que Manresa era vicario. Habían obligado a irse a las personas que iban a asistir a misa de 12. Querían matarle por haber protegido a sindicalistas de CCOO perseguidos por el Régimen. Manresa mantuvo la sangre fría y les convenció de que asesinarle no sólo sería un horrible pecado sino que Franco no dudaría en ejecutarles. El grupo de fascistas se fue sin tocarle un pelo. 

‘Se me puso la piel de gallina’

«Ahora no entraban metralletas sino urnas con votos, la voluntad del pueblo. En 1970 la iglesia estaba vacía cuando siempre estaba llena. El 1 de octubre estaba llena cuando siempre está vacía los domingos. Fue un impacto emocional. Se me puso la piel de gallina», confiesa el mossèn.

¿Le ha llamado la atención la cúpula eclesiástica? Mossèn Manresa mantuvo una conversación con el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, en la que le explicó que aceptar el recuento en la iglesia no había sido un «acto político» sino de «acogida». «Acabamos dándonos un abrazo», asegura.

Durante unos días, mossèn Manresa ha sido una estrella mediática por acoger las urnas. Unos minutos ‘cumbre’ en una vida que da para escribir un libro. Francesc Manresa, nacido en 1939 en Cervià de les Garrigues (Lleida administrativamente hablando, Arzobispado de Tarragona desde el punto de vista eclesial), tomó los hábitos en 1963, los abandonó en 1973 tras enamorarse de una mujer que había sido monja, se casó, tuvo un hijo y una hija y volvió a ejercer de sacerdote en 2004, después de que su esposa falleciese de cáncer «como una santa».

Por medio, la intervención directa en su vida de dos papas (Pablo VI y Juan Pablo II), la de un cardenal que luego se convertiría en Sumo Pontífice (Joseph Ratzinger: Benedicto XVI) y una misa celebrada en el Vaticano con el Papa Francisco con motivo de los 50 años de la ordenación sacerdotal de Manresa. Medio siglo como cura. 78 años de vida en los que «Dios me ha ido conduciendo por los caminos».

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