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El enxaneta de Tarradellas

Antonio Avilés, ‘Ñoño’, tenía 5 años cuando el president le izó. Ahora se dedica a la rumba
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Antonio Avilés, 'Ñoño'. Foto: Lluís Milian

Antonio Avilés, 'Ñoño'. Foto: Lluís Milian

Es el 23 de septiembre de 1978. El ya president de la Generalitat, Josep Tarradellas, ha vuelto casi un año antes del exilio. Tarragona le invita a presidir el acto de hermanamiento con la ciudad francesa de Orleans. Antes de los discursos oficiales, los Xiquets de Tarragona completan primero un tres de set, «con dificultades que fueron estupendamente vencidas», según la crónica del ‘Diari’, y «luego, con soltura y seguridad, un rápido y perfecto quatre de set que fue carregat y descarregat con elegancia y prontitud».

El momento culminante, emocionalmente hablando, llega poco después. «Finalmente se levantó un pilar de cinc, mientras que desde el balcón eran recogidos uno tras otro el enxaneta y otros dos castellers, en un alarde de valor y fuerza», reza la crónica. 

Aquel enxaneta, cuya imagen ondeando una Senyera mientras Tarradellas le sujeta ha pasado a los libros de historia locales, tenía cinco años recién cumplidos. Cuatro décadas después, Antonio Avilés es un taxista cuya verdadera pasión es tocar -y cantar- rumba catalana. 

«Yo no era consciente entonces de quien era Tarradellas, pero luego en la colla siempre me han dicho que el de la foto era yo. Quedará en mi vida para los restos», explica Antonio, antes de coger el móvil, buscar en su galería de fotos y enseñar al periodista una imagen del president Tarradellas y su esposa rodeados de castellers de los Xiquets. «Este soy yo», dice con una sonrisa. La noticia del ‘Diari’ recuerda que «el cap de colla impuso seguidamente al Honorable Tarradellas el clásico mocador de los castellers».

Tarradellas recoge al anxaneta el 23 de septiembre de 1978. Foto:  Chinchilla. Cedida por el Centre d’Imatges de Tarragona / L’Arxiu

Mientras Antonio bucea en su memoria, a sus pies hay una guitarra española. Aquel enxaneta compagina unas largas mañanas en el taxi con un pequeño grupo de rumba con el que hace bolos en campings y hoteles en verano y en bares musicales el resto del año. 

Su pasión, y sus constantes ganas de aprender, le llevan a portar la guitarra siempre en el maletero del taxi. Mientras espera a que un cliente aborde el vehículo, Antonio rasga la guitarra. «Me la llevo para estudiar, no para liar juergas. Soy un músico honesto y muy humilde», asegura.

El enxaneta reconvertido en rumbero es conocido entre sus compañeros del volante como ‘el Pescaílla’ (en recuerdo de Antonio González, un mito de la rumba catalana y que estuvo casado con Lola Flores), ‘el sardinilla’ o ‘el tijeritas’. En la mili, le llamaban ‘Camarón’. Antonio asume con naturalidad esos apodos, al igual que el de ‘Noño’.

«Me gustaría saber quién fue el ingeniero técnico que me puso ese apodo en la colla castellera. Yo era un enxaneta muy valiente. Quería que mi colla coronase el castell y fuese un éxito. Me emocionaban los ánimos de la gente mayor. Siempre subía porque pensaba que si nos caíamos, cuanto más arriba, mejor, porque sería yo el que se cayera encima de la gente y no al revés», relata.

‘Ñoño’ y su extensa familia (eran cinco chicos y tres chicas) vivían en la calle Portella, paralela a la calle Santa Anna, donde se ubica el local de los Xiquets. Un día entró en la colla casi por casualidad y allí se quedó. Tenía cuatro años. Fue asiduo hasta que la familia tuvo que trasladarse a Madrid por motivos laborales. 

Antes de emigrar a Madrid, Antonio participó en uno de los hitos de los Xiquets. Fue el enxaneta del primer tres de vuit carregat (Torredembarra, 1984). En Madrid siguió ‘rumbeando’. La afición le venía de su padre, al que Antonio define con orgullo como «un fenómeno indestructible que crió ocho hijos y que era muy rumbero. Escuchaba todo el rato a Bambino, el Pescaílla, Peret, Los Chichos, Los Chunguitos... La música se me metió muy dentro».

Cuando Antonio tenía 16 años, el responsable del coro rociero de la Casa de Andalucía de Móstoles (Madrid) apreció su talento y le fichó. Años más tarde, le propusieron formar parte de un grupo de flamenco. Dicho y hecho. El grupo estuvo un año tocando en una sala de fiestas de Toronto (Canadá). En Madrid le cayó el enésimo apodo: ‘Yiyo’, de Antonillo. 

Tras su periplo canadiense, Antonio vino a Tarragona a visitar a sus padres, que ya habían regresado de Madrid. Las raíces tiraron y se quedó a vivir. Volvió a los Xiquets. Trabajó en lo que salía: construcción, transporte, hostelería... Se había convertido en una persona «fuertota» (en sus palabras) y ejerció de baix en otro momento cumbre de los Xiquets: el primer tres de nou descargado en Santa Tecla de 1999. «Me dicen que conozco los castells por arriba y por abajo», presume.

Su ‘locura’ rumbera le ha granjeado elogios entre sus colegas, pero también críticas -«ya estás otra vez con las guitarras, que pesado», le espetan- y una íntima  amistad con una clienta que le pidió que le cantase en plena carrera entre Tarragona y Cambrils. Ahora apenas se pasa por la colla, pero lleva los castells en la sangre. Y lo tiene claro: «Seré matasalasser hasta la muerte».

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  • 40 años del regreso de Tarradellas

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