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«El vino conservado en ánforas como lo hacían los íberos es excepcional»

Historiadores y enólogos reconstruyen el proceso de producción de la bebida

Sílvia Fornós

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Fernando Zamora, director de la bodega experimental Mas dels Frares, y Jordi Diloli, director del grupo de investigación GRESEPIA, abren la primera jarra de vino de la cosecha 2019. FOTO: Alfredo González

Fernando Zamora, director de la bodega experimental Mas dels Frares, y Jordi Diloli, director del grupo de investigación GRESEPIA, abren la primera jarra de vino de la cosecha 2019. FOTO: Alfredo González

Investigadores de la Universitat Rovira i Virgili (URV) abrieron ayer las primeras ánforas que contienen el vino que depositaron el pasado mes de septiembre para reconstruir el proceso de producción y conservación de esta bebida en las mismas condiciones en las que lo hacían los íberos. Se trata de comprobar, con técnicas actuales, la evolución del vino elaborado como hace 2.500 años. Las 12 ánforas donde se ha empezado a envejecer el vino, y se conservará hasta la próxima vendimia, contienen unos siete litros de tempranillo y se taparon con corcho y yeso. 

Los encargados de destapar las tres primeras jarras fueron Jordi Diloli, director del grupo de investigación GRESEPIA, y Fernando Zamora, director de la bodega experimental Mas dels Frares de la URV, ya que dicha investigación y reconstrucción es a cargo de los investigadores del grupo de investigación GRESEPIA, del Departamento de Historia e Historia del Arte, y de los investigadores del Departamento de Bioquímica y Biotecnología. 

De la apertura de los primeros recipientes, Jordi Diloli destaca, en primer lugar, que «el vino conservado en ánforas como lo hacían los íberos es excepcional» y en segundo lugar recuerda que «es un vino especial a la vez que natural porque después de hacer la vendimia, la uva se prensó con los pies y se depositó en las jarras, sin añadir ningún sulfito». Las ánforas son obra de un ceramista de Miravet que utiliza arcilla del Ebro y un sistema de cocción con horno de leña, como se hacía antiguamente. Recuerda Diloli que «nuestra intención, desde el punto de vista arqueológico es analizar si el vino se podía conservar en un recipiente cerámico bien sellado y si se tiene la oportunidad de consumir la bebida nueve meses después».

En esta misma línea, el investigador explica que, después de tres meses, «el vino de estas primeras ánforas es bebible y, desde el ámbito arqueológico, podemos decir que a los tres meses de producir el vino, siguiendo las mismas condiciones que en la época ibérica, la bebida es perfectamente consumible». 

Por su parte, Fernando Zamora, director de la bodega de la URV, ha hecho un primer análisis sensorial: «El color es evolucionado, marrón con notas teja; el aroma tiene notas características que están empezando a enranciarse, si bien no tiene ácido acético en cantidades importantes y recuerda un vino de postre, es graso, suntuoso y se nota que ha tenido oxígeno».

Ahora bien, en abril y en julio, aproximadamente, se abrirán otras tres ánforas respectivamente. Después de todas ellas, se llevarán a cabo las analíticas que podrán ayudar a resolver incógnitas como la conservación sin sulfitos, hasta cuándo es idóneo para ser bebido y cuáles podrían ser los motivos de la utilización de hierbas que se han documentado. Además, los estudiantes de la Facultad de Enología también participarán en el análisis de este vino, que se produce por segundo año, y harán una analítica sensorial o degustación. 

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