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En el edificio más cercano a la química: "Me quiero ir, ¿pero quién va a querer este piso?"

No hay otro bloque más próximo al polígono. «He perdido la confianza que tenía», dice un vecino. En este vecindario de La Canonja con vistas al polígono hubo roturas de cristales y hasta grietas

Raúl Cosano

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Vistas desde el comedor de este piso al polígono, a unos 150 metros de la explosión. Foto: Alfredo González

Vistas desde el comedor de este piso al polígono, a unos 150 metros de la explosión. Foto: Alfredo González

«Claro que me quiero marchar de aquí, pero si me voy casi tengo que regalar el piso, nadie va a pagar mucho por esto. ¿Quién va a querer vivir aquí?», se pregunta Juan desde el balcón, con unas vistas sobrecogedoras al desastre y a todo el polígono químico sur. La catástrofe tuvo lugar a unos 500 metros, delante de sus ojos y de los de todos los vecinos de las nueve plantas de este bloque singular: se alza solitario y aislado de todo núcleo junto a la N-340, en un extrarradio inhóspito en la entrada a La Canonja, al lado del Night Club Vicente Ferrer. No hay en todos los barrios de Ponent un edificio tan cercano a lo que los vecinos catalogan como «polvorín», expuesto a la amenaza latente de ese paisaje de tuberías, chapa y humo a lo 'Blade Runner'. 

El bloque, en La Canonja, más cercano a la industria química. Foto: Alfredo González

Tan próximo está que dos Mossos suben a la azotea para dirigir los drones que sobrevuelan la fábrica siniestrada. «Hacemos una inspección aérea», explican. Lorenza, ya mayor, es la madre de Juan, que vive ahí junto a María Jesús, su pareja. Lorenza aún no se había repuesto del susto. El mural de vírgenes –retratos y figuras– del recibidor parece aludir a la célebre e inventada Verge del Polígon, aquel concepto de la época del alcalde Nadal. «Cogimos al perro y salimos corriendo a la calle y nos fuimos hacia La Canonja. No hemos pasado la noche aquí, porque entraba mucho viento por las ventanas y no se podía estar», dice ella, que estaba en casa en el momento de la explosión. «Yo ya pensé que todo se acababa, que explotaban también el resto de las fábricas y que nosotros, al estar tan cerca, no nos salvábamos», explica ella, residente en el 5º B.

Sergio García, vecino de La Canonja, muestra los desperfectos provocados en su piso. Foto: Alfredo González

Juan muestra los desperfectos provocados por la brutal onda expansiva: ventanales del balcón rotos, igual que cristales de las otras estancias, y hasta grietas surcando la pared y algún cascote que se había desprendido y yacía en el suelo. Recogía en cubos los vidrios quebrados, algo que ocurrió también en edificios de Campclar o Torreforta, afectados pese a estar a una distancia mayor. «Fue una lotería que no nos tocara a nosotros estando tan cerca», confiesa Juan. 

También en el 2º B hay trabajo por hacer. Allí vive Sergio García, un vecino de La Canonja que reside ahí desde 1998. En este relato de testimonios cercanos a la zona cero sobrecoge el instante antes de la tragedia. «Se escuchó como un escape de gas antes de las dos explosiones», cuenta Sergio. «Era como una olla exprés, pero a lo bestia», comentan dos socios de un gimnasio próximo, que muestran cómo las vigas de la nave en la que están se han movido. «Nunca me olvidaré de esto», reconoce una de las responsables, junto al ir y venir de empleados del polígono químico, que transitan por la zona.

Juan, otro de los vecinos, con los cubos de cristales recogidos en casa. Foto: Alfredo González

Sergio responde a una generación muy concreta de Ponent. «Yo he vivido aquí toda la vida. Soy de los que recibían charlas en el colegio sobre los riesgos. Me educaron en esto, en una cultura de la seguridad. Te dicen que hay muchos sistemas de seguridad, que es muy difícil que pase algo. Luego ves que la realidad es otra bien distinta».  

Sergio admite que algo ha cambiado: «Cosas así te hacen perder una confianza que antes sí tenías». Todos denuncian falta de información y criterios poco claros a la hora de los protocolos que, por ejemplo, deben hacer sonar las sirenas. «Ni protección civil ni avisos de ningún tipo. Falló todo», asevera Juan. En la casa de Sergio también hay cristales rotos. En buena parte de los domicilios todo está manga por hombro. Todos se han acostumbrado a vivir en esta boca del lobo, resignados. «Es un piso en propiedad. Lo que no voy a hacer es irme a Tarragona a pagar 700 euros por un alquiler», concede Sergio. 

Cristales rotos en este edificio de La Canonja. Foto: Alfredo González

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