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Este 2021 han ardido más hectáreas que en 10 años

Los expertos alertan que las elevadas temperaturas y la sequía inciden en que los incendios se propaguen más rápido y sean más virulentos

Joan Morales-ACN

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Zona quemada por el incendio de la Conca de Barberà, a vista de dron.  FOTO: acn

Zona quemada por el incendio de la Conca de Barberà, a vista de dron. FOTO: acn

El fuego ha arrasado en los últimos días en Catalunya más de 2.000 hectáreas entre los incendios forestales de la Conca de Barberà y la Anoia y el del Cap de Creus. Los expertos hace tiempo que advierten que el cambio climático ha traído consigo un cambio de paradigma, también en cuanto a unos incendios que, aunque siempre hemos convivido con ellos, parece que en las últimas décadas se han convertido en más impredecibles y destructivos.

¿Es cierta esta teoría?¿Porqué han cambiado los incendios? ¿Estamos preparados para combatirlos? El Diari se ha hecho estas y otras preguntas y para encontrar respuestas ha contactado con Òscar Saladié, director de la Càtedra DOW/URV de Desenvolupament Sostenible y bombero voluntario, quien defiende que «el cambio climático hace que nuestros bosques estén estresados y los incendios se propaguen más rápido».

Cuando Saladié habla de bosques estresados se refiere a su temperatura y a la evapotranspiración. «Nuestros bosques están habituados al clima mediterráneo, pero si tenemos más temperaturas y menos lluvias (o estas son más irregulares) provoca que aumente la evapotranspiración y el árbol o arbusto se estresa. Esto hace que rápidamente se enciende y vaya más rápido. Por eso quema más superficie», explica.
Otro aspecto importante que se produce por el cambio climático es que «las condiciones del propio incendio hacen que éste sea capaz de generan focos secundarios que atraviesan los cortafuegos. Envían material incandescente a una distancia y generan focos secundarios. Es muy peligroso y cada vez pasa más», comenta este experto.

Pero el cambio climático no sería el único culpable de que nos tengamos que enfrentar a incendios cada vez más virulentos. «También está el territorio y el uso del suelo que éste hace. Por ejemplo, si es una gran superficie forestal poco gestionada, o por contra es un campo de cultivo que actúa como cortafuegos», asegura Òscar Saladié, quien alerta que «en las últimas décadas, con el crecimiento de la vegetación natural, se han ido abandonando muchas zonas de cultivo y estos cortafuegos se han reducido».
Detrás de este abandono de superficie agrícola están «unos precios por los suelos que hacen que la payesía abandone. La administración tendría que plantearse qué costes tiene intentar evitar esto. Tal vez valdría la pena invertir en prevención para evitar costes en extinción. De esta forma se podría posibilitar que la acción de la payesía, y también de la ganadería extensiva, colaborase indirectamente en que si hay un incendio su magnitud quede reducida», asegura el director de la cátedra DOW/URV de Desenvolupament Sostenible.

Otro aspecto importante es la gestión de los bosques «que podría se mejor de la que es», reconoce Saladié, quien añade que «la mayoría de la superficie forestal está en manos privadas y no hay la gestión de la misma necesaria para que los incendios no tengan tanta velocidad de propagación porque no les sale a cuenta. Las administraciones podrían obligar a que esta gestión privada fuese mejor, pero no sé si esto es viable».

Por último, y ante la pregunta de si estamos preparados para afrontar estos grandes incendios. Saladié explica que «desde que se crearon los Grups de Recolzament d’Actuacions Forestals (GRAF) las estrategias para hacer frente a estos fuegos han mejorado. Siempre teniendo en cuenta que la capacidad es limitada».

Margen de seguridad

Los Pirineos, donde los incendios forestales son raros hoy en día, podrían comenzar a experimentar grandes fuegos si la temperatura sube 3ºC por encima de las olas de calor actuales. Este es el «margen de seguridad» que calcula un estudio liderado por la Universitat de Lleida (UdL) y en el que también ha participado el Centre de Ciència y Tecnología Forestal de Catalunya (CTFC) y universidades australianas, basándose en la variación de la humedad del combustible vegetal y el déficit de presión de vapor. Los incendios serían totalmente desproporcionados con un aumento de 8ºC, según esta investigación publicada en la revista Science of the Total Environment.

El trabajo, en el que también han participado investigadores del CTFC, la UNED de Madrid y las universidades australianas Western Sydney University y The Australian National University, tiene como objetivo «cuantificar qué aumento del cambio climático convierte en inflamables los ecosistemas que actualmente no queman, lo que sería el margen de seguridad, utilizando los Pirineos como caso de estudio», explica el profesor de la UdL y la Southwest University of Science and Technology (China), Víctor Resco de Dios, que encabeza el artículo.

El equipo ha medido las variaciones de humedad tanto del combustible vivo (plantas) como del muerto (ramas y hojarasca) en seis lugares del Pirineo y otras arboledas de pinos de Cataluña, donde los fuegos son más comunes en ser ambientes más secos. Concretamente, las mediciones se han hecho cada dos semanas y durante dos temporadas de incendios en el Alt Urgell, Solsonès, el Segrià y la Conca de Barberà.
«La humedad la medimos basándonos en el déficit de presión de vapor (VPD), que es una variable que indica el poder que tiene la atmósfera para secar el combustible», explica Resco. «El margen de seguridad hace referencia a la diferencia que hay entre la humedad en los Pirineos y la asociada a grandes incendios en los bosques mediterráneos que le rodean», añade. El equipo lo ha cuantificado entre 0,5 y 1,5 kPa (kilopascales).

El estudio ha comprobado que la variación de la humedad del combustible muerto en las zonas actualmente libres de fuego en Europa, como los Pirineos, con grandes cantidades de este material en muchos bosques, «puede alcanzar umbrales críticos de sequedad más allá del margen de seguridad y experimentar grandes incendios tras sólo leves aumentos del déficit de presión de vapor», según recogen en las conclusiones.

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