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Gorka: «Mis padres me echaron a la calle porque era adicto a las drogas»

«Hacen falta más habitaciones y aseos para que podamos reinsertarnos en la sociedad», asegura este sintecho. Presume de «ocupar viviendas, pero solo las que son de un banco»

XAVIER FERNÁNDEZ JOSÉ

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Gorka (izquierda) y Marcos, con Django, nombrado así en honor a la película de Tarantino, ‘Django desencadenado’. foto: fabián acidres

Gorka (izquierda) y Marcos, con Django, nombrado así en honor a la película de Tarantino, ‘Django desencadenado’. foto: fabián acidres

Episodios de ‘locura’. Un ininteligible discurso en el que se mezclan la monarquía y el complejo petroquímico. Adicción a las drogas. Una estafa a una mujer moribunda. Son algunos de los motivos que media docena de sin techo aducen para explicar que viven en la calle.

Domingo. 20 horas. Gorka, un vasco de 47 años, habla aceleradamente. «Si no te da tiempo a apuntar, paro», le dice una y otra vez al periodista mientras explica su propia vida al tiempo que lanza una serie de reivindicaciones.

«Hay mucha gente que tiene necesidad de ayudar a los demás para sentirse bien. Que nos den comida está bien, pero hacen falta más habitaciones y sitios donde puedas lavar la ropa. El aseo es muy importante. No puedes ir a pedir empleo si no vas limpio. Tener un trabajo es esencial para que podamos reinsertarnos en la sociedad», sostiene.

El propio Gorka no parece un sintecho. Va limpio, no como alguno de sus compañeros. Tiene muy claro el motivo de estar en la calle. «Estuve enganchado a las drogas. Empecé con 12 años a fumar porros. Al final mis padres me echaron a la calle hasta que me desintoxicase», recuerda. Fue un entrar y salir de la droga. Se sacó el carnet de camionero y condujo hasta que sufrió un accidente por el que ahora tiene la invalidez permanente.

«Abro viviendas. Los Mossos me conocen. Pero solo okupo las viviendas que pertenecen a los bancos o a un fondo buitre», se enorgullece sin rubor. ¿Cómo sabe que el piso vacío es de un banco? «Un amigo entra en el Registro y lo mira y yo compruebo el correo o pregunto a los vecinos», responde, antes de tirar de una triste ironía: «Soy una persona muy pudiente. Puedo con todo. Si no me valorase yo mismo, ya me habría suicidado».

A su lado está Marcos, de 48 años. Cuenta que residía en el barrio de Pedralbes, una zona de alto standing en Barcelona. Su madre era rica, pero enfermó de cáncer y la ingresaron en una clínica privada. La familia poseía una gasolinera que decidió vender para poder pagar los gastos médicos. «Apareció una abogada que nos estafó», relata al tiempo que enseña al periodista una arrugadísima copia de una denuncia contra la supuesta letrada ante los Mossos d’Esquadra. La estafa fue el principio, asegura Marcos, «de que se me acabara el dinero».

Gorka le escucha hasta que le interrumpe con un zasca: «Te lo fundiste todo en coca». Marcos duda unos segundos: «Bueno... sí, pero también me estafaron. He denunciado a la abogada, pero la justicia va muy lenta».

A pocos metros de ambos, Pedro José, su esposa Ana y el hijo de ambos, Juan Luis, beben el zumo que les ha traído Creu Roja. Juan Luis explica porqué los tres están en la calle: «Vivíamos con mi abuela (la madre de Pedro), pero yo me volvía loco. Cogía un cuchillo y quería cortarme y rompía las cosas de la casa. Al final la abuela nos echó de casa a los tres. He heredado unos malos genes de un tatarabuelo. Quieren meterme en un manicomio, pero no lo permito. Lo que quiero es que me paguen las pastillas que necesito. Me dicen que no me las pagan, que las tengo que comprar yo». Su padre asiente. Su madre tiene la mirada perdida.

Como la de Mari Carmen, otra sin techo que vive junto al Serrallo. Preguntada por su historia, solo murmura una y otra vez: «las calles 9 y 10 de Bonavista, el complejo químico sí, sí. Los Borbones me echaron, los Borbones. El trabajo...».

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