La vuelta al cole más difícil

El virus marca, seis meses después, un regreso incierto al aula. Las familias se mueven entre el temor, la precaución y la convicción de que es necesario empezar el curso y recuperar rutinas

Raúl Cosano

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Anna, Paula y Laia, junto a su madre, Cristina Gasull, y al padre, Pere Aluja, en Reus.  FOTO: Fabián Acidres

Anna, Paula y Laia, junto a su madre, Cristina Gasull, y al padre, Pere Aluja, en Reus. FOTO: Fabián Acidres

Laia (19 años) empezará segundo de un ciclo superior de educación infantil; Paula (17), segundo de Bachillerato en el Institut Domènech i Montaner de Reus; Anna, la pequeña, con 12 años, comenzará primero de ESO. Por eso en casa de Cristina Gasull y Pere Aluja hay un revuelo especial estos días, seis meses después de que se cerraran las aulas.

A la familia no se le va ese cierto grado de nerviosismo y expectativa por este curso tan peculiar. «Estamos a la expectativa, con un poco de miedo y también algo preocupados por la adaptación. Nos inquieta que haya incidencias o que se vuelva a un confinamiento y que algo así pueda repercutir negativamente en el curso, sobre todo cuando son años tan claves para la formación», explica Cristina. 

Cada hija es un mundo. «En el caso de las dos pequeñas son años complicados. Paula está preparando ya su trabajo de investigación y hará la selectividad a final de curso. Para Anna también es un cambio grande, por empezar etapa, lo que supone todo un proceso, con asignaturas nuevas… Tiene 12 años y realmente no llegas a conocer cuál es su nivel de concienciación ante lo que sucede», aclara la madre. 

En casa de los Aluja Gasull, en la Avinguda Països Catalans de Reus, ya está todo el material escolar comprado y preparado, bien dispuesto para que mañana comience a usarse. También están plenamente informados de los protocolos en los centros: las entradas escalonadas, las líneas ampliadas, los accesos diversificados y los cambios en el recreo. Estos días también revisan las condiciones que toda familia debe aplicar antes de enviar a un hijo al colegio: hacerlo con mascarilla, con una temperatura inferior a los 37,5ºC y sin síntomas como fiebre, tos, dificultad para respirar, vómitos o dolores musculares. 

Menos problemas en esta adaptación va a tener Laia, la mayor, que ya a finales del curso pasado, interrumpido en marzo por la pandemia, se adaptó bien a los formatos a distancia de enseñanza. «Ella no nota tanto el cambio. Ya está acostumbrada a trabajar desde casa y a alternar el ‘on line’ con la presencialidad. Tiene asignado un trabajo y puede ir haciendo, sea presencial o no», cuenta Cristina. 

La vuelta después de tanto tiempo va a ser una pequeña revolución en el hogar, en la medida en que dará carpetazo a meses extraños, con las rutinas patas arriba, pero también pondrá a prueba las restricciones instauradas en esta casa. «Mis hijas, ellas mismas, se han autoconfinado. Han salido poco de casa, no se han movido mucho, para protegerse, y han visto a sus abuelos con mucha precaución. Han sido siempre muy cuidadosas. Estos meses hemos vivido en una nube.

Ahora hay que seguir en esa línea, más estrictamente si cabe, porque tendrán más contactos», indica Gasull. Más allá de los temores, esta familia numerosa celebra esa inyección de normalidad, aunque siga siendo relativa por la incidencia alta del virus. «Ha pasado demasiado tiempo sin ir al colegio y se echa en falta esa proximidad, esa calidez con el centro. Aunque pueda haber limitaciones y en algunos casos tengan que hacer vía telemática, es bueno recuperar ese contacto», cuenta Cristina. 

«En casa nos juntamos cuatro personas de cuatro centros distintos»

Itan (17), Kilian (3) y Nil (12) (sentado ante el ordenador), junto a los padres, Katsue y Noé.  FOTO: Pere Ferré

Noé Muñiz sufre por duplicado estos días: como profesor de Matemáticas en Secundaria en el Institut Domènech i Montaner de Reus y como padre de tres hijos que van a colegios diferentes, lo que arroja una ecuación algo delicada: «En casa hay personas de cuatro centros distintos, expuestos a muchos contactos, y eso me da miedo». Tanto es así que esta familia de Tarragona se ha involucrado en una plataforma que pide más medidas y que incluso se ha movilizado bajo la consigna de no llevar a los hijos al colegio: «Nos da miedo y, vista la situación actual, hemos pensado en no llevar al pequeño, pero entendemos que esto le perjudica. Dudamos sobre todo con él, pero también es importante que se socialice. Hay más familias que están en esta situación, sin saber qué hacer». 

Noé es padre de familia numerosa. Itan, de 17 años, comienza un grado de Historia en Barcelona y tiene plenamente asumida la excepcionalidad de este curso y las restricciones que deberá aplicar. Nil, de 12, arrancará primero de ESO en el Martí i Franquès mientras que Kilian, de tres, hará P-4 en la Escola Cèsar August de Tarragona. Como padre, Noé reivindica la libre elección de las familias y respetar su decisión: «Pedimos que cuando empiece el curso no se penalice a las familias que no quieran llevar a sus hijos a clase, al menos por ahora, que no se las obligue y que, en ningún caso, si alguien decide eso, se considere como un problema de absentismo». 

El caso de Noé le pone rostro a todo un movimiento que lleva semanas en marcha reivindicando una vuelta segura e incluso oponiéndose a este regreso. En Tarragona se ha constituido el grupo ‘10 a fora, 10 a l’aula’ (10 fuera, 10 en el aula), en referencia al máximo de personas que se pueden reunir en Catalunya. En Tarragona también hay familias integradas en la Agrupació de Famílies per una Elecció Educativa Segura (AFEES), núcleos que suelen tener personas vulnerables en el hogar y que piden alternativas como una educación ‘on line’. 

En casa de Noé y de su mujer, Katsue Takemura, Itan y Nil volverán al aula con relativa normalidad y está por ver qué sucede con Nil, el menor. Estos días están siendo especialmente complicados en este domicilio. «Yo lo vivo también como profesor y quizás por eso soy más consciente, porque tengo la sensación de que no se ha hecho lo suficiente, de que vamos tarde y se está improvisando. No se ha hecho un plan como realmente hacía falta», explica Noé, crítico con las determinaciones del Departament: «Cualquier incorporación ayuda pero la ampliación de profesorado no da para cubrir todas las necesidades. En muchos centros se está lejos de las ratios adecuadas. De poca cosa sirve un espacio extra si no tienes a un profesor que colocar».

El resultado es una cuenta atrás incómoda y confusa, que no tiene nada que ver con la de otros años y que Noé, como cabeza de familia y docente, padece: «Lo vivimos con mucha preocupación y una cierta angustia. Unos días estoy mejor, y otros lo llevo peor, e incluso me cuesta dormir». 

«Todos tenemos dudas pero hay que volver. Esto no se podía alargar más»

Montse (centro), empezará primero de ESO. Tiene dos hermanos más. A su lado, su padre, Enric, y su madre, Montse Caballer.  FOTO: Alba Mariné

«No sería bueno que esto se alargara más. Ha pasado mucho tiempo. En marzo nos cogió con el paso cambiado, luego sí que hubo una recuperación, un aprendizaje de los nuevos métodos, y se hizo todo lo posible por seguir con la enseñanza, pero el ritmo no era el mismo. Nunca lo fue. Ni el ritmo ni los hábitos ni las rutinas. Ha sido un paréntesis largo en la formación y por eso conviene regresar ya», indica Enric Cardús, padre de tres menores que vuelven a las aulas y en algunos casos arrancando etapa: Enric tiene 13 años y comienza tercero de ESO en el Domènech i Montaner de Reus; Montse, de 11, iniciará primero de ESO en el mismo instituto de la capital del Baix Camp, mientras que el pequeño Marc, de solo siete, se dispone a cursar tercero de Primaria en la Escola Montsant.

El material ya está en casa, listo para el pistoletazo de salida de mañana, lleno de incertidumbre pero también de voluntad y deseo de retomar las costumbres. «Siempre cuesta volver, porque todo esto ha sido una ruptura fuerte, no solo con el colegio, sino con las relaciones. Todo se ha limitado muchísimo», explica Enric. Ante la preocupación imperante, toca una buena dosis de sentido común y cautela, pero sin temores más allá de los lógicos. «A mis hijos casi que les asusta más que llegue el momento de tener que hacerse la prueba, la PCR, por cómo es, que el hecho en sí mismo de coger la enfermedad», explica Enric. 

No queda otra, pues, que amoldarse con cintura y empatía a la situación en el aula, como se ha hecho en el espacio social, y teniendo en cuenta que tocará seguir siendo estrictos en las medidas de prevención. «Nos preocupan los contagios, no tanto por ellos, porque son jóvenes y no están dentro de colectivos de riesgo, pero sí a nivel familiar. Hemos pasado estos meses con pocos contactos, porque los abuelos están en el entorno y pasan de los 80 años.

A partir de ahora, restringiremos aún más, porque van a tener más contacto en el colegio y eso será un riesgo», cuenta Enric, que confía en los protocolos establecidos y asume que no hay más alternativa que volver a confiar en el colegio: «Tengo la convicción de que los profesionales que están en el centro van a hacerlo lo mejor posible. Evidentemente, habrá contagios, eso es seguro, habrá que ver si son más masivos o menos, pero lo importante es que las situaciones se aborden bien y se puedan controlar. A día de hoy todos tenemos interrogantes, pero sabemos que hay que volver». 

«Somos conscientes del riesgo, pero hay que convivir con el virus»

La familia Ricou Boza, con el material escolar.  FOTO: Fabián Acidres

En este hogar de Reus hay alumnos de todas las etapas. Aina Ricou, de 18 años, comenzará segundo de Ingeniería Industrial y Análisis Económico, en la UPC y la Pompeu Fabra, en Barcelona. Aleix, de 16, cursa primero de Bachillerato Internacional en el Institut Gabriel Ferrater de Reus. Àstrid empezará primero de ESO en la escuela Maria Cortina. La madre, Elisa Boza, junto al padre, Kilian Ricou, apelan a la concienciación colectiva en el domicilio y a la de cada uno de ellos: «Personalmente, soy consciente de los riesgos que corremos y sé que aparecerán positivos, pero decidí que durante un tiempo teníamos que convivir con el virus, con todas las prevenciones y las medidas que podamos aplicar». 

Elisa lo tiene claro: hay que volver como sea, sin recelos ni temores, aunque con la máxima seguridad posible: «Confío en el profesorado, que está haciendo todo lo que está en su mano para salir adelante. Han sido seis meses sin ir a clase y tienen necesidad de volver, el colegio es esencial». A pesar de todo, «a finales del curso pasado el sistema ‘on line’ funcionó bastante bien y no tienen esa sensación de haberse perdido nada». En casa de los Ricou Boza ya saben, de hecho, lo que es volver al cole en esta pandemia, antes de que lo haga mañana la inmensa mayoría de estudiantes. Aleix, en una avanzadilla, ha comenzado el bachillerato internacional.

«Son 19 en clase y se está cumpliendo la ratio. De momento no ha habido ninguna incidencia. Se siguen todas las medidas, como el gel, la distancia, la temperatura antes de entrar. Todos tenemos incertidumbres pero de momento no hay ninguna sensación de miedo», explica Elisa Boza. Ese estado latente de alerta es algo más evidente cuando hay un cambio de etapa educativa, pero existe confianza plena en que los nuevos formatos mixtos presencial y telemático surtan efecto y permitan cursar los estudios con relativa normalidad. 

La experiencia de Aleix en este regreso está siendo positiva. Ahora los ojos están puestos sobre todo en Àstrid. «Es más pequeña y estamos más pendientes de cómo empiezan las clases, porque, en su caso, la ruptura del curso pasado, cuando se suspendieron las clases a mediados de marzo, fue mayor, y además, comienza etapa en la ESO», dice Elisa. 

Estos meses de fases de desescalada y nueva normalidad han servido para que esta familia se sensibilice por completo. La responsabilidad no solo recae en los profesores, sino en ellos mismos. «Todos sabemos a lo que nos exponemos y por eso vamos con mucho cuidado. Tenemos abuelos en el entorno, que son perfiles de riesgo, y aplicamos medidas de prevención. Hace tiempo que, por desgracia, los nietos no se dan besos ni abrazos con ellos. Antes iban a casa de los abuelos a comer una vez a la semana y ahora no. Cuando empiecen las clases aún seremos más estrictos», explica Elisa Boza. 

La familia ha repasado estos días los últimos protocolos transmitidos por universidades, institutos y colegios, desde la declaración responsable, los síntomas ante los que alertarse o los protocolos que se seguirán en caso de que se dé algún positivo en un grupo. 

«Nos preocupa la conciliación y cómo proteger a los abuelos»

Lian, con sus padres y su hermano Marcel, está preparado para  empezar el curso escolar mañana.  FOTO: FOTO: Alba Mariné

Por si la ceremonia de estrenar la vida escolar no fuera lo suficiente trascendente, este hogar asume, como el resto, el desafío de hacerlo en plena pandemia. Lian tiene dos años y diez meses, comenzará P-3 en la Escola Els Ganxets de Reus y podrá decir toda su vida, incluso con alguna dosis de épica, que en su primer día de cole había un virus que tenía asolado a todo el planeta.

«Nos gustaría que comenzara esta etapa de la forma más normal posible, pero sabemos que la situación es muy incierta», explica Estela Mariné, que se adapta a un periodo doblemente desconocido: «Cuando ves todas las noticias que van saliendo te genera mucha inquietud y acabas teniendo una gran incertidumbre sobre qué pasará si alguno de los niños da positivo, si habrá medidas de conciliación... Es algo bastante complejo y que aún no está claro». 

Estela da un «voto de confianza» al centro y a los profesores y a todas las medidas que se implantarán, aunque sabe que, a esas edades, la prevención es más complicada. «En criaturas tan pequeñas el contacto va a ser inevitable, pero tenemos que seguir con la vida y adaptarnos a esta forma de vivir. En el colegio ya nos han informado de los protocolos, de los accesos escalonados y de que se intentará que no haya aglomeración», cuenta ella. 

El pequeño Lian, a pesar de su corta edad, ya se va empapando de los mensajes de cautela y de una cotidianeidad en la que el virus está siempre presente y va a estarlo al menos durante sus primeros meses de escolarización. «Él, dentro de las limitaciones de tener solo dos años, entiende muchas cosas que le vamos diciendo. Sabe que hay un virus, que las personas se ponen enfermas, que hay que lavarse las manos muchas veces, que no se puede llevar cosas a la boca...

No comprende toda la dimensión de lo que sucede, pero sí se entera de los hábitos y de las costumbres que tiene que llevar. Se lo vamos repitiendo e insistimos mucho. Pero claro, sabemos que el riesgo cero no existe», cuenta Estela, también madre de Marcel, el pequeño, que tiene diez meses y va a la guardería Verdaguer, en Reus, otro lugar que ha implantado restricciones para intentar reducir la propagación del virus, como el cambio de zapatos o de ropa. 

Los más vulnerables

Todo es nuevo en la casa de Estela, cuya principal preocupación, además de cómo podrá conciliar en el caso de que haya positivos que obliguen al cierre, aunque sea parcial, de los centros, es no propagar el virus entre los familiares más vulnerables. «Si nos tienen que confinar, muchas familias tienen que tirar de abuelos. Gestionar eso es algo difícil. Que ellos no se contagien es la principal preocupación. Por eso estoy mirando en el trabajo cómo puedo hacerlo por si hay que estar en cuarentena. Sabemos que en los niños la enfermedad suele ser leve pero en la gente mayor sí que puede tener consecuencias graves. Tenemos que protegerles mucho», cuenta Estela, que estará obligada a endurecer, si cabe, las condiciones de los encuentros con los mayores mientras dure el curso. «Somos rigurosos. Mis hijos se ven con los abuelos pero a distancia, sin ningún contacto físico, y tenemos que seguir así durante un tiempo», admitiendo esa nueva realidad a solo un día de que Lian empiece su andadura en el cole, un hito inevitablemente marcado por la Covid-19. 

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