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La vuelta al ruedo con visto bueno

La cubierta retráctil, la capilla o las gradas llamaron la atención del monarca en su visita a la TAP, una de las sedes de los Juegos. \'¿Le ha gustado?\', le preguntaron. \'Sí, mucho\', contestó
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La locuacidad de Josep Poblet, presidente de la Diputació de Tarragona, se tradujo en un cursillo acelerado para el Rey, su majestad Felipe VI, sobre cómo es la nueva y remozada Tarraco Arena Plaça (TAP) y qué prestaciones puede ofrecer. Poblet, junto con el alcalde de Tarragona, Josep Fèlix Ballesteros, fueron los principales encargados de glosarle al monarca todos los detalles del flamante recinto que será un lugar clave en los Juegos.

La visita, realizada a continuación del acto en el Teatre Tarragona y del encuentro con directivos de empresas, resultó breve, de apenas 20 minutos, pero completa, condensada y exigente: la majestuosidad del lugar obligaba a alzar las cabezas en busca de las gradas y las galerías superiores y, sobre todo, de una referencia fundamental y que es casi la joya de la corona: la cubierta.

Poblet, enfático y gestual, le habló del diámetro de la estructura, de cuánto tardaba en abrir y cerrarse, del aforo y de cómo el nuevo diseño se ha encargado de respetar lo máximo posible la parte vieja de la antigua plaza de toros, algo que resultó de especial agrado para Felipe VI. En cualquier caso, ayer había que lucir ‘pisito’ con orgullo y el Rey se enteró de que la TAP tenía casi 5.000 asientos fijos, una capacidad para 10.800 personas, una altura máxima de 32 metros y una cúpula retráctil de 40 metros, entre otras características técnicas.

 

Visita relámpago

Desde lo más alto de las gradas, Poblet, Ballesteros, el Rey y el resto de comitiva por la cita olímpica hacían con las manos gestos de amplitud o señalaban cualquier detalle en la lejanía. El presidente del COE, Alejandro Blanco, el presidente de los Juegos Mediterráneos, Amar Addadi, o el Ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, fueron otras de las autoridades que visitaron la instalación, casi a modo de tour turístico y a velocidad relámpago.

Desde la grada superior, los visitantes dieron media vuelta al ruedo para admirar el esplendor de la plaza y, cómo no, para ver una demostración: mientras sonaba música la cubierta se abrió y permitió entrar la luz del sol de invierno, dejando el espacio en un ambiente un poco chill out, de querencia casi zen.

La clase en movimiento fue también histórica: Poblet y Ballesteros le desglosaron los principales cambios padecidos por la plaza hasta hoy, así como todos los eventos que ha acogido desde que se construyera en 1833: desde corridas de toros, en su momento, a competiciones deportivas pasando, claro está, por el Concurs de Castells, una cita bien remarcada y multitudinaria. Felipe VI, siempre sonriente, interesado y afable, alabó la ubicación, tildó la plaza de espectacular y valoró muy positivamente la flexibilidad para ser sede de acontecimientos de muy distinta índole.

Todo el séquito bajó a la arena y la cruzó de lado a lado, de una puerta a otra, antes de visitar también la capilla y de saludar tanto a los arquitectos de la Diputació responsables de la reforma como a los propios trabajadores de la TAP. No hubo dato ni curiosidad que se le escapara. A Felipe VI le llamó la atención el tono multicolor de los asientos. «Eso es para que dé la impresión de que las gradas están llenas, ¿no?», preguntó él retóricamente y entre bromas, en un ambiente que fue siempre distendido.

La prensa, numerosísima –sobre todo la gráfica–, le inquirió al Rey en su despedida: «¿Le ha gustado?». «Sí, mucho», respondió él breve, alzando el pulgar a modo de aprobación para el recinto que, a día de hoy, será la sede de la gimnasia rítmica y la artística y que en el marco de la promoción de 2017 ya ha acogido acontecimientos de relumbrón como la final de la Supercopa de España de balonmano.

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