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Las Llars d’Infants públicas de TGN recuperan la demanda de plazas previa a la pandemia

Después de que el curso pasado muchas familias decidieran no escolarizar a sus hijos
de 0 a 3 años, este año los centros municipales se encuentran al 95% de su capacidad

NORIAŃ MUÑOZ

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Reunión al aire libre entre madre y educadora en El Ninot. Foto: Alfredo González

Reunión al aire libre entre madre y educadora en El Ninot. Foto: Alfredo González

Pese a que todavía no han abierto al público (lo harán el lunes 13, al mismo tiempo que escuelas e institutos), estos días la actividad en las nueve Llars d’ Infants municipales es incesante. En el Ninot, por ejemplo, estos días los padres llegan con sus hijos uno por uno, de forma escalonada, a la entrevista personal en la que entregan el material e intercambian impresiones con las educadoras. Lo curioso es que la escena tiene lugar fuera de la llar.

«Es una de las cosas que nos deja la pandemia, que hemos descubierto que podemos hacer más cosas en el patio», explica su directora, Anna Chiveli, quien reconoce que se las han tenido que ingeniar para adaptarse a las normas Covid sin perder el contacto con las familias. El curso pasado, por ejemplo, tuvieron que dedicar tiempo para reducir la brecha digital y explicar a los padres que no sabían cómo conectarse a una videollamada.

Eso sí, este curso que comienza, a diferencia de lo que sucedió el pasado, los padres sí que podrán entrar a la clase de sus hijos para hacer la adaptación el primer día de clases.

Recuperar la confianza

Es una de las señales de que regresa cierta normalidad, algo que también se ha visto reflejado en la demanda de plazas. Si el curso pasado en las guarderías municipales se presentaron 281 solicitudes para las 427 plazas que se ofertaban, este curso hubo 448 solicitudes para 408 plazas.

Las cifras, de todas maneras, siguen en evolución, porque estos primeros días siguen llegando peticiones, como explica Anna Vendrell, coordinadora de Llars d’infants municipals, Institut Municipal d’Educació de Tarragona, IMET, quien señala que las llars municipales se encuentran ahora en torno al 95% de su capacidad. En algunas, de hecho, las plazas ya están completas.

Es una señal, opina, de que las familias han recuperado la confianza después de un año complicado en que muchas no se atrevieron a llevar a sus hijos a la Llar d’infants. «Los protocolos nos dieron mucho trabajo, pero funcionaron muy bien y al final la incidencia de casos que tuvimos fue muy baja».

Con todo, el curso pasado por primera vez organizaron ‘tastets’ para que los niños que no llegaron a ir a la llar d’infants debido a circunstancias sanitarias o por problemas económicos, tuvieran una experiencia de socialización antes de comenzar P3 en la escuela.

En este sentido, recuerda que en las llars públicas hay cuotas sociales y ayudas comedor. De hecho, este curso han notado un aumento claro en las solicitudes de becas.

Mucho más que conciliación

Vendrell, quien se jubila próximamente, explica que habrá que ir hacia la conciencia colectiva de que las llars trabajan en una etapa educativa crucial y no son solo un sitio al que van los niños cuando trabajan los padres.

Por lo pronto, la adaptación a los retos de la Covid no ha terminado. Las familias han aceptado muy bien medidas complicadas como no poder entrar a las clases. Los niños, por su parte, desde muy pequeños han interiorizado las normas, «ponen la mano cuando ven el gel hidroalcohólico y algunos hasta vienen con mascarillas, aunque no les corresponde, porque ven a los hermanos», relata Chiveli.

En cuanto a la proximidad física, hay menos problemas de los que cabía pensar al principio, porque se decidió que no tenían obligación de mantener la distancia de seguridad.

Pero también quedan cosas por resolver, como la influencia que tiene en el desarrollo del lenguaje el hecho de que las educadoras tengan que llevar siempre mascarilla.

También han tenido que hacer un esfuerzo por atender la parte emocional de los pequeños. Después del confinamiento encontraron, por ejemplo, que algunos niños no querían salir de casa y cuando volvieron a la llar, les costó más trabajar el apego de los padres.

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