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Las personas tras la procesión

El Sant Enterrament de Tarragona fue todo un éxito, con casi 30.000 personas presentes ante las doce cofrarías

Esther Garrido

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FOTO : PERE FERRÉ

FOTO : PERE FERRÉ

Entre 28.000 y 30.000 personas de todas las edades, según fuentes de la Guàrdia Urbana, se unieron ayer en la Processó del Sant Enterrament, donde cofrades que llevaban su pasión con orgullo, desfilaban con solemnidad y religiosidad.

El público guardaba silencio durante la mayoría del acto, menos cuando iban pasando las horas, las cuales aumentaban el murmullo a medida que iba marchando la gente hacia sus casas.

Los niños eran los que más aguantaban la procesión, la que más ganas tenían de verla y más insistieron a sus padres para postergar la noche.

¿Pero qué hay detrás de tan ceremonioso espectáculo? Hay personas que por tradición o por ferviente fe acuden cada año a participar en una de la las cofradías. Es el por ejemplo de Raquel Subirán, quien cada año toca la corneta para el Cristo del Buen Amor, junto a su madre armada con el tambor.

Raquel se inició en esto «por tradición familiar», ya que su madre desde Andalucía ya salía de procesión.

La procesión desde dentro

También son del Cristo del Buen Amor Francisco Núñez, quien participa por devoción. Núñez explica que es de la cofradía desde hace 12 años, y que participa por fe y devoción, como fiel creyente. Según él, «siempre has de creer, sino no lo haces». Asegura que se viven «muchas emociones», aunque son «bastante anónimos», pero «a la ciudad le gusta verlo».

De la Confraria del Descendiment de la Creu, una familia de abuela, madre y nietas se unen para salir en la procesión. La más pequeña, Laia, de sólo 7 años, dice que verlo «es muy aburrido» y que participar «es mucho mejor y más divertido». Desde la Hermandad del Ecce Homo, César, afirma que sale en procesión «para acompañar a nuestro Señor», y que pasa todo el tiempo «rezando y pensando». Por ello, para él, es un momento «muy exclusivo», pero le gusta «poderlo compartir con la ciudad».

De la Congregación de la Puríssima Sang, Jordi Salvador asegura que lleva unos 35 años llevando La Soledat, a la cual le prometió llevar si conseguía trabajo. Y su promesa se cumplió.

Son muchos los que hablaban de promesas, pero la mayoría comentaban que «eso se lleva por dentro», como Antonia, del Ecce Homo, quien acude por una promesa que hizo hace ya 20 años.

Mónica y Carla, arrengladoras de la Congregació de la Mare de Déu de la Soledat, comenzaron también por tradición familiar, ya que aseguran que «en cuanto naces ya te inscriben en la Soledat o en la Sang» y que han participado «toda la vida», «desde pequeñas».

Al principio, el murmullo no cesaba hasta que los romanos les rozaban, tocando su cuerpo y robando parte de su alma.Pero a medida que los cofrades y los pasos iban avanzando, el público enmudecía, aguantando con postura erguida todo el recorrido. Algunos penitentes iban descalzos o portando dolorosas cruces a hombros, siendo observados por la multitud con admiración. Velas encendidas y tambores que mantenían a todos con el corazón en un puño, los fueron manteniendo poco a poco en un silencio sepulcral, vibrando el cuerpo al ritmo de los fuertes golpes.

Pasos a hombros

A pesar de la molestia de las capuchas y la dificultad para ver, la mayoría de los pasos iban encapuchados y a hombros, dando aún más rotundidad al acontecimiento.

Mientras pasaba a hombros el Cristo del Buen Amor, una pequeña niña jugueteaba con los flecos del estandarte, mientras su portadora escondía su rostro tras él. Sólo la cofradía importaba.

Al paso del Jesús de la Pasión, encabezado por unos infantes de inmaculado blanco, estos trataban de contener la emoción y no saludar a sus familiares, guardando la compostura.

Una noche larga

El público cansado esperó a ver al menos el paso de La Soledat, adornada con virginales lirios y llevado a hombros. A pesar de la desbandada en las calles cercanas a la Plaça del Rei, la mayoría de las personas aguantaron hasta el final, a pesar de que se iba rompiendo el silencio poco a poco y el carrer de la Portella se vaciaba de la gente que al principio se apelotonaba en él.

A pesar de ir desapareciendo el público, los cofrades conservaban su majestuosidad, donde al final solo un perro rompía el susurro de la gente que se preguntaba por el siguiente paso y hablaba de la belleza de cada uno.

Los cofrares no faltaron ni a su orgullo ni a su compromiso con la ciudad este año, como tampoco es su intención dejar de hacerlo en los siguientes. Ni frío, ni viento, ni gente; devoción.

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