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«Los gitanos de aquí son tan catalanes como el que más»

40 historias de vida. Cinta Bellmunt recoge en un libro los testimonios de gitanas y gitanos de distintas edades para conformar un retrato cercano y humano de un colectivo en plena transformación

NORIÁN MUÑOZ

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Cinta Bellmunt con su libro, basado en el documental de Xavier Gaja y Sicus Carbonell. FOTO: PERE FERRÉ

Cinta Bellmunt con su libro, basado en el documental de Xavier Gaja y Sicus Carbonell. FOTO: PERE FERRÉ

Cinta Bellmunt es periodista, máster en arqueología del cuaternario y divulgadora científica, y tiene a sus espaldas una decena de libros de temática tan variada como sus inquietudes. Este jueves presentó «Gitanes i gitanos catalans» (Editorial Gregal); cuarenta historias de vida que cuentan el devenir de los miembros de una etnia que llegó a Catalunya en el siglo XV.

El libro parte del recorrido que realizaron Xavier Gaja y Sicus Carbonell por toda Catalunya buscando testimonios de gitanos que contaran, para un documental, esa historia del colectivo que ha pasado de generación en generación de manera oral y que, si nadie plasmaba, corría el riesgo de olvidarse.

Ocho años después del estreno del documental, Bellmunt recopila y da forma a aquellas entrevistas y realiza algunas nuevas. Aparecen gitanos de Tarragona, Reus, Manresa, Lleida, Tortosa, Girona, Perpinyà y Mataró, entre otros.

Orgullosos de su cultura

Cuando se le pregunta a Bellmunt qué conclusión saca de cómo son los gitanos catalanes, señala que «son tan catalanes como el que más, están muy orgullosos de la cultura que les ha acogido... Por ejemplo, celebran por igual Navidad que Sant Jordi y se lo toman muy en serio. También han hecho sus propias versiones de los platos catalanes, como la escudella de butifarra, muy consistente».

Los testimonios cotidianos sirven igual para recoger un pasado de discriminación y «mucho buscarse la vida», que para hablar de un futuro en el que han comenzado a darse cuenta de que la formación será clave.

Recuerda que «tuvieron que pasar las mismas penurias que el resto de catalanes durante la Guerra Civil y la posguerra, con todo el sufrimiento humano que comportó, además de las penurias económicas, la dictadura de Franco y el menosprecio de la comunidad gitana, la dispersión familiar, el exilio...».

A la conquista de la universidad

Pero si algún valor tienen los testimonios, es el hecho de que evidencian que las cosas están cambiando. Teresina de Manresa, una de las entrevistadas, ya fallecida, cuenta que la situación actual «es muy diferente de la que nosotros vivimos. Ahora todo el mundo se espabila. Los gitanitos actualmente todos tienen su coche, su piso, su negocio... Y eso es muy guapo».

Uno de los temas que aparece recurrentemente en el libro es la necesidad de formación. Uno de los puntos de inflexión, reconocen, ha sido la crisis económica general y la de los mercadillos ambulantes en particular (tradicional medio de vida de muchos gitanos) que les han hecho ver la necesidad de tener estudios.

Entre los entrevistados se encuentra, por ejemplo, Manuel Gracia, graduado en Bioquímica y Biología Molecular en la URV. Relata en el libro que: «Hasta mi persona nadie de mi familia había llegado a tener estudios superiores; de hecho, sólo dos primos hermanos, de entre treinta aproximadamente que somos, habían conseguido superar la ESO. Mis padres ni siquiera acabaron la educación primaria. Pero después de que yo decidiera continuar formándome mis hermanos han imitado mis pasos: mi hermano se ha graduado en Bioquímica y Biología Molecular, también en la URV, y mi hermana ha acabado un ciclo formativo de grado superior en Administración y Finanzas. Uno de mis primos, a pesar de haber dejado el instituto sin terminar la ESO, hizo la prueba de acceso a un grado medio que ya ha superado... Hay que romper la barrera que hace ver que la escuela, el instituto o la universidad son un espacio de pérdida de identidad, que no es para los gitanos».

Otro ejemplo es Maria del Mar Carmona, estudiante de Derecho de la URV, quien también relata sobre su familia que: «Soy la única y, por tanto, la primera, que ha llegado a la universidad... Me siento súper cómoda estudiando la carrera y espero poder llegar a formar mi propio bufete de abogados; incluso en algún momento me ha pasado por la cabeza presentarme a las oposiciones de jueza... Mis abuelos y mis padres han sido los primeros en darme su apoyo».

Respecto a la desigualdad de oportunidades de las y los gitanos, Bellmunt señala que se ven cambios entre lo que cuentan las abuelas y lo que dicen las mujeres más jóvenes. Hay desde los casos de las más mayores que recuerdan que su papel era quedarse en casa a «cuidar a las criaturas» hasta otra mujer que, ya con hijos, está estudiando para sacarse la ESO, incluyendo a las más jóvenes, que tienen otra visión del mundo.

El valor del grupo y los mayores

Las historias sirven también para dejar claras otras señas de identidad de los gitanos, como el valor que dan a la familia (las comidas familiares son tan numerosas como sagradas) y los amigos. «Van muy en grupo y se dan mucho apoyo», comenta Bellmunt, a la par que cuenta, por ejemplo, cómo la comunidad se organiza cuando alguien fallece para ayudar económicamente a los familiares que no han podido ir a vender al mercado.

Se hace evidente, además, el enorme respeto que sienten por los mayores. «Cuando hay un conflicto siempre se les consulta, son referentes porque han vivido más».

Como era inevitable, también hay un capítulo dedicado a la música, «no en vano son los creadores de la rumba catalana», recuerda. Y es que son «de celebrarlo todo a lo grande», aunque también en esto hay gitanos que hacen autocrítica. «También hay quien critica que cuando hay una boda se tira la casa por la ventana y la gente se endeuda por años... Pues también hay gitanos que se juntan sin casarse y los que piensan que no merece la pena gastarse todo ese dinero porque el mundo no se acaba en un día».

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