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Los gorrones de los Juegos

Un montículo permite ver gratis las pruebas de la piscina. Allí van curiosos y algún ‘jeta’

Raúl Cosano

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Espectadores viendo de gorra las pruebas de la natación en la piscina olímpica.  FOTO: Pere Ferré

Espectadores viendo de gorra las pruebas de la natación en la piscina olímpica. FOTO: Pere Ferré

José y Antonio, jubilados, salieron a caminar por Torreforta y Campclar, como cada tarde, y acabaron viendo a Mireia Belmonte ganar la medalla de oro en los 200 mariposa.

Y sin pagar ni un euro. Ni siquiera lo tenían planeado, pero todo fue empezar a andar, cumpliendo con la prescripción del médico, y en lugar de enfilar la Cuesta del Pulpo hacia Bonavista, una de las habituales rutas de pensionistas, dejarse atraer por la agitación de gente hacia el flamante Anillo Mediterráneo.

Ellos dos se plantaron, junto a decenas de personas, en lo que se ha convertido en el balconcillo ideal para los mirones en los Juegos, una elevación de terreno que se levanta con vistas a la piscina olímpica y que permite admirar prácticamente todo lo que sucede en esos 50 metros de agua, incluida la competición y hasta la entrega de medallas. 

«Se ve bastante bien»

Como un atajo improvisado de pillos para ver las pruebas, sin acreditaciones y sin apoquinar nada. «Desde aquí se ve todo bastante bien», dice uno en esta pequeña atalaya para curiosos y ‘jetas’ que no quieren rascarse el bolsillo. «Venimos a dar a una vuelta y ver el ambiente, pero ya de paso nos quedamos mirando un poco la natación», añadía una joven durante las pruebas. «He visto nadar a Mireia Belmonte y es un espectáculo», reconocía satisfecha otra espectadora.

La mayoría son personas que no tenían previsto entrar a ver la competición pero que han decidido echar un vistazo. Hay familias enteras: desde chiquillos devorando helados a personas paseando el perro que se entretienen con ver las evoluciones de portentos de la natación como Jessica Vall o la citada Belmonte, por no hablar del recital italiano en la natación o de los primeros partidos del waterpolo en este centro acuático.

Hay quien lleva hasta el perro y se acaba quedando toda la tarde. Otros aprovechan para charlar en familia. La elevación, rodeada de césped, permite tener una perspectiva general con la que ver todo lo que sucede en el agua. 

Y, claro, a los dos días ya hay un efecto llamada. Primero se colocan dos, luego cuatro, y la tarde pasa con el desfile de personas que aprovechan esa grada natural. Algunos hasta se sientan. Muchos llevan gorra y varios incluso se ponen crema solar para soportar las altas temperaturas de la tarde en estas explanadas donde azota el calor de lo lindo. También los hay despistados. Se ponen a otear allí sin saber muy bien que allí abajo se baten el cobre campeones del mundo y olímpicos.

No es la primera vez que en Tarragona abundan los gorrones en citas deportivas, incluso de forma reincidente, casi institucionalizada. En ese sentido, es histórica la peña del Nàstic Garrofer, nombre oficioso para aquel mítico conjunto de seguidores que se arremolinaban en una colina justo detrás del Nou Estadi, en el gol de montaña, antes de que se construyera la variante.

La zona, rodeada de algarrobos, acabó bautizando a aquel grupo de hinchas que ganó fama antaño. El truco, habitual en algunos estadios de fútbol, servía para ver el partido por la cara.

Hoy en día aquella vieja trampa en Can Nàstic es más complicada, aunque también es posible ver el campo desde esas alturas. Sea como sea, ni los Juegos Mediterráneos escapan a la atávica picardía del espectador, que por no pagar se cuela en cualquier rincón. 

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