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Los jóvenes y las dependencias de tipo comportamental

Se multiplican los padres y madres que solicitan ayuda profesional, tras detectar trastornos de comportamiento por el uso compulsivo de aplicaciones y dispositivos tecnológicos

Dánel Arzamendi

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La adicción al móvil se ha extendido entre los adolescentes. Foto: Pere Ferré

La adicción al móvil se ha extendido entre los adolescentes. Foto: Pere Ferré

Según un estudio presentado hace unos meses en Washington, el 48% de los jóvenes que usa de manera compulsiva el teléfono móvil ha sufrido episodios de aislamiento, depresión o tendencias suicidas. De hecho, más de la mitad de los adolescentes se considera a sí mismo adicto a las redes sociales. Esta dependencia no es un simple efecto colateral del éxito de estas plataformas, sino un objetivo expresamente buscado por las grandes compañías del sector. Por ejemplo, Facebook o Youtube rediseñan sus algoritmos de forma dinámica para lograr unas audiencias millonarias que multipliquen sus ingresos por publicidad. No en vano, las magnitudes que manejan actualmente las grandes plataformas de la red las convierte en una mina de oro para sus accionistas, teniendo en cuenta que el uso de internet desde el año 2000 se ha disparado un 1.000%.

Según Common Sense Media, una ONG norteamericana orientada a la defensa de las familias para lograr uso tecnológico racional y seguro entre los menores, el 72% de los adolescentes sienten una necesidad patológica de contestar inmediatamente a cualquier tipo de mensaje que reciben a través de las redes sociales. Estas dinámicas afectan profundamente a la convivencia en el ámbito familiar, como demuestra un estudio donde consta que el 75% de los padres y madres estadounidenses reconoce tener discusiones recurrentes por culpa del uso abusivo de los dispositivos digitales por parte de sus hijos.

Entre las principales patologías asociadas a la dependencia tecnológica encontramos el IAD (Internet Addiction Disorder), una dolencia que sufren las personas que padecen una necesidad compulsiva de acceder a la red, una dolencia que según algunos estudios recientes afecta al 38% de la población occidental; la SNA (Social Networking Addiction), que afecta a quienes son incapaces de desconectar de las redes sociales, generando unos patrones cerebrales similares a los detectados en los drogadictos, según un estudio neurológico de la Universidad Estatal de California; la nomofobia, que nos somete a la tiranía del smartphone, provocando miedo y ansiedad ante la eventualidad de quedar sin batería o fuera de cobertura, y en los casos más graves, una imposibilidad absoluta de salir a la calle sin el teléfono móvil; o la adicción a los videojuegos, un trastorno incluido el año pasado en la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS, al ser considerado un desorden de salud mental que puede desembocar en depresión, fracaso escolar, aislamiento, insomnio, ansiedad y trastornos alimenticios.

Los expertos en este tipo de adicciones recomiendan aplicar un catálogo de recursos para contener este tipo de dependencias: construir nuevos hábitos de ocio y comunicación saludables como leer, hacer ejercicio o fomentar el trato personal; autoimponerse momentos más o menos largos de abstinencia digital, un reto para el que incluso se han creado empresas que organizan retiros de desconexión; buscar la complicidad de familiares o amigos para que el proceso de normalización tecnológica resulte menos solitario y más efectivo; y finalmente, en los casos más graves, ponerse en manos de un profesional en el tratamiento psicológico de las adicciones comportamentales.

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