María: «Mi vida se paró el día que mi expareja me violó»

«Sabía que tenía que ir a la policía, pero no sabía ni cómo», afirma. Las secuelas físicas la han dejado incapacitada. «Solo quiero que me curen, que vean que mi dolor físico es real», reclama

NORIÁN MUÑOZ

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Rosa Casas, a la izquierda, revisando la documentación médica de María. FOTO: N.M.

Rosa Casas, a la izquierda, revisando la documentación médica de María. FOTO: N.M.

Cuando llegamos María se levanta con dificultad y se funde en un abrazo con Rosa Casas, que la felicita porque hace unos días ha cumplido 36 años. La respuesta de María es: «Pensé que no llegaba». Rosa es miembro de la asociación Dhides (Mujeres y Hombres por la Igualdad y el Desarrollo) y desde hace unas semanas se encarga, como voluntaria, de documentar la historia de María, de acompañarla a los médicos, a enfrentarse a la burocracia... De escucharla.

María (nombre ficticio, aunque su historia, lamentablemente, es real) le cuenta que «estoy rabiando de dolor. Esto me está superando». Camina con muletas y apenas sale de la casa de su madre en Vila-seca, donde ha tenido que trasladarse a vivir, porque necesita ayuda para todas las actividades de la vida cotidiana. Tiene que estar acompañada en todo momento porque apenas puede dar unos pasos y la pierna izquierda se le dobla repentinamente. Son parte de las secuelas que le dejó la violación que sufrió de quien fuera su pareja.

Una «chica normal»

Pero María prefiere comenzar su historia por el principio, cuando era «una chica normal, con una vida simple pero que me hacía feliz». Había conseguido independizarse, tenía dos trabajos y estaba preparando las oposiciones para un cuerpo de seguridad. Iba al gimnasio, «el deporte es lo que más me gusta», y a la montaña. Recuerda que «estaba trabajando duro para construirme mi futuro y lo tenía bien encaminado hasta que le abrí la puerta a ese individuo».

A su agresor lo conoció de manera casual. No le gustó de entrada, pero fue tal la insistencia de él que comenzaron primero a salir como amigos y después como pareja. Relata que era «muy atento, muy respetuoso», hasta el momento en que comenzaron a tener relaciones sexuales.

Desde ese momento su conducta cambió. Él quería controlar todo lo que hacía, no le gustaba la ropa con la que iba al gimnasio, la llamaba al trabajo, se presentaba a buscarla sin avisar... «Y me entró miedo, me dije ‘esto no es normal, lo tengo que cortar’».

Y así fue, decidió romper la relación. «Siempre he sido de decir las cosas a la cara. Quedé con él en su casa porque quería regresarle unas cosas suyas que tenía en el coche... Jamás lo habría dejado por WhatsApp porque yo no soy así, pero todavía hoy me pregunto cómo no se me ocurrió quedar en una cafetería, porque así no estaría aquí». Era febrero de 2019.

Cuando ella le explicó que quería dejarlo él se transformó, le dijo que era imposible, que ella era suya; se puso muy violento. «Cerró la puerta con llave y no me dejó salir aunque se lo supliqué... Allí paso todo», recuerda. Tiene que parar un rato antes de continuar el relato.

Después de la violación, cuando por fin la dejó ir, ella se fue conduciendo a su casa. «Me fui a ducharme, a llorar; estaba bloqueada, no asimilaba que eso me hubiera pasado a mí. Sabía que tenía que decírselo a alguien pero no sabía a quién, y él me había amenazado... Sabía que tenía que ir a la policía pero no sabía ni cómo». Pasaron seis meses hasta que reunió las fuerzas para denunciarle.

Tras la violación María comenzó a defecar sangre y fue al médico. «La primera vez no dije nada de que me había forzado». Su médico le dijo que tenía desgarros y fisuras. «Me dio una pomada para las hemorroides y un calmante y me mandó para casa».

Pero desde la violación no podía sentarse (no puede todavía), y en la segunda visita al médico sí que explicó lo que había pasado. Pasó mes y medio yendo al hospital insistiendo en que no aguantaba el dolor. Finalmente la ingresaron durante 20 días y le hicieron una resonancia. Algunos médicos le dijeron que se trataba de que tenía el coxis roto, otros que tenía una deformación de nacimiento, le dieron el alta. Achacaron el dolor al estrés postraumático.

Paralelamente comenzó a recibir atención psiquiátrica. María reconoce que no podía ir a todas las visitas porque necesitaba que la llevaran, y ya no podía moverse por sí misma. Para entonces había tenido que dejar su piso en Reus, donde no tenía ascensor, e irse a vivir con unos amigos que la han ayudado mucho.

«Estuvieron nueve meses dándome largas», recuerda. Le realizaron un primer tratamiento en la clínica del dolor en el que colocaron anestesia epidural. Después de aquel tratamiento comenzó a encontrarse mal, a tener mareos, convulsiones, vómitos... «Esa vez me dijeron, una vez más, que era porque estoy muy traumatizada», recuerda. Al final se descubrió que los síntomas eran señales de que estaba perdiendo líquido cefaloraquídeo. Perdió el conocimiento y la volvieron a ingresar.

Como el tratamiento, asegura, consistía en «pincharme, tenía dos hojas de medicación», así que decidió pedir otra opinión. Así fue como se decidió a operarse, por lo privado, la primera vez en octubre de 2019. Se sintió mejor pero tuvo una complicación inesperada, se cayó; «estaba débil, había perdido 10 kilos», apunta.

A estas operaciones le han seguido otras dos en julio de 2020 y abril de 2021, todas pagando. Le extirparon el coxis, pero los dolores siguen. «Y yo ya no tengo dinero». Dice que la traumatóloga de la Seguridad Social le dijo que «si te operaron por lo privado, sigue por privado».

Ha perdido la cuenta de los médicos que ha visitado «y ya no puedo permitirme llorar, porque entonces vuelven a decir que es por el trauma y sí, claro que estoy traumatizada, pero tengo un dolor que no me deja vivir y estoy cansada de hacer de detective para saber lo que me pasa. Yo solo quiero que me curen, que vean que mi dolor físico es real».

Finalmente la han derivado a neurocirugía en el Hospital Joan XXIII pero la primera visita, aunque por la vía preferente, no será hasta febrero del año que viene, «y yo no sé si voy a aguantar».

Su otra gran preocupación es que ha anulado la vida de su madre, que ahora solo se dedica a cuidarla las 24 horas. En Servicios Sociales está volviendo a tramitar una ayuda a domicilio. Le achacan que no acudió a una de las citas que le propusieron, pero ella aclara que estaba en Galicia visitando al enésimo especialista dentro de su periplo de médicos.

A nivel laboral no ha podido volver a trabajar; una de las empresas, donde llevaba siete años, le dijo que le guardaba el puesto, pero en el ICAM le han dado la incapacidad total para el trabajo que realizaba.

En lo que respecta a la denuncia que realizó, el caso está en la Audiencia Provincial desde agosto. No sabe más. Él sigue libre.

«Me he sentido abandonada por todas las instituciones, no he podido o no se sabido hacerlo mejor... Yo solo pido auxilio, que alguien me escuche, me siento desamparada», remata.

Rosa Casas, antropóloga, educadora y trabajadora social, cuenta que ha visto historias como la de María demasiadas veces y las víctimas se encuentran perdidas en un momento de gran vulnerabilidad. «Muchas veces ni siquiera están en capacidad de entender su proceso judicial o médico... No saben lo que les pide el sistema. A veces si no acudes a una cita no interpretan que es porque no puedes moverte, sino que abandonas... No hay una red de apoyo que las acompañe en todo el proceso», reclama.

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