Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

«No he podido salir de casa desde la explosión. Voy de la cama al sofá»

Una semana después, los enfermos con sensibilidad química múltiple siguen sufriendo llagas, dolores y náuseas

Raúl Cosano

Whatsapp
Cori Artiga (derecha), una de las afectadas con sensibilidad química múltiple (SQM). «Aún notamos los efectos», explican.  Foto: Pere Ferré

Cori Artiga (derecha), una de las afectadas con sensibilidad química múltiple (SQM). «Aún notamos los efectos», explican. Foto: Pere Ferré

«No he podido salir de casa desde que fue la explosión. Lo noté desde el primer momento, y eso que mi casa está de espaldas al viento. Voy de la cama al sofá», explica María, de 50 años, diagnosticada desde 2015 de sensibilidad química múltiple (SQM), aunque padece la enfermedad desde los cinco.

Ella, como otros pacientes, vive un drama desde el accidente de Iqoxe, que ha agravado los síntomas de un cuadro médico ya de por sí complejo y crónico. «Una hora después de la explosión no me podía mover, me quedé como un palo. Voy con silla de ruedas por casa. Me salieron llagas en la piel. Y eso que la explosión me pilló en casa», cuenta esta tarraconense, que no puede estar expuesta a productos químicos y que sufre en sus carnes cualquier afectación en el aire. «Estoy así cuando hay una crisis muy bestia», dice María, y pone algunos ejemplos: «Una vez iba en un bus y el conductor echó ambientador. Estuve un mes sin salir de casa». 

En cuestión de unas pocas horas, su saludo empeoró. «Recuerdo que el lunes pasado estaba bien, dentro de lo que cabe. Mi cabeza y mi cuerpo funcionaban, pero fue la explosión y vino el bajón. Tengo la voz afectada, pasé varios días en los que no podía ni hablar», cuenta María, una de las voces de este colectivo que sufre en silencio y que en muchas ocasiones denuncia «ser invisible». En pleno debate sobre los efectos de la industria en calidad del aire, ellas perciben antes que nadie las afectaciones y con una virulencia especial. 

Vómitos, neuralgia o debilidad en general son algunos de los efectos en estos enfermos

«Estoy peor, tengo más rigidez muscular, me altera el sistema nervioso, tengo más dolor, más neblina mental, no me puedo centrar y estoy siempre alerta. He empeorado de forma muy clara», narra Cori Artiga, vecina de la calle Ibiza de Tarragona que padece sensibilidad química múltiple, además de fibromialgia, fatiga crónica o sensibilidad electromagnética. «Desde el accidente tengo más insomnio y estoy mucho más irritable. Solo he salido de casa para ir al médico», cuenta Cori, siempre a merced de la contaminación atmosférica. «Tengo energía para dos horas. No puedo hacer más», admite. María, además, va con mascarilla y sale a la calle con gafas de sol por la molestia que le provoca el sol. 

«Fui consultora en la química»
Colonia o jabón son enemigos cotidianos directos, pero también esa química con la que conviven y ahora en el ojo del huracán. «Yo fui consultora en la industria química hasta que tuve que retirarme. Ahora tengo una incapacidad permanente absoluta», cuenta Maria, armada de paciencia para afrontar un momento duro de la enfermedad. «No sé cuántos días más me va a durar esto», dice. 

Manuela Moya vive en Reus. Padece fibromialgia, tiene síndrome de fatiga crónica y síntomas de sensibilidad química múltiple. En ocasiones, los pacientes sufren varias de estas patologías, agrupadas bajo el paraguas de los llamados Síndromes de Sensibilidad Central (SSC). «Tengo picor en la garganta, sobre todo al salir a la calle. Por suerte vivo en Reus y no me afectó tan directamente», dice Manuela. Apenas hay remedios para estas enfermedades. «La medicación son componentes químicos, así que no nos sirve, no hay nada. La única manera es comer de forma ecológica, productos naturales. Soy afortunada y puedo pagármelo, pero otra gente no», cuenta María, muy crítica con la industria que tan bien conoce y en la que trabajó durante tanto tiempo: «Es necesario un control riguroso de la química monitorizado por las autoridades». 

Algunos de estos enfermos se plantean marcharse a entornos más amables. «Quiero irme a Reus o a Cambrils. En Tarragona sufro más», reconoce Cori Artiga. «Los enfermos estamos buscando zonas blancas, en las que no haya ni químicos ni campos electromagnéticos, y no encontramos», cuenta María. 

«¿A qué lugar puedo ir que no haya nada que me afecte? Es muy difícil», reconoce Maria Riera, desde Reus: «Me ha afectado, a pesar de que mi casa está muy sellada y tengo purificador de aire». Maria relata su padecimiento: «Me provocó afectación neurológica, además de debilidad general y mucho dolor de cabeza, que aún tengo. Me pasé tres o cuatro días vomitando». 

Temas

Comentarios

Lea También