«No se puede comprar ni una botella de agua ni un bocata en la estación del Camp»

La cafetería está cerrada desde el confinamiento y no hay máquinas expendedoras de comida y bebida. Los trenes tampoco ofrecen este servicio por la Covid-19

23 septiembre 2020 19:00 | Actualizado a 24 septiembre 2020 05:29
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La estación del Camp de Tarragona es como un oasis en medio del desierto, pero sin agua para echar un trago. La única cafetería que había, de la franquicia Pans & Company, cerró en marzo por el confinamiento y ya lleva seis meses con la persiana bajada. Tampoco hay máquinas de vending para tomarse un café o comerse un sándwich frío. No hay oferta de restauración... ni prácticamente nada. Aquello es un erial. A lo que se le suma que, como protocolo antiCovid, los trenes tampoco disponen de servicio de cafetería, así que más vale no ir en ayunas.

«Situación: estación del AVE de Tarragona, que, para el que no lo sepa, está en medio de la nada. Cerrada la sala club y cafeterías por Covid. No hay máquinas expendedoras. En los trenes ya no hay servicio de catering ni vagón comedor. No hay comida», critica una usuaria a través de las redes sociales. «No he desayunado porque he madrugado un montón y no estaba abierto el desayuno del hotel. Llego a casa a las 18.00 horas a arrasar la nevera», añade.

El ente público Adif, gestor de las instalaciones, asegura que está negociando la reapertura de la cafetería con la empresa concesionaria (Lagardère Travel Retail). Y esta afirma que no sabe aún cuándo volverá a abrir: «Irá en función de la recuperación de pasajeros/clientes en la estación y de las renegociaciones con el propietario (Adif) según las circunstancias actuales».

Las quejas por no poder pillar ni una bolsa de patatas fritas son frecuentes. En verano, muchos turistas ‘alucinaban’. «¿Cómo es posible que no exista la posibilidad de comprar una botella de agua? Hace cuarenta grados y no voy a poder beber hasta que llegue a mi destino. Parece tercermundista», lamentaba un usuario.

«La estación está a 16 kilómetros de Tarragona, sin parking gratuito y ahora sin cafetería. Gracias, así tenemos tiempo para reflexionar durante la espera», ironiza otra viajera.

Con niños pequeños el riesgo de ir a la aventura, sin nada, es más correoso todavía. «Alguna vez compraba en la estación algo para picar durante el viaje para no ir muy cargado desde casa, ya que con las cosas del niño vamos siempre a tope, pero ahora ya no nos queda otra que salir bien surtidos», afirma un hombre que se desplaza asiduamente a Madrid con su hijo de dos años.

A los que les ha salido trabajo ‘extra’ es a los taxistas apostados allí, a los que les toca llevar a clientes a La Secuita o Perafort para que puedan conseguir provisiones. «Solemos hacer dos o tres viajes de este tipo al día. Nos piden que les llevemos a al sitio más cercano para poder comprar comida y les acercamos a los casales del pueblo o a algún supermercado. Esperamos a que compren y les llevamos otra vez a la estación. No pueden ir andando porque no hay nada en tres kilómetros a la redonda. Es muy fuerte», señala un taxista.

«Hace un momento, un compañero ha llevado a un cliente a Perafort a por un bocata», apunta otro. No obstante, esto no es «ninguna bicoca para nosotros, ya que son carreras cortas después de pasarnos horas esperando a que lleguen pasajeros de los trenes». Y este año, con la pandemia, cada vez llegan menos.

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