«¿Qué sentido tiene prohibir el móvil en clase?»

Mercè Gisbert es experta en tecnologías aplicadas a la educación y desgrana en una conversación lo que falló en el confinamiento y las lecciones que no hemos aprendido

NORIÁN MUÑOZ

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Mercè Gisbert en la Facultat d’Educació i Psicología. Apasionada de la tecnología, el ordenador Mac de la foto era suyo. FOTO: PERE FERRÉ

Mercè Gisbert en la Facultat d’Educació i Psicología. Apasionada de la tecnología, el ordenador Mac de la foto era suyo. FOTO: PERE FERRÉ

«Durante el confinamiento hemos estado muy de moda, nunca había interesado tanto lo que hacemos», reconoce la catedrática Mercè Gisbert (La Sènia, 1964) quien recuerda que al principio de la pandemia casi dedicaba más tiempo a los medios que a su trabajo.

Y no es de extrañar, el confinamiento nos metió a todos en casa y había docentes y alumnos de todas las edades y condiciones tratando de reproducir a distancia, con más o menos suerte, algo parecido a las clases de cada día.

Gisbert es doctora en Ciencias de la Educación y coordinadora del grupo de investigación ARGET: Applied Research Group in Education and Technology (Investigación Aplicada en Educación y Tecnología) de la URV. Se trata de un equipo de investigación multidisciplinar en el que casi la mitad son educadores y pedagogos, pero donde también hay investigadores del ámbito de la física, la química, la biología y la informática.

Pero justo ahora que por fin la presencialidad ha vuelto a casi todos los niveles educativos, hay la tentación de olvidar lo complicado que nos resultó todo aquello y, sobre todo, cómo dejó en evidencia todas las debilidades que tienen la ciudadanía en general y el sistema educativo en particular a la hora de usar la tecnología. Hablamos con Gisbert para analizar lo que nos pasó pero, sobre todo, para pensar en lo que viene.

Herramientas, ¿para qué?

«Uno de los grandes puntos débiles de la pandemia y la pospandemia es que no hemos incidido suficiente en mejorar la competencia digital de los profesores. Nos hemos orientado mucho, como siempre, a las herramientas: vamos a utilizar Moodle, vamos a utilizar Teams... Y poco a lo realmente relevante, que es cómo yo, como profesor, planifico e incorporo la tecnología», explica.

El proceso natural, dice, es hacerse la pregunta: ‘¿Qué quiero yo que aprendan mis estudiantes?’ y a partir de allí ver cuáles son las mejores herramientas. «Pero lo que estamos haciendo es el proceso inverso, tengo estas herramientas y veo cómo encajarlas».

Y pone el ejemplo de la universidad, donde «nos hemos ocupado mucho de tener ordenadores, de tener cámaras para las clases, tener pantallas... ¿Para hacer qué? De ninguna manera puedes sustituir una clase de dos horas por dos horas de videoconferencia. ¡Eso es mortal!», exclama.

Reconoce que hay cosas de la presencialidad que son insustituibles. «La comunicación no verbal en la distancia la pierdes. Esa posibilidad de verte a los ojos y saber si me estás entendiendo o no, si estás de acuerdo...».

Pero, paradójicamente, también asegura que la tecnología ayuda a tener proximidad con el alumno aunque parezca lo contrario. «Realmente con los estudiantes no presenciales tú tienes una relación uno a uno, algo que a veces no llegas a tener con los estudiantes que tienes presencialmente en la universidad», señala.

De todos los sistemas, está convencida de que los más eficientes son los híbridos. «Hay cosas que es más eficiente hacerlas presencialmente y otras que, si las haces a distancia, facilitas mucho la vida, como por ejemplo en la formación de postrado. Por algo ahora mismo las universidades a distancia con base tecnológica son las que tienen más alumnos con diferencia».

Cree que la pandemia nos deja cierta ‘alfabetización’ digital, pero se nos está olvidando mucho de lo que descubrimos en materia de tecnología; también en la universidad. «La propia institución no tiene una estrategia para que esto se incorpore de facto. Es una lástima, después del esfuerzo que ha hecho todo el mundo para utilizar la tecnología de forma cotidiana».

Su postura le ha ganado más de una discusión con colegas. Dice que, en general, los profesores de primaria y secundaria estaban más acostumbrados a usar recursos tecnológicos, «pero en la universidad mucha gente se había permitido no utilizar la tecnología para nada».

Sin obligación de formarse

Así pues, vista la situación, la pregunta es: ¿están preparados maestros y profesores para utilizar la tecnología en la enseñanza?¿Y los que están estudiando para serlo?

La respuesta es que ahora mismo no hay nada que obligue a los docentes a demostrar que tienen competencias digitales. «Hoy un profesor puede decidir que la tecnología no va con él y no pasa nada».

En lo que se refiere a la formación de los futuros maestros, la situación es desigual en función de la universidad. En el caso de la URV, los alumnos de grado incorporan la competencia digital como parte de una asignatura.

La clave: acreditar al maestro

Pero lo que sí tienen claro desde hace años Gisbert y el grupo que coordina es que es necesario contar con una forma de acreditar que los docentes tienen la formación que necesitan para hacer su trabajo, algo a lo que no están obligados actualmente. Se había anunciado que el Departament d’Educación exigiría alguna acreditación en este sentido a la hora de contratar profesores a partir de 2025, pero «cuando cambia un gobierno y cambian las personas cambian los criterios y ahora habrá que ver qué tipo de acreditación se necesitará y si se necesitará». También habrá diferencias en función de si lo que se exige es una acreditación; algo que hay que tener sí o sí para trabajar, o si se tratará de un mérito; algo que suma puntos pero que no es indispensable.

Por lo pronto han desarrollado un sistema de evaluación en dos partes para el cual han conseguido poner de acuerdo a todas las universidades catalanas. Una primera parte se basa en la autopercepción que tienen los futuros maestros de su competencia digital y una segunda evaluación, con casos, para medir su capacitación real. lo que realmente saben.

La buena noticia es que los alumnos que se capacitan dentro de aquella asignatura tendrían los conocimientos suficientes para conseguir la acreditación. Los resultados, no obstante, dejan otras evidencias curiosas, como que, en general, los estudiantes autoperciben mejor su nivel de lo que es la realidad. En el caso de las estudiantes mujeres, no obstante, se da la circunstancia de que «se autoperciben peor y luego saben tanto o más que ellos».

Nativos digitales

Del otro lado, del de los alumnos, la pandemia también dejó en evidencia que la generación actual de niños, adolescentes y jóvenes, pese a estar expuesta a la tecnología casi desde su nacimiento, tampoco estaba preparada para lo que vino. «Tenías alumnos que se pasan horas en redes sociales y en videollamadas, pero que luego no eran capaces de conectar la cámara o el micrófono».

Son los mismos que prefieren la presencialidad en parte porque estudiar a distancia requiere un esfuerzo adicional. «Están alfabetizados pero no son competentes. Prefieren venir a clase y que les dictes apuntes porque trabajar en un mundo digital supone autogestionar tu proceso formativo».

Cree que cometemos un error al pensar que el alumno solo aprende en el centro educativo cuando en realidad vive conectado. «Soy absolutamente contraria a los titulares que dicen que las pantallas son lo peor que nos pudo pasar. ¿Por qué?», se pregunta.

Cuando le consultamos si es partidaria de dejar el móvil en clase, dice que «sí, siempre. ¿Qué sentido tiene prohibirlo si cuando salen los primero que hacen es engancharse?». Y no es que no haya peligros, pero de lo que se trata es de «enseñar a gestionar el uso de las pantallas y a que sean críticos», asegura.

La brecha es cognitiva, no digital

Pero, claro está, la digitalización no afectó solo a la escuela sino a la sociedad en general. Y, si no, que se lo digan a todas las personas que de repente solo pudieron relacionarse a distancia con su médico, su banco o con cualquier administración. En este sentido, opina que el trabajo es ingente y las administraciones, una vez más, se equivocan en el enfoque, no se trata solo de contar con la tecnología sino de saber utilizarla para lo que necesitamos. «Las políticas públicas siguen instaladas en la brecha digital, cuando realmente lo crítico es la brecha cognitiva». Cree que hay que preguntarse si lo que tocaba era comprar ordenadores para los alumnos de instituto «que dentro de tres años estarán obsoletos».

Apunta que hay países del este y del norte de Europa que hace años que tienen una estrategia gubernamental para conseguir que la ciudadanía sea competente digitalmente, «pero aquí nadie se lo ha planteado». El equipo de investigación al que pertenece también ha desarrollado un proyecto para la Diputació de Tarragona. La fórmula, para Terres de l’Ebre, se centra en microformaciones y en que los ciudadanos conozcan los espacios de acceso a la tecnología que hay en su entorno.

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