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Tarraconenses en Smara: Educación y denuncia en el Sáhara

Una Finestra al Món nació en 2008 en Tarragona para 'realizar intercambios culturales y así dar a conocer la realidad de los pueblos saharauis'. Así lo expresa Núria Bota, una de las creadoras

Carlos Domènech Goñi

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Miembros del proyecto realizan un taller en una de las aulas donde estudian los saharauis. Foto: Albert Rué

Miembros del proyecto realizan un taller en una de las aulas donde estudian los saharauis. Foto: Albert Rué

Un intercambio cultural y un instrumento para conocer el conflicto Saharaui. Por estos motivos nació el año 2008 el proyecto Una Finestra al Món. Desde el colegio Cèsar August de Tarragona, un grupo de profesores emprendió esta aventura para «dar a conocer a los alumnos la realidad de los pueblos saharauis». Así lo expresa Núria Bota, maestra, y una de las primeras en empezar el proyecto.

Como cada año desde su creación, las personas implicadas en Una Finestra al Món viajaron durante las vacaciones navideñas a Smara. «Éramos un grupo de treinta tarraconenses. Es la primera vez que se movilizaba tanta gente», cuenta Manel Torres. Él, como tantos otros, se unió a esta aventura años después de su creación, motivo por el cual «el proyecto ha crecido muchísimo», asegura Bota.

Durante meses, el lugar de trabajo fue Tarragona. Aquí, los profesores de los distintos centros que se han ido uniendo al proyecto, prepararon con los alumnos talleres de todo tipo: creación de instrumentos musicales, redacción de historias cooperativas, pintura creativa... Todos estos talleres se realizaron posteriormente en los campos de refugiados, puesto que «mantenemos contacto permanente con los profesores de allí y así nos organizamos», explica Bota.

«Una vez allí nos dividíamos por grupos», relata Manel. Cada día visitaban una escuela distinta. Los tarraconenses se encontraron los centros abiertos con decenas de niños y niñas esperándoles. «Es muy gratificante ver que te abren los centros durante las vacaciones y que los alumnos te esperan con ganas e ilusión», cuenta Torres.

Los alumnos saharauis recibieron los instrumentos musicales creados por los alumnos tarraconenses. Y pese a las dificultades de vivir en un campo de refugiados, ellos también habían creado instrumentos. «Esto demuestra su implicación», expresa Lluïsa Ayza, también parte del proyecto. Luego, completaron las historias que los alumnos de aquí les habían mandado y empezaron otras para que fueran completadas por tarraconenses. Y lo mismo sucedió con el taller de pintura creativa: «Hicimos un intercambio de dibujos. Ellos recibieron los de aquí y elaboraron los dibujos durante el taller para mandarlos a Tarragona», relata Ayza.

Denunciar el conflicto

«Los pueblos saharauis llevan 41 años viviendo un conflicto que nunca se llega a solucionar», reivindica Núria Bota. Por este motivo, el proyecto Una Finestra al Món toma tanta importancia. El intercambio cultural entre los alumnos permite que los niños conozcan la situación que se vive allí, pero también que las familias se den cuenta de lo que sucede. «Antes de preparar los talleres, los alumnos tarraconenses conocen en qué estado viven los saharauis y porqué están así. Y por extensión, llega a oídos de las familias», desvela la profesora.

En el grupo de treinta tarraconenses, además de profesores, había estudiantes de la URV y castellers de los Xiquets de Tarragona. El proyecto también acoge a aquellas personas que quieren denunciar lo que sucede y llevar a cabo otros subproyectos. «Un grupo de chicas se dedicó a hacer un estudio de las mujeres saharauis, las alumnas de la URV filmaron un documental y los matalassers usaron los castells como herramienta educativa», cuenta Manel Torres.

Una Finestra al Món empezará a preparar, durante los próximos meses, el viaje que tendrá lugar durante las navidades de 2017. Para poder financiarlo, llevarán a cabo fiestas temáticas. También recogerán material escolar para los alumnos de allí, dando a conocer así el estado en el que viven. Porque tal y como recuerda Núria Bota, «quieren que seamos su voz y sus ojos. Saben que somos un altavoz».

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