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Tres de cada diez musulmanes en la provincia ya son catalanes

El número de musulmanes extranjeros baja un 5% pero sube un 14% el de los nacidos aquí. En Tarragona hay 17.417 muslimes españoles, el 27% del total. Hace dos años eran sólo el 15%

Raúl Cosano

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Pedro Cano (o Abdelkarim) es un tarraconense convertido al Islam desde hace cinco años. 	Foto: lluís milián

Pedro Cano (o Abdelkarim) es un tarraconense convertido al Islam desde hace cinco años. Foto: lluís milián

El 27% de los musulmanes residentes en Tarragona son españoles, según datos de 2015 del Estudio Demográfico de la Población Musulmana elaborado por la Unión de Comunidades Islámicas (UCIDE) y el Observatorio Andalusí. Son cuatro puntos más con respecto al año anterior, 2014, cuando el porcentaje se quedaba en el 23%. Es casi el doble que hace dos años, cuando el dato se reducía a un 15%. A pesar de que el número de musulmanes en España creció un 1,6%, hasta alcanzar los 1,8 millones, en la demarcación se ha registrado un retroceso.

De los 64.465 muslimes que había a finales de 2014 se ha pasado a los 64.211 registrados en 2015. Se trata de un descenso ligero, de aproximadamente el 0,4%. Esa estadística general se extrae de una dinámica contrapuesta: mientras los musulmanes extranjeros decrecieron un 5% en Tarragona (de 49.275 a 46.794), los españoles que profesan ese credo se incrementaron en más del 14% (pasaron de 15.190 a 17.417).

Cada vez más conversos

Ese aumento se basa en aquellos ciudadanos que lograron regularizar su situación en el país, en sus hijos (nacidos ya con la condición de españoles) y en una minoría cada vez más importante de conversos, quienes nacieron lejos de la fe musulmana pero que han decidido seguir sus preceptos. La explotación del censo en la provincia de los últimos años ya muestra un descenso del número de ciudadanos marroquíes (constituyen la nacionalidad más abundante de musulmanes).

A eso se añade otra deriva certificada por el estudio, que detecta en Tarragona no sólo una disminución de inmigrantes sino también «migraciones interiores que obedecen a los factores de empleo y vivienda» y que han colaborado también en una menor presencia de este colectivo en la demarcación. El informe también destaca una nacionalidad clave en el balance tarraconense, y es la de la colonia de senegaleses muy numerosa en poblaciones como Salou. Otra nacionalidad con presencia remarcable es la pakistaní, con 3.240 ciudadanos, según el último balance publicado por el Idescat.

Hijos de la inmigración

Estadísticas y conclusiones de este tipo sirven para analizar un fenómeno sociológico relativamente novedoso: los hijos de la inmigración masiva en Tarragona durante casi dos décadas comienzan a echar raíces en esta tierra de acogida que ya es de ellos. En 2011 se llegó al tope en presencia en Tarragona del colectivo marroquí (sólo una parte del musulmán), con 41.440 ciudadanos.

A partir de ahí, la llegada de inmigrantes prácticamente se detuvo a raíz de los estragos de la crisis; ahora es la segunda generación la que empieza a nutrir el grueso del colectivo musulmán en tierras tarraconenses. En España, los musulmanes representan el 4% de la población total. En la provincia de Tarragona, el porcentaje es el doble: 8%.

‘Un Islam moderno’

Mohamed El Idrissi, presidente de la Federación de Asociaciones de Marroquíes en España, analiza las claves de esa segunda generación: «Los que vinieron eran personas que no sabían leer ni escribir, no solo castellano o catalán, sino árabe. Quizás en ese momento tampoco la sociedad estaba preparada para recibir a tanta gente. En la segunda generación las personas saben leer, y se entregan a un islam moderno».

En esos hijos de inmigrantes subyace, sin embargo, un peligro más o menos latente, como expone El Idrissi: «Hay un riesgo en esa gente que no tiene trabajo, que está en el paro, que puede vivir en guetos en barrios y puede refugiarse en las mezquitas y dejarse manipular. En España no sentimos rechazo social pero, si se dan algunas condiciones, puede haber gente que busque el Islam como algo político y se deje influir por ese mensaje del islam wahabista».

Mohamed Ben Abderrahim, educador e imán del Centro Cultural Islámico de Campclar, además de secretario de la liga de imanes de España, detecta diferencias entre las dos generaciones: «Los hijos de los que llegaron aquí no sufren los problemas de sus padres, se van alejando de eso porque no han tenido esa experiencia. Sus amigos son de aquí, han crecido aquí y se consideran españoles, aunque vivan entre los dos mundos, entre esas dos culturas, entre lo que se les enseña en las clases del colegio y lo que aprenden en casa».

Lahcen Boumakhtaf, un empresario marroquí afincado en Tarragona que preside Antersan (Associació de mediació intercultural i de recursos humans a Catalunya), cree que las siguientes generaciones aún tienen trabajo por delante: «La mayoría de esa segunda generación se siente española, pero ¿por qué tenemos que hablar de integración y no de asimilación?. Es difícil, y también las administraciones o los propios autóctonos deben procurar que el proceso de adaptación no sea un fracaso. Yo puedo participar en muchos sitios y puedo hacerlo todo para sentirme integrado, y cuando pasa algo como los atentados de París todo lo conseguido se echa por tierra, debido a que se generaliza».

‘Con menos dificultades’

Mohamed El Ghaidouni, presidente de la Unidad de Comunidades Islámicas en Catalunya, sitúa la gran diferencia en la pedagogía: «Hay varios conceptos de los hijos que no tendrán nada que ver con los de sus padres. Tendrán otra ide a de la religión, de valores como la amistad, de la apertura a los demás, de la integración en la sociedad. No van a tener las dificultades de sus padres».

La educación también será decisiva a la hora de procurar que el contacto entre las dos culturas y mentalidades no genere fricciones: «Puede haber un choque entre la escuela y la familia que si no se trabaja puede resultar negativo. Si se explica bien y se entiende, será un pozo de enriquecimiento. Ese tipo de cosas pueden generar una crisis de identidad que no se origina en los problemas económicos sino que tiene ver con el proceso educativo, con el choque que puede darse entre el colegio y el hogar».

Para la sociología, el reto es analizar cómo esas segundas generaciones han crecido y han encarado, por ejemplo, la universidad. «No tenemos datos, pero hay cosas que son palpables. Por ejemplo, en la comunidad magrebí, a pesar de tener sus costumbres, las mujeres están asumiendo cambios importantes. Se ven muchas chicas muy ‘occidentalizadas’, en sintonía con la cultura de aquí, amoldándose a esa ‘autoctonía’», indica Àngel Belzunegui, profesor de Sociología en la URV:«Todavía es pronto, pero en unos pocos años podremos comparar y analizar, por ejemplo, cuántos han completado estudios superiores».

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