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Turno de noche: El manitas de la AP-7

Eduard Bruna, operario de mantenimiento, tiene que hacer de todo en la autopista. Tala un árbol con una motosierra en la calzada, pone conos, repara peanas o limpia el asfalto de patatas fritas tras el vuelco de un camión. Y hasta capturó una vez un pavo real

Raúl Cosano

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Eduard Bruna, con una señal junto al furgón con el que se desplaza. Foto: Lluís Milián

Eduard Bruna, con una señal junto al furgón con el que se desplaza. Foto: Lluís Milián

Eduard tiene que hacer de todo. Una noche repara un fosforescente del peaje. Otro día una luminaria. Otra vez, escobón en mano, barre los restos de un accidente. O corta con la motosierra un pino que se ha caído sobre la AP-7 y que es un obstáculo letal para los conductores. «Te enseñan y tú también enseñas. Cada día hay una avería distinta y hay que saber de todo. Donde no llegas tú lo hace tu compañero, y al revés. Siempre vamos dos a los sitios», cuenta Eduard, 16 años trabajando para la empresa Autopistas, ocho cobrando en un peaje y otros tantos, estos últimos, de operario de mantenimiento. 

La noche es un hábitat común. «Hacemos el trabajo programado que ha quedado pendiente porque no se ha hecho por el día. Hay reparaciones que se hacen mejor de noche, aprovechando que hay menos tráfico», explica. Un total de 22 personas trabajan en estos almacenes de mantenimiento junto al peaje de El Vendrell. Es el centro de operaciones que cubre la AP-7 entre Salou y Martorell. «La noche suele ser más tranquila, aunque siempre hay accidentes. Entonces tienes que dejar todo lo que estás haciendo e ir allí donde te reclamen», relata. 

Una llamada al 112 pone el circuito en marcha. De ahí pasa al centro de control de autopistas, que se pone en contacto con mantenimiento. «Esta noche hemos recogido dos perros», dice Eduard. Es otro de sus cometidos, aunque el principal es asegurar el perímetro en los percances y colaborar con policía o bomberos. 

Y vuelve la nómina de servicios que puede llegar a hacer: retirar un neumático de camión reventado de la calzada o colocar una de esas inmensas señales de tráfico para alertar a los que vienen de que allí ha habido un siniestro. Eduard, que puede llegar a trabajar hasta dos meses seguidos de noche, entra a las 22.00 horas y acaba a las 6.21 h. «La noche no es más dura que el día por el trabajo en sí, pero si tienes hijos y mujer es difícil», cuenta. La parte más cruda son los accidentes: «En este trabajo tienes que ver a veces algún muerto en pista. Ver esa manta dorada se te queda ahí, y te vas con eso para casa». 

A veces llegan los primeros, a veces incluso son testigos directos del drama, y en ocasiones deben extremar la vigilancia, si al colocar el perímetro les pasan los coches zumbando al lado a más de 120 km./h. «Eso impone bastante y te llevas algún susto». 

La mejor parte es el vínculo con el usuario en la asistencia. «Cuando pasa algo intentas ayudar. Llegas allí, calmas un poco a la gente, señalizamos, cortamos un arcén para que se queden más tranquilos…». El rostro de Eduard reconforta, y más en la negrura enemiga de la noche. La autopista, lugar hostil por excelencia, intimida al chófer más pintado. «Hay gente que, una vez asistimos, no quiere que nos vayamos», dice Eduard junto a uno de esos furgones que transportan todo tipo de herramientas: desde bártulos para la obra a enseres para soldar

Porque lo dicho: aquí hay que ser multidisciplinar y Eduard, todo un manitas, es hábil en soldaduras, conducción de camiones quitanieves, salar la pista, electricidad, geometría y colocación en la calzada. A recoger animales, algo cotidiano, se aprende día a día, noche a noche: «Hemos recuperado de todo. Perros, gallinas, patos, jabalíes… Si tiene chip avisamos al dueño. Si no, lo traemos al punto de mantenimiento para que se lo lleve una empresa». 

El doctorado en ese arte se lo llevó cuando se armó de valor y maña para recoger del pavimento a un pavo real que se había escapado. Mucho más amable fue retirar de la carretera las bolsas de patatas chips que dejó un camión.

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