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Turno de noche: El policía que escucha

Juan Antonio González Vallejo es cabo en la Guàrdia Urbana de Tarragona. Detiene peleas, salva a suicidas en el Balcó y media con ebrios. La noche es severa y desgasta. La clave es la empatía. 'A veces nos llaman por soledad', dice

Raúl Cosano

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Juan Antonio, en un vehículo de la Urbana, a punto de comenzar un turno de noche. Foto: Lluís Milián

Juan Antonio, en un vehículo de la Urbana, a punto de comenzar un turno de noche. Foto: Lluís Milián

«Estamos para todo, para cualquier cosa», dice Juan Antonio. Para todo quiere decir acudir porque los pájaros ven el reflejo del cielo en el cristal y se estrellan con los ventanales de un edificio de la Imperial. Para todo quiere decir llegar los primeros al rescate del tiburón Miracle. Y montar el dispositivo. Para todo quiere decir convencer al suicida, con medio cuerpo en el vacío, de que no se tire por el Balcó del Mediterrani. O mediar en una pelea entre borrachos. O procurarle al ‘sin techo’ café y una manta. O irrumpir en esa fiesta doméstica universitaria pasada de decibelios.

«La noche es distinta, desgasta más. Aguantarla es más complicado. Por el día trabajamos sobre todo tráfico, aunque también robos y hurtos, un conflicto vecinal o un chaval que no ha ido al colegio. Es el ciudadano de a pie con sus problemas», explica este cabo de la Guàrdia Urbana de Tarragona. Por la noche el turno se vuelve arisco, desapacible. «No se trabaja con la misma gente. Hay más personas con antecedentes, que suelen cometer delitos, o en situaciones más extremas. La mediación se vuelve más difícil».

Ahí está la clave: la empatía y el diálogo. «Aplicamos la ley y la norma, pero hay que dirigirse con respeto y escuchar. A veces no escuchamos realmente el problema. Es posible que el suceso en sí venga derivado de un motivo. Acudimos para que el ciudadano nos diga qué necesita. A veces llegamos en una situación complicada, con tensión y con nervios».

Juan Antonio es jefe de servicio. Después del briefing, una breve explicación de los servicios en la comisaría para todos los urbanos, hacia las 22.15 horas comienza el turno: cinco patrullas de seguridad ciudadana en coche por las calles, cuatro agentes de la unidad de tráfico y algún vehículo de paisano, ya sea para vigilancia o para policía administrativa. Ellos se encargarán sobre todo de controlar horarios y prácticas en algunos locales. A ese despliegue se añaden dos agentes en la unidad de atención al ciudadano que va centralizando las denuncias.

El urbano de noche palpa el lado humano más sórdido: conflictos vecinales, violencia de género de madrugada y alteraciones del orden en la calle. «La bebida a veces trae consecuencias. Vemos peleas, agresiones. Y es muy difícil mediar ahí. Se suele trabajar también mucho el tema de estupefacientes en la vía pública».

El botellón es otro frente, más o menos activo, igual que la alcoholemia. «Ahí tenemos conflicto sobre todo cuando el vehículo queda inmovilizado. Los controles son preventivos. Hay quien nos ve como represores o como recaudadores. Si así fuera, nos pondríamos a hacer controles a la salida de una discoteca o de un bar, y no se hace. Intentamos garantizar la seguridad del tráfico».

En la noche, el cabo y sus compañeros también afrontan otra labor más sutil: «Hay una parte de asistencia social, gente que sólo busca compañía, que necesita escuchar y ser escuchada».

Hay quien llama a la Urbana también en esos momentos bajos y Juan Carlos, como sus colegas, se asoma un poco a esos abismos: «Nos topamos con personas que intentan suicidarse. Muchas van al Balcó. Hay que ir rápido. A veces ya tienen parte del cuerpo fuera. Hay que empatizar, reconducir la situación, hablar y escuchar. Se le dice que hay otras vías, otros caminos, que estamos ahí para ayudar».

Con esa receta Juan Antonio ha salvado algunas vidas: «Los motivos que llevan a alguien al límite son muchos. Hay que tener algo de psicología, aunque no seamos unos expertos. Lo nuestro es una primera intervención. Lo que hay que hacer es escuchar».

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