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    Mujeres de Tarragona víctimas de maltrato: «Vivo con miedo de que le haga algo a mi hija»

    Andrea, tarraconense de 59 años, sufrió siete de agresiones verbales y físicas: «Me rompió dos costillas». Elena, también víctima: «Temo que aparezca en cualquier momento»

    24 noviembre 2023 20:09 | Actualizado a 25 noviembre 2023 14:00
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    Hoy Andrea (nombre ficticio) respira. Atrás queda un infierno, un suplicio de relación que «a los 15 días ya era tormentosa» y se alargó siete años, un calvario, como denuncia, de maltrato físico y verbal: «La ayuda de la psicóloga me permitió salir. Si no es por ella, hoy aún estaría con él... o muerta. Me habría matado. Me amenazó muchas veces con hacerlo».

    El relato de esta tarraconense estremece, por los hechos, por el padecimiento, por el sentimiento de culpa que tantas veces le ha atormentado y por el periplo por los juzgados. Todo comienza con sendas rupturas. «Yo tenía pareja y él estaba casado. Empezamos una relación. Él me había contado cosas de una familia desestructurada, de malos tratos, y yo lo vi como una oportunidad para ayudarle... y al final me tuvieron que ayudar a mí», comenta Andrea.

    «Pinchaba los colchones»

    No tardaron en irse a vivir juntos, y tampoco en aparecer los problemas. «Él consumía drogas y eso, mezclado con su cerebro de maltratador, era una bomba. Por la noche cuando llegábamos a casa había celos sin motivo. Pinchaba los colchones de casa con los cuchillos, decía que tenía a los amantes escondidos tras los muebles».

    Todo se enturbió rápidamente hasta nacer una espiral de violencia que convirtió la vida de Andrea, de 59 años, en una pesadilla de la que no podía escapar. «Yo tenía un bar. Él venía, me insultaba, se metía con los clientes... Se ponía en un plan que daba miedo. Y era prácticamente a diario».

    «Si no llego a pedir ayuda aún seguiría con él... o estaría ya muerta»

    Hasta que un día llegó la primera agresión seria: «Mientras íbamos caminando, me agarró del brazo, yo me sujeté de una valla y me rompió dos costillas».

    Andrea, todavía pendiente de la justicia, ve aquel martirio desde la distancia de haber salido y se cuestiona con dolor, lucidez y crítica. «Me pregunto: ‘¿Cómo he podido aguantar esto?’ Tenemos dependencia de este tipo de personajes. Primero te maltratan y luego vuelven, te dicen que eres la más guapa, la más deseada. Estaba enganchada, es una dependencia tal que no me explico. Luego siempre son buenas palabras, me traía un osito de peluche, flores... Un día te sientes que eres su sustento y al siguiente que eres una mierda. Era una montaña rusa», remarca.

    «Quieren verte al límite»

    En las palabras de la psicóloga halló cobijo, empoderamiento y alguna respuesta: «He visto que estas personas están todas cortadas por el mismo patrón. Cuando ellos ven que tú llegas al límite, entonces se calman y pegan el bajón».

    Las víctimas se muestran muy críticas con el sistema judicial

    Idas y venidas marcaron la relación durante años, pero las agresiones seguían: «Un día me agarró del pelo en el bar y le dije a la gente que había allí que llamara a la policía. Me tiró al suelo y me volvió a romper las costillas justo cuando me estaba recuperando».

    Hubo un momento en que Andrea decidió al fin romper el vínculo. Se fue a Sevilla, donde se reunió con una expareja para alejarse unos días de Tarragona. Al volver poco después fue peor: «Vino a casa y ahí pensé que me mataba. Me agarró del cuello, no me podía mover, y cuando me estaba ahogando al final me soltó y empezó a romper todo en casa».

    A partir de ahí todo se fue acelerando y precipitando. Relata Andrea un bucle de denuncias, de detenciones, juicios rápidos y órdenes de alejamiento que, según cuenta, quebrantaba. Por entonces también seguían las amenazas. «Le detenían, estaba dos días en el calabozo y volvía a salir. Fue un maltrato detrás de otro».

    «Sentía dependencia de él, estaba enganchada. Te maltratan y al día siguiente te dicen que eres la más guapa»

    Andrea no se decidía a dar el paso a pesar de las alertas de la familia y su entorno por romper con todo y cortar el contacto de una forma definitiva. «Me rompía todo en el bar, me rajó las ruedas del coche... Pero yo no podía vivir sin él, era como una adicción. Incluso mis hijos me dejaron de hablar por ello. Yo caía y volvíamos juntos, hasta que me di cuenta de que ya no podía seguir así más».

    Andrea vio que la situación era insostenible y acabó por hacerse fuerte y pedir un apoyo que fue indispensable para pasar página. «La psicóloga me ayudó muchísimo y si no es por ella no salgo».

    «Me llamó 100 veces»

    Cambió de vida. Traspasó el bar y se fue a vivir con una hermana. «Ahí ya no se atrevía a venir, aunque se movía por el barrio, a veces me seguía. Un día me llamó por teléfono 100 veces». Poco a poco salió. Andrea cortó de raíz, recuperó la relación con sus hijos e incluso se rearmó de entereza y voluntad para asumir otras luchas: superó dos cánceres, se fue a vivir con sus padres y ahora cuida de su madre, enferma. «Me encuentro perfectamente bien, me siento curada, me doy cuenta de todo».

    Algunas mujeres se han sentido cuestionadas y culpabilizadas en el proceso de denuncia

    No quiere dar lecciones a otras víctimas, pero Andrea aconseja, por encima de todo, «denunciar», a pesar de que «estoy enfadada con la justicia y es duro afrontar ese camino, porque muchas veces he ido a un juicio y me he visto cuestionada y hasta he sentido que yo era la culpable». Pero cree que «siempre se tiene que denunciar y no dejar pasar nada».

    «Se volvió una persona violenta»

    Elena (nombre ficticio), otra mujer de la provincia, también es víctima. «La relación duró dos años y medio. Todo iba bien hasta mi embarazo. Entonces él se volvió una persona violenta y agresiva. Nunca lo hubiese pensado. Eran golpes, insultos, me aisló del mundo, de la familia...», recuerda ella, que le ha denunciado varias veces y lleva cuatro años de periplo judicial. Hubo un punto de inflexión: «Vino a buscarme al trabajo y me pegó en la calle. Ahí decidí separarme y denunciar».

    «A las personas que estén como yo les digo que denuncien y que no se crean cuando les digan que van a cambiar. Nunca lo hacen. Yo me convertí en una posesión para él, en un títere, y ahora vivo con miedo de lo que le puede hacer a mi hija», lamenta Elena.

    «Te prometen que van a cambiar pero eso nunca pasa. Hay que denunciar»

    Esta joven se muestra muy decepcionada con el sistema judicial y pide agilidad para que se den soluciones cuanto antes a situaciones como la suya: «Si los casos siguen abiertos yo no puedo rehacer mi vida. Yo y mi hija estamos en tratamiento psicológico. No se ha buscado una solución y no vivo tranquila. A veces he tenido la sensación en los juzgados de que se reían de mí, me he sentido culpabilizada y cuestionada».

    Elena espera «que los jueces y los fiscales recapaciten y vean que no somos un número, que hay mucho sufrimiento detrás de una mujer maltratada». Ha conseguido una sentencia condenatoria contra su expareja pero a pesar de eso se siente vulnerable: «Muchas veces me vigilaba por la calle. Camino con miedo, por temor a que algún día aparezca».

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