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Cultura Desde el Krusty Burger

¿Qué hay después de ‘Rigoletto’?

Cuestión de prioridades. Tarragona necesita urgentemente una hoja de ruta cultural para definir su futuro.

David Sancho

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El Camp de Mart acogió el 9 de julio el estreno de ‘Rigoletto’. Foto: Pere Ferré

El Camp de Mart acogió el 9 de julio el estreno de ‘Rigoletto’. Foto: Pere Ferré

Me siento identificado con el personaje de Rigoletto, aunque únicamente por el parecido de nuestras profesiones. Además me gusta la ópera. Como cronista cultural vi la primera en el Teatre Metropol hace veinte años y he tenido la fortuna de poder repetir la experiencia infinidad de veces.

Engancha como jamás hubiese pensado, y me duele que la tachen de clasista cuando se ha hecho siempre un esfuerzo por acercarla al gran público. Uno paga una entrada a la ópera y es un pijo, otro paga una entrada al Camp Nou y es un obrero. Cosas de la vida.

El pasado 9 de julio aterrizó Rigoletto en el Teatre Auditori Camp de Mart de Tarragona ante el asombro, ya desde su anuncio, tanto de la ciudad como del mundo de la Cultura. Inauguración del Festival d’Estiu por todo lo alto.

Lo mejor fue dejar en manos de Àngel Òdena, artista muy afín al repertorio italiano, similar producción. Sin él hubiese sido imposible. El talentoso barítono y movedor de montañas hizo lo que no está escrito y remó como él sabe para lograr un éxito rotundo en una apuesta compleja, tanto en su realización material como en lo que significaba para el ya ex Conseller de Cultura de Tarragona y para el director de área Carles Figuerola, en uno de sus últimos actos. Se agradece que a veces se asuman riesgos. Y los hubo.

En conversaciones privadas (de restaurante, vaya) algunos de los artistas implicados confesaban «lo justos» que llegaban al estreno. Pero no se notó. La orquesta sonó como nunca, se alinearon las estrellas y la acústica del Camp de Mart rindió, y los artistas estuvieron a un altísimo nivel. Por reprochar algo, el vestuario: parecía como si de un día para otro llevasen a los artistas a un almacén a probarse algo que les quedase bien.

Eso sí, llama poderosamente la atención el cómo se ha vestido, cómo se nos ha vendido, esta producción de 200.000 euros. Fue un sold out, se vendieron 1.200 entradas a 37 y 43 euros, lo que deja en caja apenas una cuarta parte de lo invertido. No está mal, no debemos entender la Cultura como un negocio rentable cuando quien la promueve es la Administración.

Pero el propio alcalde, Pau Ricomà, aseguró que este Rigoletto «colocará Tarragona y su ámbito territorial en el mapa de los centros de producción cultural de Catalunya». Algo pretencioso, e incierto. Tarragona no produjo una ópera. Produjo un evento. Lo de «colocar en el mapa» es un discurso ya demasiado manido que debe demostrarse con hechos. Colocará en el mapa siempre que se repita y se prolongue en el tiempo. Habrá que demostrarlo.

Dijo también que «será un revulsivo económico y comercial para el territorio». De nuevo, no es cierto. Vinieron 1.200 personas, y mayoritariamente no vinieron: eran de la ciudad.

No se puede comparar una ópera de usar y tirar, con una única representación, con el Concurs de Focs Artificials (con una media de unos 50.000 espectadores diarios y que raramente superó en su mejor época el presupuesto de la ópera), el Festival de Dixieland (en sus últimas ediciones con presupuestos de entre 40.000 y 75.000 euros y siempre con un programa repleto de actuaciones) o el Festival Internacional de Teatre de Tarragona (que en ediciones anteriores ha sido capaz de hacer un programa completo con poco más de la mitad de presupuesto que Rigoletto).

Sólo por poner algunos ejemplos, pasando por un Sant Magí y una Santa Tecla que son una sombra de lo que fueron. Por lo visto, la Diputació, el ICEC y «diversas empresas» sólo ponen dinero en la ópera.

«Revitalizar el tejido cultural de la ciudad» es otra patraña. Revitalizará al tejido operístico de la ciudad, que intuyo parco. Sin entrar en lo de que trataba de «un espectáculo profesional al cien por cien»: tal vez deberíamos publicar los salarios de figurantes y cantantes del coro, por cierto amateurs.

200.000 euros para una ópera puede parecer mucho dinero. No lo es. Una gran producción así suele doblar fácilmente la inversión. Ahora somos melómanos y me alegra. La pregunta no es si se puede repetir, la pregunta es si se debe. Tarragona no tiene infraestructuras. El Teatre Metropol está ocupado por una empresa privada y pendiente de remodelación, el Teatre Tarragona sigue cayendo a trozos (una metáfora del trabajo realizado por el PSC al frente del departamento), el Camp de Mart da lástima (un informe de seguridad le dijo a Josep Maria Prats que debía cerrarlo, otro informe le dijo a Begoña Floría que podía abrirlo… y seguimos esperando). 

El tejido cultural de la ciudad está bajo mínimos y la desidia es cabalgante. Imagino que es cuestión de prioridades. En Tarragona un día dicen apostar por la cultura y al otro saltan paracaidistas en el Nou Estadi, no hace falta que venga a contártelo un payaso.

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