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Lluc Queralt, naturaleza en Argo

Con sobria coloración, nos muestra el reflejo, en muchos casos amable, de una flora casi domesticada, a veces ensoñada, profundamente mediterránea

Lluc Queralt

Josep Maria Rosselló

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Dando una vuelta por Rambla Nova, me dirigía a Argo, el espacio de arquitectura e interiorismo que está justo al lado para ver la última muestra del amigo, fotógrafo y viajero Lluc Queralt. Me atendió una joven dispuesta y simpática, Lourdes de Goya, descendiente del maestro en séptima generación, que me acompañó por las diversas salas de un espacio donde todo respira orden y aire fresco. Las obras de Lluc sobre los muros contribuyen a crear una atmósfera acogedora y cálida. Una colección dedicada enteramente a la naturaleza, o mejor dicho a un reflejo de la naturaleza a través de la depurada técnica serigráfica, realizada a partir de sus fotografías, de la que Lluc es maestro. Con sobria coloración, el artista nos muestra el reflejo, en muchos casos amable, de una flora casi domesticada, a veces ensoñada, profundamente mediterránea.

No abusa de exotismos, salvo por la presencia de una orquídea fantasmal. Tampoco he percibido la habitual agresividad de la naturaleza en estado salvaje, este desbordarse en verdes de hojas y flores multicolores que suelen dar afortunados resultados en la obras de otros artistas que parecen creadas en un jardín botánico. Tampoco se percibe la presencia animal, más que en un caso en que parecen volar algunos insectos sobre la planta. No he visto éste Ciervo vulnerado de San Juan de la Cruz, o estos ojos, asustados, o acechantes entre la maleza de pintores como Henry Rousseau o el cubano Wifredo Lam. Claro que ellos pintaron a través del recuerdo de las selvas, no vayamos a confundirnos, no de la agreste y a veces amable flora mediterránea. Rousseau las ignoraba, las selvas, y pintaba a través de estampas. Y Lam, no tan solo las conocía bien, sino que se acercó peligrosamente a las ceremonias vudú que practicaban en ellas los descendientes afrocubanos de los esclavos.

Uno tiene que reconocer el privilegio de estar contemplando una extensa colección de arte, que se podrá visitar hasta el mes de abril

Pero aquello que yo echaba en falta, lo encontré en una obra de pequeño formato: Negro sobre negro, en la que el nocturno se hace ligeramente transparente alrededor de las densas hojas de palma, con sus siempre amenazantes y bellísimas manos de agujas, como estiletes que cortan el aire.

Una obra magistral

Negro de noche cerrada en el que se respira una atmósfera de fructíferas humedades, plantas que crecen con la influencia lunar y ocultan la presencia de algunos animales nocturnos, en busca de pitanza o acoplamiento. Semillas que germinan en el interior-negro- de la tierra, promesas que mañana asomarán tiernas y verdes a la luz cálida del sol de la mañana con el brío de una selva en su interior. Una obra magistral. Otra, de parecidas características, suma una evidente influencia mironiana, con el collage de fragmentos de papel de color.

Lluc Queralt

Es preciso prestar atención a los contundentes trabajos sobre metal y, sobre todo, a los de pequeño formato realizados sobre cristal, que se muestran en un estante a lo largo de toda la pared. No tan solo son de una gran delicadeza, sino que recuerdan el método de conservación de las hojas y las plantas en botánica.

Todo, como ya he dicho al principio, en un espacio diáfano, en el que contemplar las obras es un gozo. Mientras uno continúa deambulando por las distintas salas, tiene que reconocer el privilegio de estar contemplando una extensa colección de arte, que se podrá visitar hasta el mes de abril, con obras que van del gran formato, en ocasiones monumental, al más pequeño, para volver después a la Rambla y continuar el paseo hasta el Balcón del Mediterráneo, donde al otro lado de la baranda, las chumberas recuerdan una simpática obra táctil de Lluc Queralt, simpática, sí, mientras no se te ocurra posar la mano.

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