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Epílogo inolvidable

El Reus conquista su tercera victoria consecutiva en el Estadi y cierra de forma brillante el curso como local. El primer tiempo de los de Natxo queda ya para la enciclopedia. Anotan Vítor y Benito

Marc Libiano

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Benito celebra su primera tanto ante el Valladolid. Foto: Alfredo González

Benito celebra su primera tanto ante el Valladolid. Foto: Alfredo González

Vítor tomó la pelota con jerarquía tras observar sorprendido una aventura imposible de David Haro, en tres cuartos de cancha. El pequeño diablo se había empeñado en esquivar piernas malignas. Terminó en el suelo, con la comprensión del juez, que decretó un libre directo goloso. Muy del perfil del jugón de cualquier recreo. Ese niño venerado por el resto de la clase y el piedra, papel tijera. Podría llamarse Vítor Silva, por ejemplo. El enganche se acostó para enseñar su diestra fantasista. Envió la pelota al ángulo de Becerra, el arquero del Valladolid, que sólo pudo exhibir su privilegiada vista. Incluso hizo un amago de aplauso. La curva que dibujó aquella pelota provocó tal asombro que algún hincha decidió encargar el babero. Fue el 1-0, por cierto. Quedaba inaugurada la maravillosa demostración artística del Reus.

Y eso que el partido había asomado perezoso, como cuando te levantas de esa siesta interminable y el cuerpo pide más reposo. Sólo hasta que el Reus activó su cara A. La del juego posicional. La del traslado delicado de la pelota. De un lado a otro, con el buen gusto y el criterio como rasgos innegociables. El Valladolid, que era el que se jugaba el pan, quedó noqueado. A merced de la dictadura de un Reus divertido, soltado de cadenas y obligaciones. Las urgencias hace tiempo que se desnudaron.

Benito se impregnó de la pose preciosista de Vítor para sumarse a la fiesta. Pocos minutos después, con el Reus desbocado. El portugués, Haro y Fran hallaban grietas en lugares misteriosos, entre los centrocampistas y los guardianes del Pucela. Generaban pánico y alguna sangría preocupante para los chicos de Paco Herrera. Benito se sumó a la fiesta de los locos bajitos del Reus. Decidió que, además de reconvertirse en un carrilero zurdo solvente, también iba a probar en el oficio de llegador. Atisbó cómo caía mordida una pelota a pocos metros del área. Fulminó con el alma, sin avisar, por sorpresa. Becerra se estiró como plastilina, pero era gol irremediable. La red recibió con encanto a otro balón con pincelada de Dalí. Dos disparos descomunales impulsaron al Reus.

Folch completó los 90 minutos en otra exhibición. Foto: Alfredo González

Vítor y Benito se asociaron en la izquierda a poco de abrazarse por segunda ocasión. El lateral marcó el movimiento profundo para conquistar el fondo. El luso le peinó el flequillo a la pelota y mandó un servicio elegido. Por delante de la carrera de Alberto. Éste recortó ante el enemigo y cedió a la cabeza de Fran, el más bajito del firmamento. No importó. Emuló el minuto 93 de Ramos, aunque un poco antes. El testarazo se topó con la madera. El Reus sentía plenitud, felicidad absoluta. Sus hinchas se derretían en aplausos.

El compromiso del equipo rozaba la exageración. No había premio mayúsculo en el resultado, pero sí la defensa de unos valores conocidos. La cultura del esfuerzo, el hambre por competir. La excelsa primera mitad dio paso a otro registro del Reus. Más cerebral, más geométrico, menos bello. Ayudó la valentía del Valladolid, que quería morder, pero no podía. Empujó con el corazón más que con el cerebro. Si el Reus toma ventaja, resulta casi utópico destruir su orden militar. Casi nadie lo ha destruido hasta hoy.

No pudo alcanzar su propósito el Pucela, que vio como Espinoza y Míchel amenazaban el arco de Badia, sólo eso. Dos remates con veneno. El primero cruzado, el segundo con beso a la madera. Para Badia, el trabajo en la oficina no ha terminado. Le resta una semana de papeleo. Hay trofeo de los gordos para él y su ambición. Se llama Zamora. Otro rosco le abre un abanico de esperanza.

Miramón vio tan cerca la gloria en la agonía de la noche que no dudó en correr a un balón profundo de David Haro. Se plantó ante la media salida de Becerra, pero chocó con el rostro imponente del portero. En todo caso, la falta de definición de Miramón no borró otra actuación fascinante en el lateral derecho. Resulta curioso. Cuando más incómodo parecía encontrarse, en esa indefinición en la mediapunta, encontró una vía de escape. La autopista diestra le ha devuelto al escaparate.

La noche se consumió entre gracias, abrazos, jaleos y algún brote de nostalgia. Para algunos fue el último día en el Estadi, ese lugar que les ha abierto las puertas del cielo.

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