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Ser conscientes de lo absoluto

Si algo nos hace daño en nuestro trabajo es la falta de transparencia y humildad

Xavier Oliver

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Xavier Oliver. Profesor de IESE Business School

Xavier Oliver. Profesor de IESE Business School

En mi último artículo sobre el Brandfulness, les insistía en la importancia de que hagan con su marca lo que hacen con su persona o, si quieren, hagan con su marca lo que les gustaría hacer con su persona. Ese paralelismo entre el negocio y sus actitudes y conductas personales ha estado muy presente en lo que he ido desgranando en los casi 200 artículos en este periódico.

Si queremos vivir en paz con nosotros mismos, lo primero que deberíamos hacer es ser conscientes de nuestro YO profundo y eterno, de nuestra conexión con lo absoluto. Lo que muchos han denominado conocerse a si mismo. Para hacerlo hay que practicar, como los que quieren estar en forma tienen que hacer deporte y comer equilibradamente. ¿Y cómo se practica ese estado de conciencia? Yo les recomendaría que echasen la moviola hacia atrás y aprendiesen de nuestros precursores que ya lo han hecho durante muchísimos siglos.

Hoy quería escribir sobre lo que los cristianos orientales denominan la oración de Jesús y que forma parte del monaquismo desde su fundación. Habrán oído hablar de la meditación a través de la repetición de un mantra, pues de eso exactamente se trata. Un monje de la iglesia oriental escribió un librito llamado: Relatos de un peregrino ruso, que se halló en la celda de un monje en el monte Athos. Un hombre de 33 años asiste a la liturgia en una iglesia en un pueblo y escucha una frase de una epístola de San Pablo que dice: «Orad continuamente» y empieza a preguntar a unos y a otros cómo se puede hacer eso. 

Las respuestas fueron diversas hasta que encontró a un monje (stárets) que le entregó un chotki (rosario de cuerda hecho con nudos a mano que se usa en las iglesias orientales) y le dijo: Recita 500 veces esta plegaria: «Señor Jesús, ten compasión de mi». Cuando inhales dices la primera y cuando exhales, la segunda.

Cuando el peregrino le contó que lo había hecho, el stárets le pidió que la recitase 1.000 veces y después 2.000 hasta que el peregrino notó que se había integrado en su ser y que le invadía una paz absoluta y había dejado de pensar en lo intrascendente. Era simplemente consciente de su ser, de la frase que repetía, de su respiración, del zumbido de los oídos, de los latidos de su corazón, de su postura, de como se movía su cuerpo al andar…

A eso muchos le han llamado iluminación y es un estado beatífico de consciencia que produce una felicidad absoluta porque uno abandona los pensamientos del pasado y del futuro concentrándose en el segundo presente, en lo que auténticamente soy. Fíjense que el mantra tiene solo dos cortas frases: ‘Señor Jesús’ -que hoy muchos solo dicen Jesús- y una segunda que es, ‘ten compasión de mi’, una aceptación de las propias limitaciones, de la necesidad de ayuda, de la humildad absoluta.

Cuando una se sumerge en esa práctica, la vida se simplifica poco a poco, las necesidades se trivializan y la disposición personal hacia los demás es más generosa, sin esperar nada a cambio. Uno se convierte en un pequeño stárets que exhala paz y equilibrio porque ha descubierto lo que más importa.

Creo que iría muy bien a nuestra sociedad consumista, apresurada, economicista y muchas veces despiadada que muchos descubriesen ese rincón de su ser apasionante y apasionado donde solamente se ES, sin disfraces ni ataduras, donde uno descubre el sentido de nuestro paso por este mundo como parte de un todo lo que es y será a pesar de nuestra presencia física por la Tierra. 

Les recomiendo vivamente que lean el libro que les he mencionado porque emociona conocer esa vivencia tan especial en una persona muy humilde. Y también que, si tienen tiempo, busquen en Internet ‘la oración de Jesús’ o ‘Jesus Prayer’ y descubrirán que hay un mundo que muchos han ignorado y que es el que produce la auténtica paz, muy alejada de la manipulación en la que vivimos, del miedo que atenaza a tantos y la necesidad de saberlo todo sin zambullirse en lo realmente importante y trascendente.

Y para finalizar, me dirijo a todos aquellos que trabajan en una empresa, directivos o líderes, cómo pueden añadir eso a su día a día en el trabajo. Cómo pueden tener esa conciencia mucho más responsable, humilde y generosa con cada uno de quienes les rodean y finalmente, cómo impregnar su discurso, su historia, su marca en ese estado de paz que tanto podría ayudar a quienes se relacionan con ustedes.

Les aseguro que es posible y que los resultados son prodigiosos porque si hay algo que nos hace daño en nuestro trabajo es la falta de transparencia, de humildad, de simplicidad y de paz interior que hemos cambiado por el estrés, la devoción al dinero como fin y a convertir a los humanos en una parte del capital.

Xavier Oliver es profesor de IESE Business School.

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