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Consolar al triste. La varita mágica

Viejo proverbio: la amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias

Jaume Pujol i Balcells

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El Evangelio nos cuenta que la vida de Jesucristo estuvo llena de episodios en los que aparece socorriendo a personas que se encontraban tristes, por enfermedades, dolencias o la muerte de seres queridos. Así cura a ciegos, cojos, paralíticos, a una mujer con pérdidas de sangre, leprosos… y resucita a varios muertos para consuelo de sus familiares. Socorre a personas con hambre, a quienes se quedaron sin vino en una boda, a sus apóstoles en trance de naufragio, a pescadores que no lograron ninguna captura, a endemoniados…

Pasó haciendo el bien, y es esto justamente lo que espera de nosotros, sus seguidores. Nos dejó su ejemplo y sus parábolas, como la del buen samaritano, la oveja perdida, el capataz perdonado y tantas más. En mis visitas pastorales tengo muy presente esta obra de misericordia de consolar a las personas tristes. Muchas veces las encuentro en los hospitales, en las residencias de la tercera edad, o en sus domicilios. Rezo por ellas, les llevo los sacramentos si me lo permiten o, al menos, el consuelo de la compañía. Hay mucha gente que actúa a favor de otros. Pienso en responsables de Cáritas o de la pastoral de la salud de tantas parroquias, y en la varita mágica que ayuda a otros a sobrellevar la tristeza: la amistad. Sí esta es la varita mágica que tenemos a nuestra disposición para hacer realidad lo que dice un viejo proverbio: «La amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias.» Claro que a veces debe ser sacrificada, pues también se ha dicho que «un amigo viene a tiempo; los demás, cuando tienen tiempo».

Un personaje de la novela Los novios de Alessandro Manzoni, se halla en medio de una casa deshabitada y se lamenta de las desgracias que han sacudido a su familia a causa de una epidemia de peste. En cierto momento dice: «Son hechos horribles que jamás hubiera creído que llegaría a ver; cosas que quitan la alegría para toda la vida; pero hablarlas entre amigos es un alivio.» Hemos de tener en el corazón a quienes sufren, aunque no les conozcamos. Nos basta ver las noticias de la televisión y contemplar los rostros de personas que viven situaciones de guerra, personas heridas, refugiados… Pero también a nuestro lado encontraremos, si tenemos los ojos abiertos, personas que sufren. Somos entonces el consuelo de Cristo que esperan, con nuestras palabras o simplemente haciéndoles saber que no están solas.

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