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Déficit de credibilidad

El voto ya no se guía por las propuestas, sino por las intuiciones del relato entrecruzado
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En una conversación literaria entre Daniel Innerarity y José Saturnino Martínez, éste trae a colación un aserto de Zizek que afirma que «la libertad de expresión se ha convertido en la libertad para mentir». Lo grave del caso es que la mentira, en política, se ha convertido en un elemento natural del discurso en este país. Un discurso mendaz que fluye con una naturalidad inquietante y que ha tenido el efecto –los políticos no se han dado cuenta todavía– de arrasar la credibilidad de los actores públicos. De todos, salvo las honrosas excepciones. Y en este caso no han tenido que pagar justos por pecadores: no había justos, sencillamente.

Las consecuencias son devastadoras: Rajoy se desgañita explicando a la audiencia que la crisis ha terminado, que este país va como un tiro, que la recuperación es un hecho y que lo prudente es mantener al timonel para que la nave no se desencamine. Es inútil. Sencillamente, nadie le cree. También dijo antes de llegar que nunca subiría los impuestos, pongamos por caso.

De hecho, el debate preelectoral ya no es una controversia organizada sino una sucesión de monólogos de los que el electorado entresaca simples impresiones. El voto ya no se guía por las propuestas, porque éstas no son desveladas por los diferentes actores, sino por las intuiciones que se desprenden del relato entrecruzado. El debate democrático real se ha extinguido en el momento en que las palabras, en boca de la clase política, han perdido su genuino significado.

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