Del tajo al metacurro. Teletrabajo vs. presencialismo

El trabajo a distancia de la pandemia ha dinamitado todas las fronteras entre ocio, negocio y vida personal; entre tiempo de desplazamiento al espacio laboral y lo que realmente es estar en la oficina y/o hogar

LLUÍS AMIGUET

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Del tajo al metacurro. Teletrabajo vs. presencialismo

Del tajo al metacurro. Teletrabajo vs. presencialismo

¿Si estoy mirando mis mails de trabajo mientras veo una serie de Netflix con la familia es trabajo o descanso? ¿Y si me entretengo con un vídeo divertido de YouTube mientras estoy en la oficina es trabajo solo porque estoy en horario laboral en una empresa?

Durante años, escuchamos el mantra sindical de las ocho horas y los cinco días: ocho horas para ganarse el sueldo; ocho horas para el ocio y ocho para dormir cinco días a la semana que acababan con un week end de total libertad.

Lo que estamos viviendo ahora es la total mezcla y confusión de trabajo, ocio, descanso… ¿Quién cree posible descansar con el móvil en la mesita de noche?... Sexo, pareja y amistad que jamás experimentamos a causa de la digitalización.

El teletrabajo de la pandemia ha dinamitado todas las fronteras entre ocio, negocio y vida personal; entre tiempo de desplazamiento al espacio laboral y lo que realmente es estar en la oficina y/o hogar.

Nada más poderoso que un virus disruptivo para poner en duda todas las convenciones. ¿Están mis alumnos cuando miran el móvil en clase de periodismo confirmando alguna de las aseveraciones vertidas en la discusión o mirando el Whatss de una salida con bicis que harán este domingo?

Recuerdo la vieja broma del señor que llegaba a una oficina de la administración y preguntaba: ¿Por la tarde no trabajan? Y alguien con sorna le contestaba: «Por la tarde no estamos; es por la mañana cuando no trabajamos». Este cuentecito contra el presencialismo laboral -basta con estar en un despacho para que se suponga que trabajas- ha acabado ahora con que toda tu vida es una mezcla inseparable de trabajo y ocio; de actividad laboral y privada.

Y no estoy seguro de que salgamos ganando. Veo cómo en las empresas de mi sector se pactan reducciones de sueldo a cambio de menos horas de trabajo o, al menos, de presencia en la oficina. Y me sorprende descubrir con qué alegría se aceptan reducciones del 20% de sueldo bruto por dejar de estar en la empresa -que no de trabajar- dos días a la semana.

Lo que te ahorras en tiempo de desplazamiento, molestias y transporte compensa, aducen los reduccionistas. Pero ¿cogen después el teléfono cuando les llaman fuera de horas en una urgencia?

Las madres, además, tienen que resolver el complejo sudoku horario de la maternidad y, a menudo el cuidado de los mayores, si no tienen una pareja o una familia dispuesta a ayudar en la solución.

Mientras tanto, parece evidente que sólo cuentan de verdad en la toma de decisiones en una empresa quienes están cada día al lado del jefe, pero la tecnología todavía puede hacer este presencialismo menos decisivo aún: esperen al 3D del metaverso, el metacurro, que llega más deprisa de lo que nadie hubiera imaginado.

Semana laboral de quince horas

Hace casi un siglo que John Maynard Keynes, el economista que ve ahora cómo su defensa del gasto público ha evitado el empobrecimiento de millones de personas, profetizó que iríamos reduciendo poco a poco las horas de trabajo hasta llegar a la semana laboral de quince horas que cada uno distribuiría a su conveniencia.

Ojalá tuviera razón, porque más que trabajar todos menos, lo deseable es que cada uno trabaje el tiempo que desee y en lo que le guste. Cuando logramos esa fórmula mágica el reloj tal vez no deja de tener sentido, pero deja de tener autoridad.

Lo importante es lo que Keynes añadió a su profecía: «el problema -dijo- es que hemos sido entrenados demasiado tiempo para que nos resignemos a no hacer lo que de verdad queremos».

Periodista
Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el ‘Diari’ y en Ser Tarragona. Su último libro es ‘Homo rebellis: Claves de la ciencia para la aventura de la vida’.

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