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El cementerio marino está repleto

Al mar o a la mar, que no sabemos si es niño o niña, hay que tenerle mucho respeto
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Quién te ha visto y quien te ve, como yo, que es lo primero que hago todas las mañanas cuando consigo levantarme. No podemos creer que el Mediterráneo sea así. Desde que éramos niños lo confundimos con esa mar temenina, que algunos llaman lago, y ya se sabe que hay cosas que solo se aprenden al principio de la vida. La tragedia de la embarcación que navegaba en aguas del sur de Sicilia, donde desaparecieron 400 inmigrantes, vuelve a desmentir su buen carácter. Como muchas personas, el Mare Nostrum ejercita sus buenos modales hasta que se cabrea. Aunque por ahí llegaran los clásicos en tropel, su condición demoníaca es evidente. Solo García Lorca, que era un genio aunque no se encuentre su tumba, lo advirtió. «Lucifer de los azul. Cielo caído por querer ser la luz», dijo cuando los demás cantaban sus siete colores, que son bastantes más.

Nada menos que 7.000 personas han sido rescatadas de sus móviles garras en los últimos cuatro días. Como dijo aquel cronista de sucesos, que presumía de no ser de derechas ni de izquierdas, «el número de muertos aumenta a medida que fallecen los heridos de mayor gravedad». En este caso, los que han tragado mayor cantidad de agua o la albergaron en sus huesos. Al mar o a la mar, que no sabemos si es niño o niña, hay que tenerle mucho respeto, sin que no nos importe disfrazarlo de pánico. El temor a la muerte es lo que más vidas humanas ha salvado.

Ante catástrofes de esta magnitud, que solo duran los segundos que tardamos en pasar una página del periódico o de bostezar en un debate televisivo, donde unos tienen toda la razón y a otros no les falta. La vida sigue, decimos. El tiempo es incesante y las olas del mar se relevan unas a otras. Son hereditarias, pero borran su pasado a cada momento. Ya quisieran algunos presidentes autonómicos y el señor Rato hacer lo mismo. El pasado no es memorable para las olas. Llámese Trafalgar o Lepanto.

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