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El deporte, más corrupto que la política

Los políticos corruptos, al menos, son elegidos por los ciudadanos y perseguidos por jueces
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La corrupción en la FIFA era una verdad a gritos que todos conocían desde hace años. Pero ha sido la intervención de Loretta E. Lynch, fiscal general de EEUU, precisamente un país donde el fútbol es marginal, la que ha destapado los delitos económicos y los delincuentes que campaban a sus anchas en esa Federación.

Sobornos, blanqueo de dinero, organización para delinquir,… son los crímenes en suelo norteamericano que se imputan a unos pocos acusados. Extrapolándolos a escala universal, la corrupción futbolística puede ser la leche.

Eso, digo, resulta archisabido. Periódicamente surgen aquí o allá historias de amaños de partidos que el extraño fuero futbolístico sustrae a los tribunales de justicia. Ahora, España se queja de que le robaron partidos en el mundial de Corea del 2002, demanda a la que se ha sumado Italia.

En ese contexto de sospechas, denuncias y suspicacias varias, se comprende que los Mundiales de fútbol hayan ido a parar a países tan exóticos como inapropiados: Sudáfrica en 2010 o Qatar en 2022.

Para mayor regodeo, el tema acaba de politizarse con la afirmación de Putin de que la acción judicial norteamericana es para perjudicar el Mundial de Rusia de 2018. A río revuelto, pues, ganancia de Sepp Blatter y su cohorte en la FIFA.

Otro tanto podría decirse de los valetudinarios directivos del COI. Desde que Samaranch profesionalizó los Juegos Olímpicos, éstos han movido más dinero que cualquier acontecimiento mundial y propiciado todo tipo de corrupciones.

Hablamos de organizaciones cuyos gerifaltes se cooptan entre ellos, se eternizan en el cargo y nadie los fiscaliza. Los políticos corruptos, al menos, son elegidos por los ciudadanos y perseguidos por los jueces. Ya me dirán, en cambio, quién pone el cascabel a estos vejestorios del deporte.

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