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El destino de Wert

Si finalmente nombran embajador a Wert, se oirán sonoros aplausos
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¿Cambiará Mariano Rajoy a algún ministro para salir del socavón en que se ha metido? Entre los profetas políticos, esta cuestión no ofrece dudas. Como si un lavado de cara fuera capaz de recuperar cientos de miles de votos, los dos millones y medio perdidos el 24 de mayo. El que tiene todos los números de la rifa para esfumarse en breve es el titular de Educación, José Ignacio Wert. Pero el acomodo que se le prepara, en París, muy cerca de su pareja sentimental y próxima esposa, la dimitida secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, estaría a medio camino entre el tráfico de influencias y el nepotismo.

Con el Boletín Oficial del Estado a modo de escudo legal, el presidente del Gobierno sopesa designar a Wert embajador de España ante la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Y como Gomendio ya ha sido nombrada directora general adjunta de Educación en ese mismo organismo, si Rajoy quisiera poner un broche de oro al mandato ministerial de Wert, ¿qué mejor que facilitarles su luna de miel en París?

Si finalmente fuera nombrado embajador, haciendo caso omiso de los diplomáticos que se postulan para ese goloso destino, desde la comunidad educativa de este país saldrían sonoros aplausos. Y, claro, una buena tanda de palmas es muy necesaria en momentos de aflicción. Ya se sabe. Con su marcha, bastantes consejeros de Educación de las comunidades autónomas se concederían un gran respiro, y entre los rectores de Universidad no digamos.

En Cataluña, que son muy suyos, hasta serían capaces de organizar otra monumental Diada para celebrar el cese del ministro que, entre otras muchas cosas, quería «españolizar a los niños catalanes».

En la federación de Enseñanza de CCOO, cuando el diario El País apuntó la posibilidad de ese nombramiento, sentenciaron que Wert y Gomendio habían dejado «asolada» la educación de este país. También que se iban a un lugar en donde pueden seguir «haciendo daño a la educación de este país» con sus informes y evaluaciones. Pero estas apreciaciones fueron sin duda mal intencionadas, como las de los catalanes.

Desde París, el pasado se ve de otra manera. Bien distinto. Allí, al nuevo embajador le parecería incluso un acierto su desafortunada comparación entre la situación actual del castellano en Cataluña y la del catalán durante el franquismo. Tampoco recordaría la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de Fin de Carrera, en la que algunos de los galardonados le negaron la mano en protesta por sus políticas educativas. Unos podemos empollones, a fin de cuentas. Ni tantas otras cosas más.

Claro que si Rajoy le acabara haciendo semejante regalo de boda, no habría que dudarlo. De tráfico de influencias nada de nada, y de nepotismo, menos aún: sólo un modesto premio por los servicios prestados.

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