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En busca del 'bono milagro'

Muchos países deben sentirse representados en la negociación sobre la deuda griega
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Hace falta un par de cosas (un mínimo de 60 años más o menos y gusto por los asuntos internacionales) para dar al sustantivo troika un significado distinto del hoy vigente. Los viejos del lugar recordarán como tras la caída de Nikita Jrushchov en la URSS se constituyó una troika para llenar todas sus funciones: Breznev, Kosyguin y Podgorny se las repartieron. Y en ese instante apareció entre nosotros la palabreja, de resonancia fonética rusa. Con su parsimonia habitual (en vías de rectificación acelerada, visto su desmedido afán actual por arrumbarlo todo y pasar por progresista y post-moderna) la Real Academia Española tardó lo suyo en normalizar el vocablo y «troica» ya está en el Diccionario, se puede escribir con ‘k’, y hoy nos ocupa su tercera acepción: en el campo político, equipo dirigente o con labores de representación integrado por tres miembros. Ahora los «miembros» son entidades unidas para la ocasión: la Comisión Europea, es decir, el Gobierno de Europa, una organización internacional (FMI) y el Banco Central Europeo.

Lo dicho viene a cuento de la sorpresa, o por tal la tengo, del nuevo Gobierno griego de Syriza de sugerir la disolución del invento, de modo que su ardua negociación para renegociar su gigantesca deuda pública se limitara al estricto ámbito europeo. Esto asumiendo que el BCE y la Comisión Europea sean, para decirlo coloquialmente, ‘lo mismo’, lo que no está garantizado en absoluto porque el estatuto del Banco le blinda contra eventuales interferencias de los Gobiernos. incluido, se supone, el alemán. Todo esto, por descontado, es retórico: los estatutos del BCE están, para decirlo cortésmente, calcados de los del Bundesbank y la sede de éste, en Fráncfort. Y todo dependerá de la siempre citada y disponible ‘voluntad política’.

Tal voluntad es lo que hará falta para cuadrar el temible y ominoso círculo porque, visto en primera instancia, el arreglo solo serviría para dejar fuera del invento al Fondo Monetario Internacional, muchos de cuyos países miembros son también acreedores de Grecia y, por tanto, deben sentirse representados en la negociación sobre la deuda griega. Hay una propuesta adelantada ya por el ministro griego de Hacienda, Yanis Varufakis, que, inteligentemente, abandona la petición de una quita, que hace una semana parecía condición intocable y entra así en el territorio de una negociación que, antes que nada tal vez, debe dar satisfacción formal, aparente, a las partes: nadie cede en la negociación, pero se extiende la adorable sensación de que sí se ha hecho con la creación de unos nuevos y taumatúrgicos bonos-milagro: un papel, pues, sustituirá al otro todo el tiempo necesario. Y así sucesivamente y, con paciencia, Ambrose Bierce, el fantástico colega norteamericano que vivió y murió en su México querido, lo dejó dicho en su ‘Diccionario del diablo’. Paciencia: «Forma menor de desesperación disfrazada de virtud».

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