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Fátima, la última guía afgana

Lo que más ha sorprendido es que los servicios de inteligencia de los países occidentales han demostrado ser más ignorantes
 

Martín Garrido Melero

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Cuando el ejército inglés entra por primera vez en Afganistán en 1839 un jefe tribal pronuncia una frase que ha sido repetida en los tiempos actuales: «¿Habéis traído vuestro ejército a Afganistán, pero como pretendéis sacarlo de aquí?». Merece la pena leer la historia de la aventura inglesa 1839-1842 contada por William Dalrymple, que acude a fuentes afganas y a las canciones de los poetas clásicos del país, y que acabó con la derrota más humillante que sufrió el Imperio inglés en toda su historia. En el año 2013 el escritor se adelanta a los acontecimientos y escribe: «la cuarta guerra de Occidente en el país obtendrá tan pocos beneficios políticos como las anteriores y, como todas ellas, terminará con una derrota humillante, seguida de una embarazosa retirada y con Afganistán sumido en el caos tribal y, quizás en manos del mismo gobierno que el conflicto pretendía derrocar en un inicio».

En esencia en su obra, Dalrymple mantiene (y lo prueba) que existe un paralelismo sustancial entre el conflicto de 1839-1842 y el actual, que lleva a cometer los mismos errores y por las misma causas, demostrando una vez más la necesidad de conocer la Historia. Hasta el primer presidente Karzai impuesto por los americanos pertenece a la misma subtribu que el rey que intentaron imponer en 1839. Ahora como antes, el derrumbe de los ejércitos occidentales se ha visto como un milagro y como una gesta tan importante para los afganos (para alguno de ellos) como Trafalgar o Waterloo para los ingleses.

Les confieso que mis conocimientos de Afganistán son escasos, apenas unos cuantos libros (fundamentalmente de viajeros y de historiadores) leídos a lo largo de los años y una corta pero intensa visita hace dos años al país. Curiosamente lo que más ha sorprendido estos días a todo el mundo es que los servicios de inteligencia de los países occidentales han demostrado ser más ignorantes. Fracasamos por nuestra ignorancia, titula Dalrymple el capítulo central.

En julio escribí tres artículos para el Diari (11 de septiembre: veinte años después), advirtiendo que, en caso de ser admitidos, los publicasen pronto porque la situación podía cambiar en un instante. Y así fue. ¿Cómo podía adivinarlo? En mi visita al país hubo una frase que siempre me repitieron todos mis sucesivos acompañantes: «Todo está tranquilo, pero todo puede cambiar en un momento». Aprendí que en Afganistán todo puede variar en un segundo.

Estos días me he interesado por la suerte de mis acompañantes afganos, cuyos nombres omitiré dado que continúan en el país. Me escriben escuetamente que están bien: no están las cosas para muchas confidencias. Los llamó así, y no propiamente guías, porque en el fondo su función fundamental (y casi única) era evitar que fueras objeto de una furia desconocida.

Me cuentan que uno de nuestros chóferes dice a todo el mundo que con los talibanes se está mejor porque han traído la paz

La muerte, como la malaria en otros países, forma parte de la vida cotidiana de los afganos. La primera historia que oí contar nada más llegar a Kabul fue la de mi acompañante que al presentarme a algunos miembros de su familia dejó caer, sin darle mayor importancia, que uno de sus hermanos lo acababan de matar saliendo de una mezquita. Y el primer consejo que me dieron, y que seguí escrupulosamente, fue: «Nunca digas dónde vas, ni de dónde vienes, nunca rebeles tu ruta, y si lo haces, varia». Así no se puede vivir.

«Están ahí detrás», señalaban con un dedo cuando les mencionabas los talibanes. Pero «ahí» se perdía en las montañas y en lo desconocido. «Poco a poco se han ido acercando», es lo más que conseguías averiguar; y este acercamiento te hacía mirar a los comensales de al lado y preguntarte si por su aspecto y vestimenta estabas ya en medio de ellos. Por lo visto, sí.

Me cuentan, no sé si será una defensa, que uno de nuestros chóferes va ahora diciendo a todo el mundo que con los talibanes se está mejor porque han traído la paz. Es lo mismo que declaró en Herat un célebre señor de la guerra al ser detenido hace unos días («Ismail Khan»), después de haber luchado contra ellos más de veinticinco años. Quizás llega un momento en que uno está cansado y quiere parar, aunque sea a costa de muchas renuncias, especialmente para las mujeres.

Cuando hace dos años estuve en Herat, una ciudad histórica con cientos de monumentos, mi acompañante protector me decía que solían tener entre doce y veinte turistas cada año. Lo demás eran militares, empresarios o comerciantes. Ha sido Herat la ciudad que ha contado con la primera (y única) guía mujer, que empezó a ejercer después de mi visita. Su historia personal y familiar ha llegado a todos los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, que se han hecho eco de la advertencia sincera de sus padres cuando les comunicó su futuro trabajo: «Estás cavando tu propia tumba hacia el infierno».

Estos días, dos viajeros españoles que han estado en Herat con ella hace escasas semanas (Calos Ferrer de Tarragona y Carlos Martínez de Valencia) me han mantenido al corriente de su huida a Kabul y de su miedo real a caer en manos de los talibanes. Me consta que gracias a su intervención y a la de otras personas y entidades, como la Delegación de Gobierno de Cataluña, Fátima consiguió estar en dos listas de privilegiados para poder salir de Afganistán, ha llegado a Italia donde guarda la preceptiva cuarentena y habla diariamente con sus amigos españoles. Dicen que quiere venir a España, quién sabe si podremos tomar un té con ella en la Rambla.

La historia será muy diferente para los muchos (y muchas) que han quedado allí.

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