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Hueca Navidad

La obsesión por secularizar estas fiestas forma parte de un proyecto de ingeniería social más amplio

Dánel Arzamendi

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La semana pasada coincidí en una tertulia radiofónica con una persona a la que tengo un gran aprecio, aunque en nuestros debates no compartamos opiniones prácticamente nunca. Me comentaba, a micrófono cerrado, sus intentos por hacer comprender a sus nietos el significado de las fiestas navideñas, entendiendo dicha explicación no como un acto orientado a inculcar determinada creencia religiosa, sino como un simple ejercicio de formación elemental en nuestro contexto cultural. Me vino a la cabeza una experiencia que viví hace unos años, cuando unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana en su casa del Pirineo. El domingo por la mañana les preguntamos dónde podíamos asistir a misa, y su hija mayor pidió permiso para acompañarnos. La niña tenía entonces unos ocho o nueve años, y caminaba con mis hijas unos pasos por detrás de nosotros. Aunque pertenecía a una familia catalana de toda la vida, jamás había asistido a una eucaristía y se pasó todo el trayecto haciendo preguntas. A la vista de su curiosidad y desconocimiento sobre el cristianismo, mis asombradas hijas acabaron preguntándole si sabía quién era Jesucristo. Su respuesta se me quedó grabada: «me suena».

Precisamente el pasado miércoles un grupo de articulistas del Diari nos reunimos para compartir mantel, un tradicional encuentro antes de las fiestas y el cambio de año. Una de las asistentes comentó durante los cafés cómo un colegio público de Tarragona había prohibido a los niños acudir al centro educativo con gorros de San Nicolás, pues consideraban que esta referencia cristiana podía ofender los sentimientos religiosos de los alumnos de otras confesiones. De los belenes mejor ni hablamos. La acumulación de experiencias y noticias en el mismo sentido nos obliga a reflexionar sobre el enfoque colectivo que estamos adoptando a la hora de transmitir a las nuevas generaciones los elementos esenciales de nuestro bagaje cultural vinculados al hecho religioso.

Al margen de lo que crea cada uno, ¿es razonable negar a los niños unos conocimientos que en gran medida nos definen como civilización? ¿Quién ocultaría a sus hijos la figura de Mahoma si se fuera a vivir a un país musulmán? ¿Cuántas obras maestras del arte occidental resultarán absolutamente incomprensibles para un estudiante que desconozca los hechos narrados en el Antiguo y el Nuevo Testamento? ¿Por qué algunos colegios vetan la Navidad pero sí celebran Halloween? ¿El Niño Jesús es pedagógicamente más peligroso que un grupo de zombis? ¿Acaso la deseable laicidad del Estado nos obliga a renunciar a los signos externos que dan soporte físico a nuestras tradiciones en aras de un supuesto buenrollismo intercultural? ¿Alguien en su sano juicio cree sinceramente que estos días estamos celebrando el solsticio de invierno? Sospecho que la obsesión de algunos por secularizar estas fiestas (un paradójico intento de conmemorar un nacimiento invisibilizando al recién nacido) forma parte de un proyecto de ingeniería social más amplio, probablemente minoritario pero sin duda premeditado. Se trata de extirpar cualquier vestigio judeocristiano que persista en nuestra vida pública, incluso borrándolo del recuerdo colectivo, como si nuestra civilización y nuestros valores hubieran surgido de la nada.

A estas alturas resulta innegable el empuje de un laicismo militante que actúa como un lobo con piel de cordero, elevado ya a los altares de la corrección política como un nuevo becerro de oro que exige incondicionada adoración. Sus voceros dicen sólo defender que hay que dar al César lo que es del César, lavándose las manos o adoptando actitudes salomónicas ante las diferentes cosmovisiones que conviven en nuestra particular Torre de Babel contemporánea. Sin embargo, sus argumentaciones concluyen siempre con una pregunta aparentemente inocente que encierra una trampa saducea: ¿acaso no vivimos en una sociedad laica? La presunta imparcialidad del planteamiento suele desmoronarse en cuanto sus responsables evidencian una marcada tendencia a rasgarse las vestiduras frente a manifestaciones de fe vinculadas específicamente a la religión católica, sembrando cizaña con cuestiones inocuas como si fueran las plagas de Egipto, una estrategia más vieja que Matusalén. Lo peor es que, para más inri, los cristianos respondemos frecuentemente poniendo la otra mejilla o renunciando a nuestros principios por treinta monedas o un plato de lentejas. Los antiguos abusos contra ateos, agnósticos y seguidores de otras confesiones deben ser condenados sin paliativos, pero carece de sentido que el final de esta oscura travesía del desierto se convierta en un ojo por ojo. Es cierto que quien siembra vientos recoge tempestades, pero el cainismo no es la solución. En ese sentido, no parece razonable crucificar a nadie ni hacerle pasar un calvario simplemente por exteriorizar su fe. Sería injusto convertir a los cristianos actuales en chivos expiatorios que purgasen los pecados cometidos por otros en el pasado, especialmente cuando lo proponen los herederos de un rancio anticlericalismo que carece de autoridad moral para lanzar la primera piedra, obsesionado siempre por destacar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Alguno pensará que plantear ahora estos rollos macabeos es predicar en el desierto, sobre todo cuando la religiosidad vive un período de vacas flacas. Al menos espero haber demostrado la conveniencia de incluir el acervo judeocristiano como parte de la formación integral de cualquier persona, más allá de sus creencias personales, aunque sólo sea porque en este párrafo he utilizado casi una treintena de expresiones bíblicas que deben su sentido al libro más leído de la historia.

Ustedes me perdonarán si en mi despedida no soy lo suficientemente laico, pero me niego a desearles un buen solsticio de invierno (confieso que me trae al pairo que estos días el sol alcance su máxima declinación sur). Bon Nadal a tothom! Gabon zoriontsuak denori! ¡Feliz Navidad a todos!

danelarzamendi@gmail.com

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