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Imagine

En la inauguración de los Juegos de Tokio sonó la canción de John Lennon y Yoko Ono; otra vez. Y de nuevo me pregunto si es la mejor para inaugurar un evento como ese

SERGIO NASARRE AZNAR

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SERGIO NASARRE AZNAR

SERGIO NASARRE AZNAR

Sonó en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokio el Imagine de John Lennon y Yoko Ono; otra vez. Y de nuevo me pregunto si es la mejor canción para inaugurar un evento como ese.

Cuando la composición comienza exhortando a que te imagines que «no hay paraíso» o que «tampoco hay religión», pienso en los atletas que son creyentes y en los países participantes que son confesionales, algunos de ellos democracias. ¿Se sentirán también incluidos en la supuesta hermandad mundial y valores que dicho evento representa?

Sigue Imagine diciendo: «imagínate que no hay países», vinculándolo en la misma estrofa a que no habría nada por lo que morir o matar. Y lo cantan en un evento que es una competición, ay sorpresa, entre países... Bueno, puestos a imaginar, tampoco hace falta imaginar mucha cosa. No había países como tales antes del siglo XVI y también había guerras, hambrunas, etc.; y más que ahora. A ver si el problema no serán los países. De hecho, hoy, gracias a que existen países, algunos con sistemas democráticos y constituciones, parte de la población mundial tenemos garantizados derechos humanos. Por lo tanto, prefiero no imaginarme que no hay países o parecerme demasiado a otros que, a pesar de lo que hacen, se les admite participar en los juegos...

Y cuando dice: «imagínate que no hay posesiones». Bueno, pues tampoco hace falta imaginarse nada. Tantos en la historia nunca han tenido nada y siguen sin tener nada: los esclavos, los siervos de la gleba, las personas sin hogar en nuestras ciudades hoy. No sé si este este es el modelo que olímpicamente -sin efectos del LSD o Lucy in the Sky with Diamonds mediante, se entiende- nos están recomendando como «valor universalmente compartible». Porque cuando uno no posee nada, otro u otras poseen por él y le controla(n). Controla(n) lo que el desposeído piensa, lo que ve, lo que escucha, qué derechos tiene, donde y cómo vive, depende de él o de ellas.

Qué gran avance cuando al esclavo romano le empezaron a reconocer cierto derecho a un peculio, a un poquito de dinero con el que pudiese hacer algunas transacciones y tener autonomía; o cuando los siervos de la gleba pudieron emanciparse en algunos territorios y empezar a dejar de depender de los señores feudales; o, en fin, cuando la Revolución francesa, genocidio mediante, y el Código civil de Napoleón, conquista de Europa mediante, permitieron que cualquier hijo de vecino, sin ser «de noble cuna, crecer, ser de la tuna» como dice Joaquín Sabina (que no es John ni Yoko en el Hilton de Amsterdam para poder protestar adecuadamente; pero casi mejor), pudiese ser propietario de un trozo de tierra, de un taller o de su casa sin depender de ningún señor. O cuando Chesterton ya vio a principio del s. XX que el liberalismo capitalista y el socialismo llevaban a una misma cosa: a la concentración en manos de unos pocos (grandes corporaciones los primeros; los políticos comunistas, los segundos) de la propiedad de los medios de producción y de las viviendas, lo que implicaría una pérdida de libertad y de autonomía para las personas de a pie, su dependencia de los primeros, lo que ya estamos experimentando. Y si bien Harari llega a la misma conclusión que Chesterton, él no halla la solución en distribuir la propiedad, como el segundo, sino en encontrarte a ti mismo, con meditación introspectiva.

No sé, como civilista, prefiero recetas más tangibles y que todo el mundo pueda acceder a la propiedad, más que hacerla desaparecer y aventurarme a viajes hacia mi interior, que no sé si quiero hacer y que probablemente los desposeídos hayan hecho muchas veces, al no poder hacer nada por ellos mismos en el “mundo real”, por no tener nada. Cada vez veo más lejos lo que escribía Mateo (Mt 5, 3-12): “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. Como sigamos así, la tierra la poseerá el algoritmo de Netflix, Amazon y el alcalde de Viena, que es el propietario de más de la mitad de viviendas de dicha ciudad y tiene a tantos de sus ciudadanos (y votantes) como inquilinos, con lo que ya se imaginan lo que sucede. Por si acaso, se lo digo: nunca le lleves la contraria a tu casero.

Y bueno, en fin, creo que es importante recordar que el pensamiento mágico es eso, mágico, una ilusión, y, por lo tanto, no existe más allá de las tazas de Mr. Wonderful o del Imagine. Por lo tanto, menos imaginar algo que no ha sucedido nunca en ningún momento en la historia de la humanidad («imagínate a todas las personas vivir sus vidas en paz» o que «el mundo esté unido») y repetirlo machaconamente con caras de creérselo (como las de Alejandro, Angèlique o de otro John en el videoclip, cheque mediante) pensando en que de pronto sucederá «si lo pensamos muy, pero que muy fuerte», y más portarse bien, teniendo como eje vital el bien común, que lleva más trabajo, generosidad y sacrificio que repetir mantras, pero da mejores resultados o, al menos, más tangibles. Buen verano.

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