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La atracción del abismo

¿Fletar helicópteros y equipos de élite para buscar a aventureros temerarios?
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Elegir el montañismo o la espeleología es optar por una forma de vivir. También, tal vez, una forma de morir. «Solo hay tres deportes: las corridas de toros, las carreras de coches y el montañismo; todo lo demás solo son juegos», decía Hemingway, fascinado siempre por la sombra cercana de la muerte. En ‘Las nieves del Kilimanjaro’ escribe, si mal no recuerdo, que un hombre es su estilo de vida; y desde luego los deportes extremos suponen un modo de entender ésta. No hay un criterio determinado para definirlos, ni siquiera por estadísticas de siniestralidad; el término fue popularizado en los noventa por los ‘X Games’. Desde años antes se vinculaba a la adrenalina, y, buscando chutes, estudiantes de Oxford fundaron The Dangerous Sports Club, pioneros del deporte extremo con el ‘bungee’, ala delta en volcanes activos, esquí loco o salto base. Solo hay una seña de identidad: el riesgo. Dos españoles acaban de morir en el Atlas, y otro regresa herido a casa.

Alguien ha formulado ya la acusación de que «el Gobierno español y el marroquí han matado a José Antonio». Era previsible que aflorase la necesidad de un culpable, y a ser posible el Gobierno; como retrata esa ironía italiana del ‘piove, porco Governo’ culpando al poder incluso de las tormentas. Se comprende que los familiares y amigos estén destrozados y traten de dar sentido a todo esto por la debilidad diplomática de España o la operación deficiente de rescate, algo habitual en países de bajos recursos como Marruecos. Pero el porqué al fin está en unos tipos aventureros que buscaban grandes emociones con un práctica de riesgo en un lugar peligroso. Por añadidura, la cuestión suscita otros enfoques: ¿debe contenerse el gasto en enfermos de Hepatitis C pero fletar helicópteros y equipos de élite para buscar a unos aventureros temerarios? Es un debate moral, aunque uno se solidarice con ellos desde la amargura de esos seis días desoladores en la sima.

Eric Brymer, quizá el ensayista más penetrante sobre los deportes extremos desde la Psicología, ha defendido que la fuerza de éstos no está en la adrenalina, sino en sacar a la gente de su espacio de confort, desafiar la sensación de seguridad a contracorriente de la tendencia social al hipercontrol. Es, como escribió alguien sobre el ballenero de Melville, ‘la tentación del abismo’. Más allá de la búsqueda de la libertad y dar sentido a la vida, Brymer identifica el deporte extremo como ‘experiencia transformadora’: proporciona momentos extraordinarios que te colocan ante tu verdadera naturaleza. Claro que lo que los hace extraordinarios, también los hace estadísticamente peligrosos. Hemingway, prototipo durante años del hombre de acción, hablaba de la soledad de la muerte al acabar un día desperdiciado sin tensión. Elegir las actividades extremas es una forma de vivir; pero a menudo también una forma de morir.

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