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La intransigencia política

Añoramos la sensatez de aquellos políticos surgidos del franquismo, las cárceles o el exilio

Luis Álvarez de Vilallonga

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La intransigencia política

La intransigencia política

Sin remontarnos a épocas más antiguas, y partiendo de principios del siglo XIX, constatamos esa intransigencia histórica en la política española donde los partidarios del reformismo borbónico fueron leales a José Bonaparte, rey nombrado para España por Napoleón en el año 1808, provocando el enfrentamiento entre antifranceses y liberales nacionalistas inductores de las cortes de Cádiz de 1812.

El intento liberalista de conciliar un consenso basado en el espíritu de las Cortes de Cádiz sucumbió ante el enfrentamiento de la derecha absolutista y los revolucionarios. El mito de las dos Españas sigue latente alimentado, no solo por la clase política, los propios ciudadanos no han sido capaces de orientar sus demandas sobre temas de interés general empleando sus energías en defender la línea ideológica de su partido. La falta de comunicación social sosegada, el debate razonado y sobre todo la ignorancia ha hecho sino crear un muro amorfo sin interés por ahondar en el origen de los problemas y aceptando un historicismo manifiestamente adulterada con sentido arbitrario.

La desmesurada adhesión política puede degenerar en una fe ciega que conduce al empecinamiento irracional impidiendo aceptar cualquier argumento razonable ajeno al propio. Hoy vemos como los partidos se manejan entre argumentos personalistas y simplistas que atentan contra la razón y el bien general a la hora de aproximar posturas.

En estos tiempos que corren, nuestro país alimenta obstinadamente el consabido tópico ‘España es diferente’; en efecto todavía no hemos sido capaces de transigir ante posturas ideológicas para alcanzar consensos prioritarios en beneficio común de los ‘españolitos de a pie’ mostrando una incapacidad negociadora que prioriza el interés de los partidos en detrimento de quienes teóricamente son el sujeto soberano «el pueblo».

Así la solución es la disolución, que en este caso significa lo mismo, es decir la disolución de las Corte Generales. A estas alturas de la democracia se nos hace cuesta arriba tener que alinearnos con los agoreros que predicen que hasta que no cambien las personas, que en estos patéticos episodios han liderado los partidos que se postulan cómo moderados (bien a la izquierda o derecha), nuestra política no tendrá solución.

La salida de un gobierno de concentración o cualquier otro pacto parece que a los políticos les tiene preocupados (en apariencia), porque en definitiva piensan que es uno de tantos derechos teóricos, que tenemos los ciudadanos, pero no de facto, así lo demuestra su incapacidad para consensuar políticas razonables desde el sentido común en beneficio de la sociedad a la que se deben.

Estos nuevos dirigentes políticos de tres al cuarto surgidos de una entelequia doctrinal, ignoran que la tolerancia es uno de los principios éticos de la democracia y es necesaria en cualquier orden de la vida cuando las circunstancias lo requieran, porque solo recurriendo a ella se producen acercamiento que rompen posturas inflexibles. Nadie posee una fórmula social mágica para cambiar las cosas a gusto de todos, pero la experiencia histórica a pesar de las guerras, barbaries y holocaustos, demuestran que la sociedad progresa y es desde el dialogo partiendo de posturas enfrentadas cuando se rompen barreras y se posibilita la convivencia y el respeto en el marco legal establecido.

Es posible que finalmente no tengamos que acudir nuevamente a las urnas, o sí; en cualquier caso el bochornoso espectáculo que los medios nos presentan a diario, no hace más que reafirmarnos en la añoranza aquellos políticos que surgidos del franquismo, del exilio o de las cárceles, dieron una lección de sensatez, generosidad y renuncia a sus postulados en favor de las libertades y la democracia del Estado.

Sin entrar en temas de corrupción, hoy privan los intereses de partido, los personalismos, el temor a perder el privilegio político, y el haber provocado que la política sea una forma de vida profesional para muchos. Pero no solo debemos culpar a la clase política, los votantes también somos culpables de la situación creada; la ignorancia, el apego incondicional a un partido sin considerar lo que es y lo fue, sin valorar a sus líderes actuales o votar a uno u otro en función del sufragio útil o como mal menor, hemos conseguido un fraccionamiento de la Cámara, que sin ser ni bueno ni malo, con líderes incapacitados para formar Gobierno, estamos conduciendo al país a un callejón sin salida.

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