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La tortura de la ablación

El Parlamento de la Unión Africana ha acordado avalar la prohibición

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Cuando no era más alta que una cabra, mi madre me sujetó mientras una anciana me seccionaba el clítoris y la parte interna de la vagina, y cosía la herida. No dejó más que una minúscula abertura, del tamaño de la cabeza de una cerilla, para orinar y menstruar».

Con cinco años de edad, mutilaron sus genitales a la bella modelo norteamericana, Waris Dirie. La circuncisión le fue hecha en el desierto de Somalia. Allí, las mujeres migdaan (consideradas como intocables) que le practicaron la ablación hacían el corte con una cuchilla o cuchillo afilado con una piedra y, a continuación, aplicaban una pasta de mirra. Antibióticos, ¿qué era eso? En el libro irrepetible Amanecer en el Desierto, Waris Dirie explica su deambular por arenas ardientes en busca de agua para los camellos. Eso era lo que guiaba sus destinos. Con la sencillez que surge de continuar amando a su familia nómada, de haber vivido una niñez cuidando camellos, de haber tenido la tierra como mejor colchón, cuenta desde Brooklyn cómo seguía necesitando volver a Africa para abrazarse a las piernas de su madre y que le susurrara como antes al oído, «todo va a salir bien». Y más aún, después de haber sostenido en sus brazos a su pequeño Aleeke, siendo, como era, portavoz de Naciones Unidas en la lucha contra la ablación femenina.

Waris, Flor del Desierto en su lengua, huyó a Mogadiscio, primero, y a Londres, después, cuando intentaron casarla con un anciano. Una escapada que le ahorró que el novio, en la noche de bodas, intentara abrir a la fuerza la infibulación que arrastraba desde la niñez, aunque fuera necesario un cuchillo si el cosido de la cicatriz se hubiera resistido en exceso. Ahora que el Parlamento de la Unión Africana ha acordado avalar la prohibición de esa práctica en todo el continente, leer la historia de la Flor del Desierto permite revivir el horror de la mutilación que todavía sufren cada año millones de niñas, y no sólo en África.

La Cámara Panafricana considera imprescindible acabar de una vez con todos esos procedimientos. Porque las mutilaciones tienen formas diversas en función del país y la cultura del entorno. El daño a los órganos genitales femeninos, con amargas consecuencias a largo plazo, nada tiene que ver con supuestas decisiones médicas. Discrimina a las mujeres al tratar de impedir su gozo sexual, sólo a ellas, mientras premia la satisfacción masculina. Ignora que no pueden ser sometidas a tratos crueles e inhumanos. Atenta incluso a su derecho a la vida, como ocurrió con una hermana de Waris, más guapa aún que la modelo norteamericana. Halimo murió desangrada, o por una infección, después de que mutilaran sus genitales. Nunca se habló abiertamente de ello en la familia.

¿Hasta cuándo generaciones de niñas, de mujeres, ocuparán el primer lugar en la escala del sufrimiento?

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