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Luces y sombras de Bécquer

Casta Esteban, la poco conocida mujer legítima del poeta, nació tal día como hoy en Torribas
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Tengo para mí que Gustavo Adolfo Bécquer ha sido el poeta español más excelso no sólo del romanticismo sino de todo el siglo XIX. Sus rimas y leyendas son un dechado de perfección, sencillez y elegancia descriptiva y, aun así, cargadas de onda significación.

Las rimas de Bécquer no las agota el paso del tiempo, ni se las llevan las corrientes literarias, ni las marchita el manoseo del vulgo. Su belleza es perenne como los lagos del Himalaya o como una aurora boreal. En su conjunto, la obra de Bécquer constituye un inestimable tesoro intelectual que el poeta sevillano legó no sólo a España sino al mundo entero, pues se han hecho traducciones de sus obras a todos los idiomas.

Ahora bien, a Bécquer se le han atribuido continuos romances y enamoramientos como fontana de sus poemas, pero lo cierto es que nuestro poeta desde muy joven, antes de abandonar su Sevilla natal, ya llevaba en su alma el germen de todo cuanto después afloró a su pluma. Por tanto, no hay influencia de mujeres reales en su obra, sino tan sólo el influjo de los fantasmas oníricos que habitaban en su cerebro –«los oropeles y guiñapos creados por mi fantasía», como confiesa él mismo– y el nimbo de sus autores predilectos, sobre todo Baudelaire, Heine y Alfred de Musset. Todo lo demás son inventos gratuitos de sus biógrafos, que se contradicen constantemente unos a otros.

Pero hoy nos referiremos especialmente al Bécquer-hombre, que quizá no resulte tan excelso como el Bécquer-poeta.

A través de los años se ha tejido en torno a Bécquer una ingente fábula de amores, desamores, verdades, mentiras, mujeres tangibles o evanescentes, dulzores, amarguras, lealtades, perfidias, prosperidades, miserias, euforias y decaimientos. Pero resulta que la figura menos tratada y más maltratada, la verdadera víctima de este nauseabundo culebrón, fue Casta Esteban Navarro, la mujer legítima del poeta, la que más sufrió en su carne y en espíritu las alocadas veleidades de su marido y de las muchas personas con las que él trató, sobre todo de su hermano Valeriano. Casta fue una de esas personas que nacen para amar siempre y no ser amadas nunca. En toda la obra de Bécquer sólo aparece un insulso poema de ocho líneas dedicado a su mujer. El oprobio y la calumnia comenzaron a caer sobre Casta, como si ella fuese culpable de los infortunios del poeta. Las comadres del lugar llegaron a propalar el bulo de que era infiel a su marido, en razón de que ella parió su tercer hijo cuando Gustavo llevaba unos meses ausente de Noviercas, provincia de Soria, donde residían. Pero lo cierto es que esa infidelidad jamás fue demostrada, y precisamente en una carta a Casta el poeta manda «muchos besos para Emilín», su tercer hijo.

Hay muchos puntos oscuros en la biografía de Casta Esteban. Por ejemplo, resulta inexplicable que, siendo hija de un médico prestigioso que ejercía fructíficamente su profesión en Madrid, ella trabajase de criada durante diez años en el mismo Madrid. En la consulta de su padre la conoció Gustavo y se casó precipitadamente con ella sin meditar en las circunstancias de ambos, cuando él ya se hallaba enfermo y mermado de recursos. Sólo en un poeta visionario que vivía en las nubes podía comprenderse una decisión tan irresponsable. Ella tenía sólo 19 años y resulta también incomprensible que su padre, sabiendo, como médico, que Gustavo estaba enfermo de un mal contagioso e incurable, y siendo su hija menor de edad, consintiese ese matrimonio.

Se celebró el casamiento, pero es evidente que Gustavo Adolfo tenía más apego a su hermano que a su propia esposa, a la que abandonó para irse con Valeriano a tomar baños de mar en San Sebastián, y más tarde para marchar ambos a Toledo cuando Valeriano fue contratado allí como pintor para un trabajo artístico importante. Gustavo Adolfo vivía ofuscado y absorto en la complacencia de su hermano, y por este motivo la infeliz esposa no se hablaba con su cuñado Valeriano, hasta que esta situación se hizo tan tensa que provocó la separación del matrimonio.

Para salvar el tipo de Bécquer se ha echado mucho barro sobre la figura de Casta Esteban, mientras se ha divinizado a otras mujeres que, real o imaginariamente, pasaron por la vida del poeta, especialmente Julia Espín de Colbrand y Elisa Guillén; ambas, según dicen algunos, inspiradoras de ciertas rimas de Gustavo, aunque las dos lo despreciaban a causa de la vida bohemia y mísera que él arrastraba. Julia, una joven orgullosa, de gustos refinados, cantante de ópera y perteneciente a la alta sociedad madrileña, lo esquivaba y lo tachaba de hombre sucio, tal vez porque siempre se ataviaba con la misma levita en que ya se atisbaban los bordes raídos. Unos años más tarde, Julia Espín se casaría con un personaje de alta alcurnia, Benigno Quiroga Ballesteros, cuyo nombre todavía hoy resuena con ecos honrosos en toda Galicia. Julia y Benigno tuvieron tres hijos, dos de los cuales llegaron a ser ministros de la nación. En cuanto a Elisa, abandonó a Bécquer tras cohabitar con él una temporada, aunque son muchos los que han negado que Elisa existiera en realidad, sino que se trataba de una simple creación fantasiosa del poeta para plasmarla en sus rimas.

A la muerte de Valeriano en Madrid, Casta Esteban corrió al lado de su marido para reanudar su vida en común. Pero su reconciliación tan sólo duró tres meses, al cabo de los cuales moría también Gustavo Adolfo, el poeta del amor y del dolor, como reza una placa en el frontal de la casa número 25, de calle Claudio Coello, donde murieron los dos hermanos.

Ahora comenzaba para Casta el verdadero calvario al hallarse totalmente desamparada y con tres hijos que sacar adelante. Regresó a Noviercas para acogerse a la ayuda de sus familiares. Pero allí le aguardaba una nueva tragedia. Dos años después de quedar viuda se casó en segundas nupcias con un asturiano honrado que le ofrecía seguridad para ella y para sus tres hijos. Pero a los pocos meses de la boda su nuevo marido moría asesinado a tiros por un bravucón del pueblo, antiguo pretendiente de Casta.

De nuevo sola y desamparada marcha a Madrid. Su padre había muerto y ella no tiene más remedio que mendigar por las calles y ejercer la prostitución para esquivar el hambre y la miseria. No tardaron en presentarse en el cerebro de Casta los primeros desequilibrios mentales, seguidos de paranoia para llegar finalmente a la demencia. Fue ingresada en un hospital de beneficencia y allí murió en absoluto abandono a los 44 años de edad.

Esta es, a grandes rasgos, la biografía de la mujer que se casó con Gustavo Adolfo Bécquer en la iglesia madrileña de San Sebastián, en la calle de Atocha. Y por lo mucho que amó, que trabajó y que sufrió sin ser amada y sin recompensa alguna, habría que considerarla como la auténtica heroína de la obra de Bécquer, con preferencia a las otras mujeres que se cruzaron en el camino del poeta.

Se me ha ocurrido pensar en estas cosas al cumplirse hoy el aniversario de Casta Esteban, justamente cuando un 10 de septiembre nació en el pueblecito de Torribas de Soria, donde el Ayuntamiento de la localidad ha erigido un museo dedicado a nombre de Casta en su pequeña casa natal.

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