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Menos dramatismo, por favor (1)

Con independencia o sin independencia, no creo que fueran a cambiar mucho las cosas

José Eugenio García-Albea

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E s este un ruego dirigido tanto a un bando como a otro del tan temido «choque de trenes» entre el gobierno catalán y el gobierno español. Es, si se quiere, una llamada a la moderación ante tanto estirar la cuerda por un lado y por otro, unos haciendo de todo y los otros no haciendo nada. Se pide moderación y, para conseguirla, creo que el paso más importante es el de restar dramatismo a cualquiera de las opciones posibles (incluyendo aquellas más extremas) para evitar la colisión. Hay demasiados dramas en el mundo actual (extensión de la pobreza, migraciones forzadas, conflictos bélicos, violencias varias, deterioro ecológico, etc.) como para que cualquiera de las salidas que pudieran darse a este –relativamente menor– conflicto doméstico se tenga que contemplar con dramatismo. Rebajemos el dramatismo, por favor. En eso consistiría la moderación que aquí se propugna.

La premisa básica del argumento contra el dramatismo es la de asumir que por mucho que se hable de independencia, la independencia como tal no deja de ser un eufemismo en el mundo globalizado en que vivimos; sencillamente, y con rarísimas excepciones, la independencia hoy día no existe, es una quimera. O se queda en lo que representaba de forma magistral el chiste de El Roto en EL PAÍS de 19/07/2017: «¡Por fin! ¡La independencia!», proclamaba el pobre náufrago desde su islote solitario en medio del océano.

Las naciones, o si se prefiere, las naciones-estado (de naciones culturales no es de lo que va la cosa) son interdependientes, aun aceptando que, como diría aquél, unas lo sean más que otras. Precisamente por eso, ni aunque se consiguiera la llamada independencia, Cataluña dejaría de ser interdependiente, y en primer lugar con respecto a su vecinos más próximos, españoles y franceses. Por exactamente la misma razón, y visto desde el otro lado, el del frente unionista, tampoco habría que rasgarse las vestiduras porque Cataluña llegara a ser «independiente». Con independencia o sin independencia, no creo que fueran a cambiar mucho las cosas dado nuestro contexto económico, socio-cultural y político. Así pues, ni lanzar las campanas al vuelo ni rasgarse las vestiduras si se consiguiera la independencia. Pero, asimismo, ni una cosa ni la otra si no se consiguiera y hubiera que conformarse con algo parecido al statu quo actual o con otras soluciones intermedias. Que no es para tanto, vaya.

Creo que sin una desdramatización del procés, y por los dos lados, no va a ser posible ese debate tranquilo, y constructivo a la vez, que tanto se ha echado en falta desde el principio.

Soy madrileño (que quizá es como no ser de ningún sitio) y llevo algo más de veinte años viviendo en Cataluña. Votaría NO a la independencia (no le veo ninguna ventaja práctica) si hubiera un referéndum legal y con garantías (y estoy deseando que lo haya), mientras trato de comprender lo que está pasando por aquí en los últimos seis o siete años, y seguir así la recomendación que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash hacía de forma implícita al reprochar como «extremadamente insensata» la política de Rajoy y del PP por «no intentar ver la situación desde el punto de vista catalán» (entrevista de Cristian Segura en El PAÍS, 13/07/2017, pág. 19). Me considero, pues, en una posición digamos que bifásica, desde la que, por un lado, no me cuesta demasiado adoptar la perspectiva de lo que se vive en Cataluña y, por otro lado, puedo compaginar lo anterior con cierta toma de distancia para entender cómo se ve la situación desde fuera de Cataluña (al mantener ahí fuera mis vínculos familiares y de amistad originarios).

Y así ocurre que me sorprendo a mí mismo cuestionando el independentismo ante mis amigos catalanes y, cuando toca, tratando de hacerlo comprensible a mis allegados de fuera de Cataluña. Y hasta ahora lo que más me ha costado hacer entender a los de fuera es algo crucial que, en mi opinión, ha ido asociado al significativo incremento del fervor independentista en los últimos años. Se puede resumir en dos observaciones: una, que el independentismo se ha desvinculado, en buena parte, del nacionalismo y ello le ha permitido cierta connivencia con los movimientos de izquierdas; y dos, que las razones y motivaciones del independentismo, tradicionalmente de carácter étnico-histórico-cultural y lingüístico, se han visto reforzadas cada vez más por la propia voluntad de gobernarse a sí mismos y desvincularse (desconexión es el vocablo técnico) del estado español. Así pues, ni “nación de naciones”, ni esperar a cambiar la Constitución; con nada de eso se conforman los independentistas. Y no digamos con el inmovilismo del gobierno PP y su recurso simple al legalismo, uno de los factores de crecimiento del independentismo.

Ahora bien, lo que desde fuera, al tomar distancia, llama más la atención es que buena parte de lo que está pasando en Cataluña es parecido a un espectáculo teatral algo excéntrico, con mucha sobreactuación de los políticos, demasiado despliegue propagandístico y un victimismo provocado desde dentro y alimentado desde fuera. Es verdad -y así se reconoce- que los ciudadanos de Cataluña han respondido masiva y civilizadamente a las manifestaciones convocadas para reclamar el derecho a decidir, el referéndum o simplemente la independencia –se supone que por muy distintos motivos–, pero también es verdad que los políticos y gobernantes independentistas han instrumentalizado a su conveniencia dichas manifestaciones populares, en una quimérica e irresponsable huida hacia adelante. Sin escrúpulos ni miramiento alguno, ignorando de forma interesada a los muchos catalanes que no están a favor de la independencia y anunciando paraísos ilusorios a los que sí la defienden.

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