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Morir en la playa

El padre del niño era un héroe anónimo, como tantos miles de hombres, mujeres y niños
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A la hora de contemplar el dantesco espectáculo de la inmigración europea, donde a la tradicional inmigración por motivos económicos se ha unido la inmigración por motivos de obtener refugio por parte de personas humanas que huyen de sus países inmersos en largas guerras, tal vez sería bueno hablar un poco de la causalidad de este desgraciado fenómeno.

Y las causas, aparte de que son muchas, las más importantes según mi modesto entender tal vez sean y para empezar la idea de que Occidente puede exportar muchas cosas a otros países, pero por lo que se ve no acierta del todo cada vez que quiere exportar a aquellos países su concepto de democracia y estado de derecho plasmados en unas estructuras organizativas políticas y constitucionales parecidas a las nuestras. Cada vez que se ha intentado, con el liderazgo americano, poner pie a tierra y pacificar uno de estos lejanos países incluso con la fuerza de las armas, el remedio final ha sido peor que la enfermedad.

Debe ser muy difícil, se supone, conseguirlo, tal vez porque también es muy difícil ponerse dentro de la mentalidad de unos ciudadanos con una cultura y unos principios religiosos tan dispares, entre ellos mismos, y en relación a los occidentales.

La globalización también facilita este enorme y triste éxodo humano. Esta globalización que tanto favorece técnicamente al mundo, económicamente hablando, y en especial al nuestro europeo, provoca que los conocimientos sobre Europa por parte de tantas ciudadanas y ciudadanos desgraciados sean grandes e incluso probablemente por encima de lo que van a encontrarse en la realidad.

Pero la tercera causa tal vez sea la más importante y es la de los principios. La globalización técnica y económica tal vez no ha sido acompañada de una adecuada puesta en práctica de unos principios de solidaridad por parte de los estados que tal vez buscan otro tipo de liderazgos y beneficios. Han sido más bien entidades privadas como las ONG y asociaciones religiosas las que han llevado el peso de la solidaridad en este drama humano que contemplamos y del que se desconoce todavía el final que tendrá.

Resulta curioso ver en Kenia, país que visité después de visionar la maravillosa película Memorias de África, con amaneceres y atardeceres viendo el Kilimanjaro, situado en Tanzania pero en la frontera con Kenia y la sabana africana con los desplazamientos migratorios estacionales de los nyus, a veces con decenas de miles de ejemplares y que pasan de un estado a otro en libertad y sin documentación. Comprendo que la comparación es exagerada y por esto precisamente la hago para llamar la atención sobre lo que viene a continuación.

Porque por lo visto es necesario morir en la playa un niño y que se recoja además en una fotografía y se difunda y publique adecuadamente. Cosa por otra parte con la que estoy plenamente de acuerdo porque sirve para mover a políticos y ciudadanos, si bien a veces las soluciones duran solamente lo que dura la publicidad. Hace falta esto para que se refuerce la solidaridad entre estados, que es la más importante dado que existen fronteras.

El padre del niño era un héroe anónimo, como tantos miles de hombres, mujeres y niños, que ha salido del anonimato para demostrarnos que efectivamente era y es un héroe aunque no tenga medalla. Este señor podía, después de la foto, haberse quedado en cualquier país occidental donde habría sido admitido y además habría tenido trabajo enseguida y se habría podido hacer incluso millonario apareciendo en los medios televisivos contando su desgracia.

Pero este hombre con los principios que por lo visto tiene y además pone en práctica, decidió llevarse y volver con sus muertos, nada menos que tres, es decir, toda su familia a la tierra de la guerra y de la muerte que es en estos momentos Siria. A este héroe que era anónimo y al que la guerra se le había escapado de las manos y por esto decidió venir a Occidente a rehacerse, aquí se encontró con que según declaró él mismo su familia también se le había escapado materialmente de las manos y así fue como el niño acabó en la playa y boca abajo. El hombre debió pensar al decidir regresar a Siria que si tenía que morir mejor hacerlo acompañado en la guerra y por los suyos y no sólo en una desconocida playa extranjera.

Pero la playa no tiene en absoluto ninguna culpa de la existencia de la guerra. Y por ello cuando queda desierta y en silencio y durante las largas noches piensa en el niño de Siria. Y la playa, que es la naturaleza, piensa en lo que dice la canción: «Desde que tú te fuiste ya no tengo luz de luna».

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