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Opinion Editorial

Ninguna tolerancia ante los violentos

Estamos muy al borde de caer en sucesos de consecuencias irreversibles. Quienes llegado el caso indeseable se apunten entonces al lamento deberán responder ante sus conciencias.

 

Diari de Tarragona

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Incidentes en las calles de Barcelona. EFE

Incidentes en las calles de Barcelona. EFE

Este fin de semana las dos Cataluñas han pugnado en las calles de Barcelona para lucir músculo frente a la otra. El balance viaja del éxito al fracaso en función de la mirada ideológica que interpreta cada una de las manifestaciones. Los independentistas congregaron el sábado a 300.00 personas, siempre según el recuento de la Guardia Urbana. La cifra es exitosa a los ojos de las entidades independentistas que organizaron el acto, pero para los unionistas es un «pinchazo» y una demostración de que el procés pierde adeptos al comparar la última concentración con las precedentes. Ambas marchas transcurrieron sin incidentes remarcables. No así lo que sucedió el sábado al finalizar la concentración independentista. Nuevamente se registraron incidentes graves en las calles de Barcelona con más de cuarenta heridos. Si bien los sucesos no revistieron la violencia de días anteriores, no puede seguir produciéndose ningún tipo de acción violenta que altere la vida normal de los ciudadanos. En primer lugar y como máximo responsable, el president de la Generalitat no se puede poner de perfil cada vez que se le pregunta por los hechos violentos y se le exige una respuesta inapelable para condenarlos y, por supuesto, impedirlos. El tono de tibieza, cuando no de conllevancia, con las acciones de los CDR, lo convierte en cómplice de un clima de violencia que se está apoderando de Catalunya y que acabará pasando una grave factura en nuestra sociedad. Si desde cualquier instancia política se está transigiendo, cuando no excitando, una atmósfera de kale borroka en las calles de las capitales catalanas, merece la más rotunda condena. Apelar a grupos de incontrolados venidos de otros lares para disfrutar del dudoso deporte del alboroto es una excusa inadmisible. Detener está espiral suicida es una prerrogativa que se maneja desde los puestos de mando que la alentaron. Estamos muy al borde de caer en sucesos de consecuencias irreversibles. Quienes llegado el caso indeseable se apunten entonces al lamento deberán responder ante sus conciencias.

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