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¿Para qué quieres tantos coches si sólo tienes un culo?estupor ante tanta codicia

Memoria y subconsciente. Toda aquella exhibición de mal gusto de nue-vos ricos salían de siglos de hambre y envidia, igual que nuestra actual renuncia a la violencia es fruto de una guerra civil que no queremos repetir

Lluís Amiguet

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Querido José Luis Peñas,

Enhorabuena por tu condena en la Gürtel: cuatro años. Me alegro de que, como me anunciaste, los jueces hayan tenido en cuenta aminorando tu condena que tú fuiste el whistle blower, el chivato, el concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Majadahonda, que denunció en el 2006 a la fiscalía la trama de corrupción en que se había convertido el PP madrileño.

Grabaste 80 horas de conversaciones de Francisco Correa de las que entregaste en el 2007 a la Justicia 18, que sirvieron para fundar 57 imputaciones. 

«Rajoy» -me apuntaste y publiqué- «cogía los sobres de Bárcenas, porque prefería no saber de dónde venían y creía merecerlos». Cuando hablamos, en marzo del 2016, sólo era tu opinión. Hoy es una sentencia que puede desalojarlo de la Moncloa.

Las naciones, José Luis, suelen alardear de la historia de sus héroes, pero la de sus criminales explica mucho más de ellos. Y tu descripción de Correa y demás condenados de la trama chorreaba gomina, jabugo y perfume de señoras de pago.

Era un mejunje con el que se untaba desde presidentes a conserjes pasando por algún periodista que pasaba por allí y no lo contaba. Al final, los pringados éramos todos los demás, pero todo eso hoy ya es agua pasada por el molino de nuestra indignación.

Lo que no ha pasado es el estupor que causa preguntarse desde el sentido común: Bárcenas, tú lo sabías y lo denunciaste ante los jueces, ya tenía 49 millones de euros en Suiza; Correa, Don Vito, que es como se hacía llamar, manejaba millones a diario…¿Para qué querían más? ¿Por qué han acabado en la cárcel decenas de personajes que tenían ya varios millones pispados en paraísos fiscales? ¿Qué extraña estupidez alimentaba tanta codicia?

Tenían Mercedes, Audis, BMW: ¿para qué quería Correa ocho coches si sólo tenían un culo?  (y es una pregunta que podríamos extender a otros convictos más cercanos).

Me contaste, José Luis, que decidiste empezar a grabar a los criminales el día que oíste a Benjamín Martín Vasco reclamar a Francisco Correa «mis 300 millones». Todavía eran de pesetas, pero te asustaste. 

Después, te acabó de convencer escuchar a Don Vito chillarle a una prostituta dando un portazo a su habitación en un hotel: «¡Te encierro y me llevo la llave! Y ¡te voy a hacer un análisis del sida!».

¿De dónde salía tanta mugre? ¿Por qué devolvían Don Vito y sus compinches por sistema la primera botella de vino en los restaurantes y pedían más de jabugo del que podían comer? ¿Qué placer extraían del obsceno despliegue de relojes de oro, trajes y camisas de seda con gemelos de brillantes?

Las sociedades son seres vivos que, como las personas, tienen memoria y subconsciente. Y toda aquella exhibición de mal gusto de nuevos ricos salían de siglos de hambre, de ignorancia, y de envidia; igual que nuestra actual renuncia a la violencia es la consecuencia de una terrible guerra civil que no queremos repetir.

Veo a los chavales con los que aprendo en la Universitat Rovira i Virgili (URV) y me pregunto si algún día venderán su alma y nuestro dinero por un coche, un traje, una noche de farra. Y quiero creer que no; que la cultura; la sanidad pública; la educación al alcance de todos, les convencerán de que tener diez millones más cuando ya tienes otros diez sea igual de estúpido que robarlos.

Los imagino más listos y más sanos, luego más honrados, que los amigos de la trama Gürtel a los que denunciaste, José Luis, porque sabías que no iban contigo ni con nuestra época. Y trato de convencerme de que nadie en este país volverá a venderse ni vendernos por un traje. O por una colección de coches de época...

Periodista Lluís Amiguet es autor y cocreador de «La Contra» de La Vanguardia desde que se creó, en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona.

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