Por qué Catalunya no será independiente sin religión propia

La religión sigue siendo la más grávida e influyente de nuestras estructuras simbólicas y, aunque las iglesias se vacíen, las identidades, y ser católico lo es, pesan más que nunca

Lluís Amiguet

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Por qué Catalunya no será independiente sin religión propia

Por qué Catalunya no será independiente sin religión propia

La polémica entre el president Quim Torra, Carles Puigdemont y el arzobispo Juan José Omella a propósito de la legalidad de la misa funeral por los muertos de la pandemia tal vez no pase de serpiente de verano, pero es reveladora de corrientes profundas que atraviesan nuestra Historia y más la de Tarragona, cocapital del imperio romano, y aún por eso, sede arzobispal.

El otro día me decía en entrevista el catedrático de Historia de Oxford, Roger Griffin, que «Catalunya no será independiente hasta que tenga su propia religión». Titulé así la entrevista y lo pagué con un alud de tuits y mensajes insultantes -otros muy lúcidos- en las redes. Lo que demuestra que la religión sigue siendo la más grávida e influyente de nuestras estructuras simbólicas y, aunque las iglesias se vacíen, las identidades, y ser católico lo es, pesan más que nunca.

El profesor Griffin recordaba que los escoceses tienen su religión propia presbiteriana, diferente de la de los anglicanos ingleses y que las independencias de Suecia, Noruega, Holanda, Dinamarca y los demás países, que siempre vieron al tándem imperio-papado de Roma como enemigo, serían imposibles sin haber convertido cada uno a su rey en jefe de sus respectivas iglesias.

No se puede ser sueco o inglés sin obedecer espiritualmente al rey, jefe de su iglesia nacional. No se puede ser independiente del todo sin tener iglesia propia.

La heredera del imperio romano hoy es la Unión Europea y cuanto más imperial es, menos gustaba a los anglicanos, que han acabado forzando el Brexit; y de ahí el estira y afloja existencial que vemos en Bruselas entre los países frugales protestantes cada uno con sus iglesias y los católicos del sur, considerados por luteranos, calvinistas y protestantes en general, vagos y derrochadores (¿ven como la religión sigue importando?) que obedecemos a Roma.

Por eso, de la misma forma que Sabino Arana, el padre del nacionalismo vasco, proclamaba ferviente que «el papa debería estar en Bilbao», el independentismo catalán daría un paso gigantesco si consiguiera mediante un cisma tener su propio papa en la abadía de Montserrat.

Suena a broma, lo sé, y tal vez sea pura contorsión ideológica, pero esa reducción al absurdo puede ayudar a entender lo que está en juego en esta polémica de verano.

Y es que la religión hoy es tan believing 
-creer- como belonging -pertenecer: ser comunidad- y si el papa de Roma no rechaza, por ejemplo, la encarcelación de los líderes independentistas (y muchos católicos la encontrarán reprobable), supone un problema para la reivindicación moral de su causa.

El cardenal Omella se ha enfrentado a la táctica del entrismo que tan bien ha sabido jugar el independentismo, ocupando desde colles de bastoners a la Cambra de Comerç de Barcelona.

A esa táctica también se le ha resistido siempre «la Caixa»; a veces el Barça; no siempre Montserrat y casi siempre los representantes del Vaticano en Catalunya.

De hecho, el pujolismo también se estrelló contra esas ciudadelas de la catalanidad bienpensante.

Trascender la propia tribu

Ser católico significa ser universal, literalmente: trascender la propia tribu para convertirse en ser humano, ciudadano del universo (sí, ya sé que suena marciano: pero la religión es así). Y el corolario de ese sentimiento y esa identidad es la obediencia al papa de Roma.

El papa Francisco, además, no se ha distinguido por su connivencia con las causas independentistas, y hay muchas, en el mundo.

Así que lo que vuelve a demostrar este episodio de verano es que el profesor Griffin tiene razón.

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